El valle de Katmandú, el gigantesco punto de encuentro de monumentos clave para las peregrinaciones de budistas e hinduistas, está vacío por completo, cerrado para evitar contagios de coronavirus y los micos, que se ponen flacos desde hace cinco años, sobreviven gracias a la caridad de dos alimentadores voluntarios.
Por ser un manojo de islas, la población de Indonesia come y vive del mar. La ven ruda pescadores y mercaderes del producto porque la pandemia dejó a la gente sin dinero y ellos, el eslabón más frágil de la cadena, quedaron en desamparo. Incluso los tiburoneros terminan por regalar sus presas.
Los peces chicos se rematan y a veces no salen ni las monedas para pasar el día.


