Dulce Liz Moreno
Apenas en mayo cumplió 48 años de sacerdocio. El día 6 fue ordenado, en el convulso año de 1973.
Ayer, su muerte conmovió a activistas, defensores de derechos humanos, colectivos organizados en torno a migrantes extranjeros y locales, campesinos a quienes ayudó alguna vez para dar visibilidad a sus demandas, a sus alumnos, a sus compañeros, a sus feligreses.
¿Quién ordenó sacerdote a un “rojillo”, “izquierdista” y “radical” en una Puebla que atravesaba un momento ultraconservador en la Iglesia católica y el gobierno?
El más férreo cargado a la diestra: el arzobispo Octaviano Márquez.
“Fue un milagro, no lo entiendo de otro modo”, contó en una de sus últimas entrevistas biográficas a Sergio Mastretta.
El coordinador de la Pastoral de la Movilidad Humana de la Arquidiócesis de Puebla por 25 años, dedicados a asistir a migrantes que pisaron esta ciudad en su éxodo al norte, era conocido como defensor de causas ciudadanas desde adolescente.
“El arzobispo Márquez me conocía desde niño; él me llamó al ministerio y 15 días antes de mi ordenación, me dijeron que no me harían sacerdote a mí por visitar a indígenas y universitarios que entonces luchaban”.
Y decidió que no se ordenaría y se dedicaría a cualquier otra cosa.
Salió para ir a una fiesta con sus amigos y, entonces, el portero lo detuvo: carta urgente para él del arzobispo.
Leyó, se enfiestó, y regresó temprano para empezar los ejercicios espirituales previos a la ordenación.
Márquez se atrevió a ordenarlo. “Ningún otro lo va a hacer”, le dijo. Y confió en él, el seminarista que no sólo tenía de libro de cabecera, después de la Biblia, el Documento de Medellín –uno de los tres textos básicos de la Teología de la Liberación, prohibida su lectura para seminaristas como él–, ¡estuvo en Medellín aportando en 1968!
Cuatro días después de su ordenación, el 10 de mayo del 73, oficiaba misa a petición de las madres de los cuatro estudiantes asesinados el día 1, en el Paraninfo.
Lo convenció de su inclinación por los pueblos y comunidades sufrientes haber sido testigo de cómo los cadáveres hediondos de 423 indígenas de la Sierra Norte de Puebla estaban a la intemperie, después de haber sido asesinados a tiros por el ejército los últimos días de enero de 1970, cuatro meses antes, en el Monte de Chila.
Se volcó por los migrantes el último cuarto de siglo. Caravanas, personas enfermas, centroamericanos desfallecientes.
Fue estafeta impulsor de la Antorcha Guadalupana que va de la Mixteca a la Catedral de San Patricio en Nueva York. Murió ayer, por cáncer. Su nombre: Gustavo Rodríguez Zárate.



