Dulce Liz Moreno
Para las cosas desafortunadas, tanto como para las buenas, hay una suma de factores, convergen cosas y aquí puede ser la propia explotación del agua la que se añada a fragilidad de suelo y peso
Rosemberg Reyes Ramírez
Especialista en mecánica de suelos
Cada vez que abres la llave en casa, 70% del agua que sale procede de un acuífero; por ello, a la pregunta ¿quién es responsable del socavón en Juan C. Bonilla?, la respuesta de un especialista es: todos.

Profesor en la UDLAP, Reyes Ramírez aclara primero: él y todos quienes ahora den probables explicaciones hacen hipótesis; el único modo de tener claridad es el resultado de los estudios de geofísica en el sitio.
“Se trata de mediciones como tomografías, barridos en el terreno con dos metodologías: refracción sísmica y sondeos eléctricos verticales”.
Esto significa realizar un sondeo eléctrico para medir la velocidad a la que se mueven las ondas a través del material: se atribuye la densificación a cierta clase de subsuelo a profundidades de 10, 50 metros, indica.
Con ello se puede saber si es subsuelo arenoso o arcilla limosa, por ejemplo.
En el sondeo eléctrico vertical se mide la velocidad de transmisión de las ondas y, si se perdió o fue muy rápida la transmisión, significa que hay un hueco; así se pueden medir la dimensiones de las oquedades, añade.
Ambas formas de medir se mencionan en el reporte que el Instituto Politécnico Nacional expidió el día 8 de este mes.
SUELO Y HUECOS
Por estudios geológicos del suelo y subsuelo de Puebla, se sabe que en los primeros 100-150 metros de profundidad hay material volcánico en la zona de Juan C. Bonilla y todo el derredor del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl indica el profesor Reyes Ramírez.
“Y no son rocas como en otros lugares, sino arcillas y areniscas, un material poroso”.

“Esa disolución existe, es perte de los llamados fenómenos kársticos –desbaratar un mineral en agua–, pero no tan cerca de la superficie como este socavón; ocurre a unos 300 metros de profundidad: hay piedra caliza que es el material que uno pisa cuando se encuentra en un cenote en Yucatán”, ilustra el especialista en geotecnia. En los cenotes, las rocas calizas se disuelven, en un proceso que toma cientos y hasta miles de años y con ello se forman huecos que se agrandan hasta ser cavernas que pueden tener agua o no, asienta.
En Puebla, hay cientos de metros encima de esa roca; por eso a Reyes Ramírez no le checa tal interpretación de Conagua.
En cambio, la extracción del agua de los mantos sí parece una explicación congruente con el tipo de suelo en esta región.
Esa explotación la hacen pozos y toda la infraestructura para conducción y potabilización del líquido en todos los usos.
Diferenciación: el acuífero es el cuerpo de agua profundo de gran volumen dentro de roca; capa freática es más superficial y está dentro de suelo.
La extracción, por tanto, provoca movimiento en el suelo; sin agua: la arcilla se acomoda hacia abajo y va formando huecos bajo la superficie.
“Imagínese un reloj de arena: se va perdiendo el material hacia el fondo y llega a colapsarse el suelo de arriba”.
El agua dentro del socavón se mueve como muestra de lo que ocurre en todo el suelo: cuando la población bombea el agua en horarios preferenciales, el nivel baja; por eso parece un oleaje.
Y aclara: hay sobreexplotación de un acuífero cuando hay 10% o más diferencia entre la cantidad que se extrae y la que se recarga por medio de lluvia y escurrimiento subterráneo.
No es irreal que un mismo acuífero presente sobreexplotación una vez y en dos años vuelva a tener nivel normal, indica.
La teoría de que un antiguo ojo de agua hubo en la zona de Santa María Zacatepec no es descabellada: “ese ya es un hueco y adelgazamiento de la capa de suelo que se disgrega con el movimiento del agua”.


