Mario Galeana
Fotos: Margarito García
No recuerda la edad que tenía cuando decidió convertirse en actor –pudo ser a los 14, a los 15–, pero nunca podría olvidar la dirección del sitio en donde ocurrió.
Era el número 407 de la avenida Maximino Ávila Camacho –hoy Juan de Palafox y Mendoza–, en la ciudad de Puebla, la sede del Teatro Universitario Ibarra Mazari, donde un grupo de actores ensayaba la historia de un hombre que ganaba la lotería.
Durante aquella tarde fincada en los años setenta, Amancio Orta adoptó la primera de las vidas que encarnaría como actor: se convirtió en un mensajero sin diálogos que entraba a escena para entregar una carta.
Después, mucho después, fue Molina, un prisionero queer de una novela de Manuel Puig. Fue el comendador, el tirano de una obra de Lope de Vega. Fue John Proctor, uno de los pocos hombres que se opuso a los juicios de Salem. Fue Stanley Kowalski, el vehemente protagonista de la clásica Un tranvía llamado deseo.
Fue –es, sigue siendo– lo que 46 años de actuación y dirección en 240 obras de teatro podrían darle. Sus mil y una vidas.
PRIMER ACTO: EL JOVEN DEL GRUPO
Sus padres querían que estudiara cualquier cosa excepto teatro y él aceptó su papel sin resignación alguna. Se inscribió a la más larga de todas carreras –Medicina–, cursó satisfactoriamente y el día de su graduación, sin título universitario pero con diploma por delante, les dijo que había llegado su turno de elegir.
A los 23 se mudó a Ciudad de México y se inscribió en la carrera de Literatura, Dramática y Teatro en la UNAM, la única escuela que por entonces ofrecía un plan académico en actuación. Y volvió a Puebla a partir de los años ochenta.
Pero Amancio Orta ya había pasado varios años en formación antes de su mudanza. Y su escuela había sido, primero, aquel teatro ubicado en el número 407, donde se movían algunos de los mejores actores y directores teatrales de la época.
“Esa tarde me asomé al teatro y me atendió un director que por entonces era muy importante, Tomás Anaya. Me dijo que entrara a ver y resultó que Marko Castillo dirigía una obra que se llamaba El Gordo, la historia de un hombre que se ganaba la lotería. Me gustó mucho y permanecí muchos años con ellos. Si tenía clases de Medicina por las mañanas, ensayaba con ellos por las tardes, o al revés”.
Del teatro universitario lo llevaron a la Compañía de Teatro Clásico de Puebla, donde se convirtió en el chavo del grupo, que estaba poblado por íconos de la escena como el mismo Castillo, Víctor Puebla o Carlos Cabrera. Todos eran hombres adultos y él, en cambio, un chico en su pubertad. Pero eso era una ventaja: los papeles de los personajes más jóvenes eran suyos.
Castillo y Puebla se convirtieron en sus dos grandes mentores. Ambos eran artistas totales: escribían sus obras, las dirigían y a veces llegaban a actuarlas.
Con ellos Amancio aprendió las bases de su formación –la disciplina, la constancia, el amor por el escenario–. Compartieron escena muchos años más e, incluso, llegó a ser su director en distintas obras. Fueron amigos hasta el 2007, el año en el que ambos murieron.
SEGUNDO ACTO: NADA CAE DOS VECES EN EL MISMO SITIO
A pesar de haber puesto los pies en la espesura de muchas vidas, Orta no es uno de esos actores malditos que se convierten en los personajes que encarnan.
Me encanta ser actor porque no me conformo con vivir una sola vida… claro, mientras estoy en escena, porque una cosa es la locura del personaje y otra que tu locura personal la lleves con ellos. Eso ya no se vale porque ya no estás actuando; debes marcar esa bifrontalidad entre el actor y el personaje”, dice.
El suyo es un proceso que comienza poco a poco. Primero depende de quién sea el director de la obra, pero cuando se es huérfano de dirección, como dice, comienza a fabricar el mundo interior de su personaje como si se tratara de un rompecabezas. Define quién es, cómo habla, cómo podría caminar, cuál es su historia personal.
Así construyó a Molina, el personaje queer de 37 años que comparte celda con Valentín en El beso de la mujer araña, que personificó durante más de 300 veces y que le valió su primer premio como Mejor actor en la Muestra de Teatro de Puebla.
–¿No te llegó a pegar la monotonía en alguna de estas funciones? ¿O te parecía que cada función era distinta a la anterior?
