Texto y fotos: Jafet Moz
El hombre de las botas espera información. Le cayó en los hombros el sol, la fatiga le dobló las dos rodillas y el hambre lo tiene en nocaut.
Su almohada está rellena de la ropa que le quitaron a su paciente al ingresarlo al área COVID-19. Junto, se levanta el griterío cuando la mujer uniformada llega a la puerta, desde dentro.
Se apretujan 60, 70, para oír. A la uniformada no se le ocurre que las bocinas con que llaman parientes para la burocracia reproducen perfectamente el sonido y no debería generar tumulto cada vez que canta, como baraja, el estatus de los pacientes alcanzados por la pandemia.
Tampoco hay funcionario que lleve un sanitario en renta, como en Cholula, para que la fila india que pide permiso al vigilante no haga de la necesidad una tortura.
Lavamanos, ¡menos!, el centenar que se apiña buscando la anoréxica sombra de las 11 de la mañana come su itacate con las mismas manos con que se detiene de la banqueta, de la reja y los postes.
De remate, “el de la tienda” renta bancos de plástico a 10 pesos que dos mujeres usan cuando las seis horas de pie las vencen. IMSS La Margarita, vía crucis de hoy.






