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Amor al oficio impulsa a los últimos picapiedra

Crónica Puebla por Crónica Puebla
17 julio, 2021
en Metrópolis
Amor al oficio impulsa a los últimos picapiedra
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Texto y fotos: Mariana Flores

Alberto Valentín y Ma­ría de Jesús son los últimos picapiedra de San Salvador El Seco.

Lo son, porque en este muni­cipio de canteros y labradores de basalto, todos los demás artesa­nos utilizan sierras metálicas y otros aparatos eléctricos.

La familia de Alberto Valen­tín y María de Jesús es la única que usa sólo las herramientas de mano y su fuerza para cuartear y fracturar la piedra gris.

Él nació en Veracruz, pero desde niño llegó a Puebla traí­do por sus padres, siendo la fa­milia Gómez Sánchez; ahora tie­ne 65 años.

Su papá le enseñó a labrar piedra volcánica desde muy pe­queño. Solo acabó la primaria e intentó dedicarse a la cons­trucción, pero regresó a labrar piedra “por amor al oficio”.En cuatro horas tiene listo un molcajete, desde roca sin forma. Lo vende en 200 pesos.

Cero electricidad. Esculpe a cincel y martillo.

Los otros talleres van más rá­pido, con las herramientas eléc­tricas: lo que a mano se lleva ocho horas, a las cortadoras les toma sólo dos. Y el acabado es más fino.

De uno y otros se ve la dife­rencia en el terminado; pero aún hay compradores que prefieren el rústico “para martajar mejor”.María de Jesús Vergara Casti­llo, tiene 56 años. Hace cinco, su modo de vivir cambió del cie­lo a la tierra dura.

Estudió hasta la secundaria, aprendió de su mamá a coser y diseñar ropa. Trabajó en una tienda de confección de vestidos para quinceañeras en Acajete. Pero el pago era indignante: un vestido “de princesa” le tomaba hasta semana y media de trabajo continuo y le pagaban entre 500 y 800 pesos, si es que se vendía.

Iba de El Seco a Acajete en microbús; una hora de ida, una de vuelta.

Su esposo la convenció de de­jar ese trabajo y dedicarse a la­brar la piedra.

“Eso es de hombres”, le ense­ñaron. “Es un trabajo de fuerza”, y ella es experta en vestir a las protagonistas de las fiestas con telas delicadas.

¿En qué clase de mujer se con­vertiría, haciendo un oficio de hombre?

Al principio lloraba mientras golpeaba el punzón con el marro. Y la falta de pericia le cobraba con golpes y machucones en dedos y palmas que acababan ensangren­tados. Tardaba tres días en hacer un solo molcajete, y mal hecho, le calificaba Alberto Valentín.

Pegar fuerte en el lugar preci­so. No maltratar la piedra.

Medir la fuerza para no echar a perder la pieza.

Las manos con cicatrices y callos aprendieron, a fuerza de repetición, la postura adecua­da para evitar las heridas. Lleva cinco años en esto y ya hace un molcajete al día; el marido, tres.

A sus tres hijos varones, de 21, 17 y 15 años, les enseñó el oficio. Todos lo aprendieron pero dos de­cidieron dedicarse al campo.

La única mujer, su hija de 10 años, también deberá aprender, “pero a ella le espera un futuro mejor, porque ella sí quiere es­tudiar”, dice María de Jesús, pero le enseña el oficio para que ten­ga una segunda opción, por si su sueño de darle carrera se cerce­na algún día.

La jornada comienza a las 7:00. Se desayuna para aguan­tar ocho horas de trabajo.

El uniforme de trabajo para ella es un pañuelo en la cabeza, para que el sudor no le cubra la cara.

El patio es taller, frente a la carretera federal. Elige una pie­dra; ya sabe cuáles son las idea­les, sin cuarteaduras ni huecos. Sobre una llanta con tierra co­mienza el trabajo.

Cocina la comida el hijo de 15 años, que se reventó un ten­dón de la mano con la sierra ha­ce un año. Es el paréntesis de la jornada porque al terminar hay que regresar a la piedra. No hay bodega; se vende al día. La familia trabaja pedidos.

Punzón, maceta, escoplo y buril, las herramientas.

Al centro del cuenco, golpes duros y firmes; en orillas, cortos y exactos.

El molcajete hecho a mano pesa mucho y no se rompe ni azotado.

Ahí se ve la calidad del pro­ducto terminado.

Como si lo firmara la familia, la última familia picapiedra.


Etiquetas: piedraSan Salvador El Seco

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