Miriam Gómez
LA PANDEMIA DESTRUYÓ LA VIDA COMO SE CONOCÍA ANTES DE MARZO (PARA PUEBLA). UNA MADRE QUE HIZO AISLAMIENTO CON SU HIJA ENDEREZÓ EL PANORAMA. ESTE ES SU RELATO. UNA VERSIÓN DE ÉL SE PUBLICA EN EL LIBRO MAMÁS EN CUARENTENA. HISTORIAS DE LA PANDEMIA, EN QUE 49 MEXICANAS DAN UN GRITO DE DESAHOGO” SOBRE ESTA CRISIS Y CÓMO LA RESISTIERON
¡Ya sé!, –me dices después de quedarte pensativa un rato–, le pedimos a mi tío prestado un microscopio de su escuela, vamos afuera, buscamos el virus ¡y lo matamos! Y así, ya podemos salir a todos lados porque ya no existe más… ¿te parece buena idea? No se qué contestarte.
Por un lado, me conmueve el empeño que pones para tratar de solucionar problemas, tu ingenuidad, tus ganas de vivir, la manera en que estás visualizando acabar con algo que está haciendo daño.
Pero por otro lado me aterra escucharte hablar de muerte. No quería oír tan pronto de tu voz esa palabra; deseaba que la infancia se te prolongara mucho más y no te enteraras de que esto se acaba.
Quizá por eso, lo primero que atino a decir es que no está bien pensar en eso. Te explico que has tenido una gran idea y que podríamos terminar con el virus que está cerca de nosotros pero que este bicho está reproduciéndose en todo el mundo y que no podemos alcanzarlo… veo tu carita de desilusión que pronto cambia por la de frente arrugada, ojos chiquitos, y tono de explosión: ¡Este virus es muy malvado!
Y sí, sin duda, tienes razón.
Su salto hacia todos lados y sus efectos lo hacen el más malvado de todos los villanos que conoces.
Pero, ¿sabes?, a mí me trajo un regalo. Este tiempo obligado de estar confinadas para evitar contagiarnos me permite estar más cerca de ti. Veo cómo creces detrás de la frente y comprendes conceptos completos y no sólo los nombres de las cosas. Aprendo qué te gusta y por qué, de dónde vienen tus muecas y gestos.
¡Qué ironía!, tú que extrañas tanto salir y sientes que el encierro te daña y a mí me hace tanto bien estar contigo sin tener que arrancar la carrera a algún lado separada de ti.
Agradezco a la vida todas las oportunidades que me ha dado aquí, junto a ti. Inicié esta pandemia trabajando como “ingeniera”, dando servicio de monitoreo a una red MPLS de internet que me exigía a veces hasta 10 horas de trabajo seguido y, de repente, el virus atacó a todo el mundo y lo giró y esa voltereta lo puso a mi favor para regresar a mi amado oficio de diseñar libros, esos amigos que tanto te gustan, con colores que combinas con una intuición que me asombra y un espíritu de experimentación que me encanta, desde que puedes tomar el pincel, y puedo generar dinero para nosotras desde aquí, en medio de un escenario oscuro de crisis económica que está golpeando a millones de familias en el país… no podría sentirme más agradecida y bendecida.
Y es que, sin tratar de sentirme Señorita (o Señora) Optimismo 2020, desde el principio me planteé no dejarme llevar por el pesimismo y el panorama desolador. A mi manera y con mis limitantes, he tratado que los enfermos, los hospitalizados, aún los más queridos, no sean nuestro tema de conversación diaria; reservar para ellos mis horas privadas, mis pensamientos intensos pero silenciosos. Porque si hubiera seguido fiel a estar pendiente de las noticias ya me hubiera dado la depresión desde hace tiempo… Ahora, para mí, ese ya es un lujo que no me puedo permitir.
Veo que hemos vivido etapas similares a muchas personas como tú y yo. Que han podido darse el mismo placer: hornear galletas, preparar el café que se puso de moda en las redes sociales, jugar jenga, cartas, Uno. Veo que el agotamiento les cae en diferentes formas. Algún día sabrás que otras mamás y otros papás se quedan, igual que yo, dormidos a la mitad de algo.
Tú te enojas mucho porque me pasa cuando estamos en medio de aventuras con tus muñecas. Por cierto, he disfrutado ser el papá Osiosi, la mamá AppleJack, y el rol de las mascotas también tiene sus momentos brillantes.
