Por: Dulce Liz Moreno
Reactivar el trabajo en fábricas autoparteras y armadoras de autos no tiene nada de malo. Al contrario, pone en marcha el engranaje de la industria más numerosa de Puebla.
Y en las naves no hay modo de transmitir COVID-19: si estás en soldadura, tienes tu unidad a más de cuatro metros del siguiente que, con careta y cautín en mano, no tiene modo de contaminar.
Ahora que, si estás ruteando cable de tableros y te atrasas, acabas frente a otros siete en tres metros cuadrados compartiendo fluidos al por mayor; pero cubrebocas y careta bastarían para evitar el splosh.
Lo malo es afuera. De ida o de vuelta. ¿Quién no ha estado en puerta 7 de la Vocho a la hora del hambre? ¿Cuántos se juntan? ¿50 o más? Sí, en la segunda de proveedores. Lo mismo llegan los de Seglo que los de DHL.
¿Y en las quesadillas de carne árabe?, ¿unos 40? ¿En los tacos placeros de milanesa? Ahí es donde, sin cubrebocas ni careta, entre caguama, el jarrito rojo y la lulú puede ocurrir lo que la Organización Mundial de la Salud ya le dijo a México y parece que no entendemos: contagio exponencial.








