“Te vamos a dormir para que con el tubo puedan respirar tus pulmones; nos vemos de regreso”. “Tranquila, vamos a contar…” “Calma, te vamos a ayudar a respirar”.
Y el medicamento entraba al cuerpo. Lino Manuel recibió a sus pacientes anunciándoles el sueño sin dolor. Y hacía fluir el líquido que distensa los músculos y permite que el tubo se abra camino en la boca, la tráquea.
Y celebraba, con el equipo médico y de enfermería del IMSS La Margarita los éxitos, la vida de quienes superaron el trance de la terapia intensiva, empujados por el coronavirus.
Lamentaba, con especialistas y enfermeros y camilleros, cada persona que dejaba de respirar, vencidos sus pulmones por la invasión que genera este mal devastador.
El 17 de mayo cambiaron las posiciones en el quirófano. Él se dejó tomar de la mano, escuchó las palabras que infunden esperanza y viajó a la dimensión donde no hay dolor. Dos días después, ya no regresó.
Doctor Chávez Arteaga, el primero en irse, contagiado por sus pacientes. El más llorado, desde el sótano de las operaciones hasta el último piso, el más añorado, porque hasta ayer el primer nombre que sale de voz de enfermeros y médicos es el suyo.
De los más estimados, despedido en los pasillos con el aplauso de quienes lo tuvieron al lado, al otro lado de la mesa, en la zona de lavado de manos, en pasillos y en el aula-sala de auxilio especializado. El recordado.