–Si ves una película siempre va a ser igual, pero si ves una obra de teatro siempre será diferentes. El personaje va creciendo contigo, vas dándole matices, enriqueciéndolo; cada obra es un día nuevo. Avientas algo y nunca cae dos veces en el mismo lugar. Ya he estado con tres elencos distintos, siempre de protagonista, pero creo que El beso de la mujer araña estaría dispuesto a tocarla por cuarta vez. Porque fue la obra que me dio la confianza de que podía hacer bien mi trabajo como actor. Es una obra con todos los matices del mundo, y mira que he hecho Edipo Rey, John Proctor en Las brujas de Salem, o Stanley Kowalski en Un tranvía llamado deseo. Pero Molina me dio esa confianza de tenerme de verdad.
TERCER ACTO: LA MIRADA DEL DIRECTOR
En los años noventa, Amancio se encontró con una disyuntiva. Había leído La habitación de Verónica, una obra de Iran Levi –el mismo autor de El bebé de Rosemary– que tenía ganas de actuar, pero no había nadie que tuviera tiempo de dirigirla. Entonces decidió que la dirección la ocuparía él mismo.
Comenzó a tomar diplomados y cursos con varios directores, entre ellos, Ludwig Margules, “el mejor maestro que estaba en México”, y así inició su adaptación de la obra, a la que tituló Nunca hables con extraños.
La obra resultó un éxito total y ganó todos los premios posibles a nivel local: Mejor dirección, Mejor obra, Mejor actor, Mejor actriz y Mejor producción. Con toda esa hecatombe de mejores cosas, Orta se convenció de que sabía dirigir.
“Ya no pude actuarla porque habría sido demasiada responsabilidad. Ahora que tengo más años sí me he aventado a dirigir y actuar, pero casi siempre, si dirijo, prefiero solo hacer eso porque ves todo de otra forma. A partir de esa obra he dirigido otras cosas y he ganado seis premios como mejor director. La última vez fue con El mercader de Venecia, de Shakespeare, en un concurso nacional en San Luis Potosí. Pero así como El beso de la araña me dio confianza como actor, Nunca hables con extraños me dio confianza como director”, explica.
Hace siete años, siendo director de la compañía titular del Teatro del Complejo Cultural Universitario (CCU), retomó la obra y la llevó hasta un festival en la Patagonia junto a su grupo de actores.
En la actualidad, Orta es director de la compañía De nuevo Novo, un nombre que juguetea con el nombre de la primera en la que participó, la compañía Salvador Novo, cuyos integrantes ya han fallecido. También forma parte de Teatrofilia, fundada por Marko Castillo; dirigió la Compañía Nacional de Teatro del Movimiento Antorchista y él mismo formó parte de los fundadores de la extinta Compañía Teatral del Estado de Puebla, que años más tarde también le tocó dirigir.
Entre la vida del actor y del director, sin embargo, prefiere no elegir.
ÚLTIMO ACTO: LA CAPITULACIÓN
Su vida, más allá de la de los escenarios, es también muchas otras vidas: da clases de actuación, historia del arte, historia del teatro y literatura.
Justo hace unos días inició un curso sobre teatro isabelino y hace algún tiempo cursó una licenciatura en Diseño de la Moda, que lo llevó a dar clases por una década en la materia.
El 27 de marzo pasado salió corriendo al final de un homenaje que realizó el Instituto Municipal de Arte y Cultura (IMACP) por sus 46 años de trayectoria, debido a que esa misma noche estrenaría una obra.
Y sólo durante los primeros tres meses del año ya había grabado para la película Héroes, de Ricardo Arnaiz, que se estrenará en septiembre; ya había hecho tres obras sobre el abuso laboral por encargo de la Secretaría de Cultura; y viajaba constantemente a Ciudad de México para cerrar su participación en una película con una producción mitad nacional, mitad extranjera.
“Empecé hace 46 años y nunca dejé de trabajar hasta la pandemia, que ha sido la única cosa que me detuvo. Pero me dio un covid tan fuerte que fui a dar al hospital con oxígeno y dije: Ni pedo, hasta aquí llegué. Porque vi la muerte cerca”.
Pero, aun entonces, por aquella época en la que no hacía nada, Amancio Orta escribía, hacía cine a distancia, daba cursos sobre vestuario en arte teatral para el Centro Cultural Helénico, planeaba sus siguientes obras.
Se preparaba para sus vidas futuras.





