Escapadas
Alejandro Cañedo Priesca
Bruselas es una ciudad que ha sido parte fundamental de la historia, no sólo de Bélgica, sino también de Europa. Hoy es considerada la capital de la Unión Europea, albergando las principales instituciones del bloque.
Pero más allá de su importancia política, Bruselas es un destino vibrante, lleno de historia, contrastes culturales y una gastronomía que seduce a cualquiera.
Mi primera oportunidad de visitarla fue de una manera poco común.
En lugar de cruzar el Canal de la Mancha por el Eurotúnel, llegué en barco desde Inglaterra, desembarcando en el puerto de Ostende.
Desde ahí, tomé un tren hasta Bruselas y, desde el primer momento, la ciudad me impresionó. Con cerca de 200 mil habitantes y alrededor de un millón en su área metropolitana, su tamaño es manejable, pero su importancia es inmensa.
La Grand Place es el sitio imperdible por excelencia. Considerada una de las plazas más bellas del mundo, está rodeada por edificios con siglos de historia, entre ellos el majestuoso Hôtel de Ville (Ayuntamiento), con su imponente torre gótica.
En sus fachadas doradas y en la atmósfera de la plaza se siente el peso de los siglos, un contraste entre la opulencia del pasado y la dinámica vida moderna de la ciudad.
A unos pasos de la Grand Place se encuentra el famoso Manneken Pis, la pequeña estatua de un niño orinando que, a pesar de su tamaño, es uno de los símbolos más representativos de Bruselas. En distintas épocas del año, el personaje es vestido con atuendos temáticos, una tradición que lo hace aún más entrañable.
Bélgica es un país con dos grandes regiones, Flandes y Valonia, que hablan diferentes idiomas (neerlandés y francés, respectivamente).
Bruselas, aunque oficialmente bilingüe, tiene el francés como lengua dominante. Sin embargo, la ciudad es también hogar de miles de europeos de distintas nacionalidades, pues aquí se encuentran la Comisión Europea, el Consejo Europeo y una de las sedes del Parlamento Europeo.
Esta mezcla de identidades le da a Bruselas un carácter internacional único.

Para ver otro rostro de la ciudad, hay que visitar el Atomium, una estructura futurista construida para la Exposición Universal de 1958. Sus esferas metálicas reflejan el cielo belga y ofrecen una vista panorámica espectacular.
Muy cerca, el barrio europeo muestra la faceta más institucional de Bruselas, con edificios modernos que albergan las decisiones que afectan a todo el continente.
Por otro lado, Bruselas también guarda su historia en lugares como el Museo Maison du Roi, donde se puede conocer más sobre el pasado de la ciudad.
Además, no hay que perderse la majestuosa Catedral de San Miguel y Santa Gúdula, que ha sido testigo de coronaciones y bodas reales.
Bruselas tiene una cocina que ha trascendido fronteras. No se puede visitar la ciudad sin probar los mejillones con papas fritas (moules-frites), considerados el platillo nacional.
También es obligatorio degustar un verdadero gaufre (waffle belga), con su exterior crujiente y su interior esponjoso, acompañado de chocolate o frutas.
Los amantes del chocolate encontrarán aquí su paraíso, pues Bruselas alberga algunas de las chocolaterías más prestigiosas del mundo.
Y, por supuesto, la ciudad es famosa por su tradición cervecera, con una variedad de cervezas artesanales que van desde las suaves y afrutadas hasta las intensas y complejas.
Bruselas es una ciudad de contrastes, donde la historia y la modernidad conviven en armonía. Un destino que sorprende, que tiene muchas historias que contar y que invita a perderse en sus calles para descubrir su verdadera esencia.
Viajemos juntos.


