Desde la inauguración de la Catedral, en 1645, y hasta 1854, así lucía el zócalo de la Angelópolis: con puestos de mercaderes.
Y no había fuente de San Miguel ni árboles y el suelo era de tierra. Ni bancas para el público. Y el atrio de la basílica tenía bases para la iluminación con combustibles diversos, pero ninguna reja ni barda.
El mercado del zócalo vivió casi 200 años y luego tuvo varios cambios.
Primero, los vendedores fueron replegados a los portales, después de un incendio grave –cómo no, si todos los puestos tenían soportes de madera– se construyeron El Parián para los productos típicos y relacionados con el folklore y en La Victoria toda clase de mercancías para el abasto de los habitantes de la ciudad capital del estado.
Luego hubo fuentes de mosaico y kiosko. Comenzó la siembra de árboles y colocación de monumentos. Y para el centenario de la Batalla del Cinco de Mayo, hubo fuente de San Miguel, llevada a piezas desde cerca del Teatro Principal, y el cambio más determinante de fisonomía: piso de piedra de Santo Tomás, de segunda mano para ahorrar presupuesto.
Pintura: cortesía UPAEP