Mentiría si dijera que todos los días han sido buenísimos, que todas las horas son especiales. Por algo la inercia o es una fuerza sino la incapacidad de oponerse a un movimiento o un ritmo un una dinámica impuesta desde fuera, necesaria incluso. A esa tal Señora Inercia también la pondría en tu lista de malvados porque cuando se pone de aliada con El Día a Día me arrebata muchas horas.
Por mi parte, la aventura empieza al desayunar y va muy rápido: trabajar, hacer tareas, cocinar, comer, lavar trastes, y todos los etcéteras. El mayor éxtasis llega al quitarme los lentes, porque le sigue el desafío de ponerme la piyama y mi recompensa de que mi cama me reciba y sea tan recíproca que en minutos me devuelve calor y abrazo.
La emoción de lavar la ropa y tallar los cubrebocas es… ¡adrenalina pura! Por tu parte, eres una Transfórmer. Te has vuelto mi termómetro, el calendario con alarma a todo volumen que me despierta del marasmo. Has hecho cosas bien padres de las que me siento muy orgullosa. ¡No sabes lo grande de una! Tu Miss de preescolar no tenía mucha fe en que aprendieras a leer –de hecho, casi nadie, pero eso te lo contaré cuando estés mayor– y fue la primera asombrada al saber que leías el libro entero y tomabas dictado. Aún es un misterio cómo pudimos conseguirlo. Eso y las famosas “evidencias” que indigestaban el whats de la Miss el fin de semana (sí es dulce la venganza).
También admiro la determinación que has tenido para quitarte sola los dientes que se han aflojado, ¡ya van 3!, cuando son molestia y desventaja para hablar y comer. Era una faceta que desconocía de ti y creo que soy la única nerviosa al ver cómo te plantas frente al espejo con una gasa en tus manitas moviendo el diente hasta que logras zafarlo y, con la emoción de haberlo quitado, la sangre en tu boca no es alarma para el susto sino señal de victoria.
¿Cómo puedes hacerlo? Sé que no hay de otra, pero me duele verte jugar sola. Yo crecí con cuatro hermanos y por lo menos durante mi niñez las amistades no fueron tan necesarias porque ellos fueron y siguen siendo mis mejores amigos y compañeros. Pero tú, solita, a veces al terminar el día y guardar los juguetes descubro cosas que hiciste para pasarla bien y me pongo tan triste por haberme perdido esos momentos.
Siento que se me aplasta el corazón que no tengas hermanos o amigos con quien compartir tus diseños, ocurrencias y herramientas hazlo-tú-misma. Esa soledad no podré combatirla con nada; trato, no siempre con todo el éxito, de tener un tiempo al día para jugar contigo o a veces sólo de sentarnos a ver la tele.
Cuando te abrazo, lamento no poder tener más momentos, pero creo que también es bueno que sepas que la vida nunca viene “completa”, como que abres la caja, nueva, y parece que faltan piezas, y aún así hay que usarla, porque continúa sin parar.
Tu mamá debe trabajar, tú tienes que tomar tus clases; el mundo no se puede detener porque, si lo hace, salimos disparados todos. ¿Cómo es que no puedes hacer un pase mágico y volver a tener compañeros y nuevos amigos? Yo tampoco.
Ahora, con nuestros planes “para cuando acabe el covid”, el miedo del contagio sigue pero con las pequeñas incursiones fuera de casa me sorprende la tranquilidad y naturalidad con que te adaptas. Cuando me dices “ya nada es igual que antes”, no parece que apenas tengas seis años, y te veo tan “adulta” con el cubrebocas bien puesto, que en ningún momento parezcas molesta o te lo quites; que hayas dejado de querer oler todo de cerca o tocarte la nariz, que sin que yo te lo recuerde has dejado tu deporte favorito, tallarte los ojos.
Me sobrepasa la conciencia que tienes de que debes cuidarte sin que sea drama.
Parece una tontería, frente a luchas contra la enfermedad y proezas heroicas de otros, pero me siento como una sobreviviente. Y, con fervor del que acaba de salvar la vida porque una carambola de autos le ha pasado a centímetros sin dejarle ni un raspón, doy gracias a Dios, a la vida, a la familia, a tu paciencia, a tus pukiabrazos. Y, sobre todo, a las palabras que hicieron que cambiara mi cabeza y mi ánimo desde marzo, las más poderosas que me dices de cerquita: “Te amo, mami”.



