Por: Adolfo Flores Fragoso
Ya adolescente, en cada cumpleaños, mi madre me regalaba alguna prenda de vestir (regularmente una camisa tipo Polo y una mezclilla) y mi padre me soltaba una lana suficiente para comprar un par de discos y un par de libros. Inmediatamente me lanzaba al centro de la ciudad de Puebla, directo a la librería Cristal, donde un chamaco de rostro y peinado Benito Juárez style se convertía en mi librero de cabecera.
Cierto año, al ingresar me preguntó: “¿Ya leíste a Jorge Luis Borges?”. —No. “Perfecto. Nos acaba de llegar un libro del Fondo (de Cultura Económica) y que te puede iniciar en sus otros escritos”, vaticinó. No recuerdo qué otras compras hice, pero sí haber leído todo el libro Siete Noches durante aquella noche del 5 de julio de 1981.
El insomnio arribó con inevitables dudas. ¿Quiénes eran esa bola de autores que Borges citaba en cada una de sus siete conferencias nocturnas dictadas en Buenos Aires, corregidas y transcritas en esta obra? ¿Cuáles eran sus fuentes que le permitían citar con precisión hábitos, frases y sueños personales de los aludidos? Ni modo.
A consultar la Enciclopedia Británica, así como el diccionario y la Enciclopedia Larousse que teníamos en casa. Recurrir además a la biblioteca Benjamin Franklin (hoy desaparecida), en el centro de Puebla, también.
Sin darme cuenta, conocí de autores y libros en un par de meses, en lo que pudo haberme llevado un año. O más. Gracias a Borges.
Años después me enteré que algunas citas del argentino eran ficticias, imposibles, pero perversamente fantásticas. No importa. Las disfruté. Y aprendí.
Esa experiencia nunca la olvidaré. Aclaro, sólo la experiencia pues los autores y citas comienzan a evaporarse de mi mente: la memoria se desgasta antes que nuestra vida, advierto.
En el confinamiento, todo pareciera ser sólo un sueño soñado por alguien en otro tiempo que, de tan libre, hasta sale a la calle sin pánico. Bueno o malo, ese sueño depende del libro que tengas en las manos.


