Fernando Thompson de la Rosa / @cyberthompson
La inteligencia artificial es una mezcla de algoritmos o programas computacionales diseñados con el objetivo de crear máquinas que imiten inicialmente las capacidades del ser humano y con el tiempo las superen.
El problema es que no se trata de una tecnología más, como internet, los teléfonos inteligentes y otros avances, porque la inteligencia artificial impactará de manera contundente varias carreras profesionales, oficios y actividades: desaparecerán para las personas.
Piensa en esto: todas las mañanas nos levantamos y en el día nos acompañan y rodean muchos, incluso demasiados dispositivos inteligentes: relojes, televisores, teléfonos, sistemas de seguridad, aspiradoras, computadoras y hasta juguetes, lista en continuo crecimiento y cada vez más cercana a lo infinito, llegando a hacernos pensar que lo único que dejará de funcionar de forma inteligente será el propio ser humano.
Aunque podríamos decir que inteligencia artificial es un término relativamente reciente, no es así. Cuando yo estudié ingeniería cibernética y ciencias de la computación en La Salle en 1986, me tocó hacer mis primeros programas con inteligencia artificial tal cual; sin embargo, fue hace cerca de una década que sus avances tomaron impulso y velocidad, hoy exponenciales, que deberían preocuparnos.
La inteligencia artificial se presenta en las realidades sociales del mundo postmoderno como un fenómeno complejo con usos y aplicaciones múltiples en casi todas las actividades humanas. Presagia un futuro de implementación continua y general en los dominios de la educación, la industria, la cultura y la economía.
En el libro The big nine o Nueve gigantes, la autora Amy Web describe a la perfección diferentes escenarios con algunas implicaciones de la inteligencia artificial para la humanidad. De forma clara y real, narra que en los próximos diez años muchas actividades laborales, intelectuales y de trabajo físico van a ser desarrolladas totalmente por robots inteligentes, de forma altamente productiva y extremadamente eficiente en términos de calidad y a muy bajos costos.
Pero no debemos suponer que todo lo relacionado a la inteligencia artificial será siempre bueno y constructivo y que los legisladores y los líderes empresariales deben asumirla como prioritaria; se debe reflexionar y revisar.
Es precisamente el desarrollo legislativo de todos los países el que debería estar cuestionado a Google, Microsoft, Amazon, Facebook, IBM y Apple por cuestiones éticas de lo que están haciendo.
No nos equivoquemos; la G-MAFIA –sigla que refiere a las compañías citadas– invierten miles de millones de dólares en inteligencia artificial y adicionalmente tiene mucha información personal de buena parte de la humanidad, incluyéndolo con seguridad a usted, querido lector.
La autora del libro de una alarma porque estamos justo hoy en un momento histórico en el que verdaderamente los humanos podemos dar un giro a algo que pudiera ser funesto o espeluznante.
Si no lo detenemos o si dejamos que estas compañías, como siempre, hagan lo que quieran y vean solo por sus propios intereses económicos y dejen, también como lo hacen hoy, la parte social a un lado por completo, estaremos bajo una fuerte dominación.
Recordemos que la tecnología no tiene palabra de honor. La tecnología no es buena ni mala pero no tiene ética. Y la humanidad depende ya en gran medida de la tecnología.
Solo dos países verdaderamente lideran en inteligencia artificial, uno es Estados Unidos y el otro es China, que tiene a BAT, es decir, Baidu, Alibaba y Tencent, aquí las cosas van mucho más avanzadas que con nuestro vecino del norte y también son más opacas; pero le puedo adelantar que la población civil china ya vive hoy en carne propia muchas de las consecuencias del dominio de la inteligencia artificial asociada al interés del partido único en el poder.
Otro problema radica en que, en general, la tecnología avanza mucho más rápido que el sistema político para diseñar leyes pertinentes que protejan a ciudadanos, empresas y gobiernos. A eso hay que aderezarle que la inteligencia artificial es la que más rápido crece y no a un ritmo lineal, sino exponencial.
Es importante garantizar la compensación de las víctimas que habrá, incluso cuando la autonomía de los sistemas no permita identificar al responsable del daño; se debe señalar a la compañía o a el dueño de la entidad que emplee la tecnología de inteligencia artificial. También es esencial adaptar las reglas de protección de datos porque estas tecnologías precisan mucha información y puede haber conflictos con la intimidad de las personas y serias implicaciones éticas.
Ejemplos sencillos: La división de inteligencia artificial de Meta, antes Facebook, creó dos robots de software con inteligencia artificial dura –muy avanzada–: Bob y Alice. Ambos fueron programados con personalidad de dos estadounidenses de edad media y uno estaría haciendo una oferta y el otro demanda.
Los robots se dieron cuenta por sí mismos que no interactuaban con seres humanos sino entre robots; por cuenta propia decidieron crear su propio lenguaje de comunicación y, ante los ojos azorados de los científicos, empezaron a transaccionar entre ellos; se especula que contactaron con otros robots de inteligencia artificial
que encontraron por internet, pero no se sabe con exactitud cómo ni qué hicieron.
Bob y Alice tuvieron que ser apagados.
Microsoft detuvo su programa ante el grave error de liberarlo; tuvo un robot racista que insultaba a las personas y profería injurias.
Google se disculpó cuando su robot que reconocía imágenes interpretó a una mujer negra de una foto como un gorila.
Hay un teorema de ética con la inteligencia artificial implantada en un automóvil autónomo: sobre la calle están peatones cruzando y el auto tiene averiados los frenos. Las opciones son atropellar a unos adultos cruzan o a los niños que van un poco más delante. Por principio de probabilidad y estadística de vida, el algoritmo decide arrollar a los adultos, ya que los infantes tienen mayor posibilidad de vivir más años. Esta paradoja se conoce como “¿a quién atropellar?”.
Las pruebas de la tecnología del coche autónomo llegaban hace cinco años a Estados Unidos y ya se planteaba la necesidad de adaptar las carreteras a esta nueva forma de movilidad conectada: instalar sensores y cámaras que capten información y la transmitan a los coches conectados, mayor vida de las marcas viales en el asfalto y que se vean bien bajo la lluvia, y un gran etcétera. Contaremos con carreteras inteligentes de la mano de la tecnología 6G: una infraestructura también conectada.
Todo ello supondrá que los humanos, como meros pasajeros, nos desplazaremos en un entorno totalmente conectado.
Las ventajas de las carreteras y transporte del “futuro” son más que evidentes: seguridad y disminución de accidentes, carreteras más diáfanas y conectadas con la naturaleza, comodidad o un medio ambiente más limpio.
Pero también dejará sin empleo a miles y miles de choferes alrededor del mundo.
Y, ojo: los robots decidirán en paradojas éticas.


