Por: Mario Galeana
En 1609, un portugués de nombre Gaspar Fernández llegó a Puebla como maestro de capilla de la catedral, un cargo que se otorgaba a compositores prestigiosos para hacerse cargo de la música de festividades religiosas y populares.
Fernández fue maestro de capilla durante 24 años hasta el día de su muerte y tuvo una estancia prolífica: entre 1609 y 1616, compuso 300 cánticos religiosos populares escritos sobre todo en español.
“Xicochi conetzintle” es uno de los pocos villancicos escritos en náhuatl que compuso durante esos años; se trataba de una canción dedicada a los niños: “Xicochi, xicochi / Xicochi conetzintle / Caomiz hui hui xoco in angelos me”, o “Duerme, duerme / Duerme, mi niño / Que los ángeles han venido a arrullarte”.
Xicochi era una obra polifónica, escrita para ser interpretada a cinco voces. Y es precisamente en la quinta voz en donde musicólogos e historiadores creen haber hallado los rastros de la música prehispánica perdida tras la conquista.
Jorge Morenos, un músico cuyo trabajo de composición está basado en el son huasteco, ha rastreado en los últimos años los atisbos de esta influencia prehispánica en la música. Esta semana, el compositor expuso algunas conclusiones en la Casa de Cultura de Puebla.
“Nuestra tesis es la siguiente: creemos que en algunas obras escritas a modo de cantos polifónicos con temática náhuatl para la evangelización se encuentra información de este tipo de cantos primigenios, anteriores a la Nueva España”, apuntó.
Hasta ahora, nadie puede asegurar cómo sonaba el mundo prehispánico. A diferencia de la poesía, de la pintura o de otras artes, de la música no quedó prácticamente nada.
Se hallaron algunos manuales de percusión que marcaban cuatro sílabas, y hasta el siglo XX algunos historiadores como Miguel León Portilla se aventuraron a establecer que podía tratarse de una escala musical de las notas do, la, sol y mi.
Con estas escalas, se infirió que las melodías indígenas eran descendentes, no se mantenían en notas elevadas sino que variaban constantemente.
La quinta voz que completa Xicochi es precisamente de este modo: se agita frente al resto del coro.
“¿Por qué presumimos que esta voz es un canto? Porque el dibujo melódico que dan estos saltos es inusual dentro de la música europea, que se caracteriza por tener canciones juntitas, con notas en la misma escala. En este canto hay saltos, y es probable que este motivo melódico sea un atisbo de un canto prehispánico que ya entonaban los indígenas nahuas”, expuso Morenos.
Entre los años 1523 y 1527, las órdenes franciscanas abrieron las primeras escuelas de música en Texcoco y Tlatelolco.
Para Morenos, es muy probable que los frailes de estas escuelas hicieran un registro de los cantos prehispánicos para utilizarlos más tarde en las melodías que componían para evangelizar.
“Recogieron cantos de la gente para hacerlos cantos de órgano, cantos polifónicos que, interpretados en una iglesia, podían sonar celestiales y convencer a algunas personas. Es decir, la evangelización a través de la música no fue a sangre y fuego, sino a cantos… por supuesto, al principio hubo que poner sangre y fuego”.
Música en resguardo
Después de intentos incompletos, el más moderno catálogo de las partituras que se encuentran resguardadas en la Catedral Angelopolitana se integró hace 10 años.Dalila Franco, Aurelio Tello y Abel Maní ganaron en concurso el financiamiento del gobierno federal para integrar el índice con catalogación moderna de ese acervo.
Se volcaron en los documentos y también en el archivo de microfilms que se encuentra en custodia del INAH.
Resultado: mil 500 obras clasificadas para que los investigadores, músicos, historiadores y paleógrafos tengan, por primera vez, frente a sus ojos, todas las composiciones.
Franco se ha ocupado de documentar vida y composiciones de Manuel Arenzana, maestro de capilla que no sólo compuso música sacra y dirigió a cantantes e instrumentistas, sino que también hizo comedias y otras composiciones.


