Hay ciudades que sorprenden, otras que enamoran y algunas que simplemente te envuelven con una sensación de paz. Campeche, capital del estado del mismo nombre, pertenece a esta última categoría. Es una ciudad que se respira con calma, que se camina con asombro y que se saborea con gusto.
Desde 1999, el centro histórico de Campeche forma parte del Patrimonio Mundial de la Humanidad. Su traza urbana, sus casonas de colores, sus iglesias coloniales y, sobre todo, su muralla, la convierten en una de las ciudades virreinales más singulares de México. Esta muralla, construida entre finales del siglo XVII y principios del XVIII para proteger a la ciudad de los ataques piratas, aún se conserva casi completa. Está formada por ocho baluartes: San Juan, San Francisco, San Pedro, Santa Rosa, San Carlos, La Soledad, Santiago y San José. Y se entra al corazón de la ciudad por sus puertas monumentales: la Puerta de Tierra, la Puerta del Mar, la de San Román y la de Guadalupe.
Recuerdo una visita que hice hace algunos años. Caminé por el malecón, un hermoso paseo marítimo de más de tres kilómetros frente al mar. No es un mar de olas altas ni de playas de arena blanca: es un mar sereno, casi inmóvil, que parece invitar a la contemplación. En una palapita sencilla, justo sobre el agua, probé unos camarones deliciosos. Y entendí que en Campeche la vida tiene otro ritmo, más pausado, más humano.

En el corazón de la ciudad está la Plaza de la Independencia, donde se alzan la Catedral, el Palacio Municipal y otros edificios que han sido testigos del paso del tiempo. Allí también se encuentra una escultura muy querida por los campechanos: el aguador. Representa a aquel personaje tradicional que repartía agua por las calles en una carreta jalada por un caballo o una mula. Es un símbolo de la vida cotidiana de antaño, cuando todo era más cercano y más sencillo.
Y si algo hay que celebrar de Campeche, además de su historia, es su gastronomía. El platillo más emblemático es el pan de cazón: capas de tortilla frita con carne de cazón —una especie de tiburón pequeño—, frijoles y salsa de jitomate con chile habanero. También destacan el pulpo en su tinta, los camarones al coco, el pescado frito con arroz y plátano macho, y los ceviches frescos. Las bebidas típicas van desde la tuba, hecha con savia de palma, hasta refrescos de frutas como el tamarindo y el mamey.
Para quienes desean profundizar en el pasado de la región, el Museo de Arqueología Maya, ubicado en el Fuerte de San Miguel, ofrece una de las mejores colecciones de piezas de Calakmul y otras antiguas ciudades mayas. Es un lugar que une la arquitectura militar colonial con el esplendor de una de las grandes civilizaciones de Mesoamérica.
Campeche no grita su grandeza, la comparte con calma. Y quien la visita, la lleva siempre en el corazón.
Viajemos juntos.


