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De honras

Crónica Puebla por Crónica Puebla
21 diciembre, 2021
en Opinión
De honras
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Por: Adolfo Flores Fragoso/ [email protected]

Antonio de Guevara, en su “Relox de Prín­cipes” (1529), escri­be sobre las rencillas que pueden surgir durante o al final de una comida entre dos o más grupos familiares reunidos en la misma mesa.

Esto puede recordarnos el fin de algunas cenas familiares na­videñas que hemos atestiguado, o de las que “me han contado”, en las que se acusa como causal al consumo de bebidas de espí­ritu potencializado durante su destilación.

Para el navarro De Guevara, hay más fondo en tales líos.

Asegura que la honra es la principal defensa y arma de hombres y mujeres.

Quien deshonra a nuestros padre o madre merece ser se­ñalado y provocado delante del resto de las familias.

Lo mismo sucede cuando ofenden a la esposa, al hijo o al demandante de limpieza de honra.

Y es que la honra, como pue­de interpretarse en algunos pa­sajes bíblicos, obliga a obede­cer, respetar, admirar, obedecer y hasta glorificar, alabar, tanto a Dios como a la madre y al pa­dre. En consecuencia, a toda su descendencia.

Mandatos que son interpre­tados e impuestos como nor­mas morales de “respeto abso­luto”, pero sin influjo de vino ni licores.

La duda surge: ¿qué miembro de la familia debe de obedecer y glorificar a cuál otro miembro de la familia?

Si bien esta manera de cons­truir eso que llamamos honra a partir del medioevo es un pro­ducto transmitido por ciertos grupos sociales, de generación a generación, por los siglos de los siglos, hasta el actual.

Pero Antonio de Guevara in­sinúa que la honra (sociológi­camente hablando, como más adelante podrá ser leído) debe de reducirse al respeto y obedien­cia que debe tener la esposa a su esposo, la mujer al hombre, lo que en lo cotidiano lleva a seña­lar de toda ausencia de honra y de todos los males familiares y socia­les al género femenino.

Cito, respetando un texto origi­nal de De Guevara, a manera de ejemplo de este condicionamiento al buen y mal comportamiento de las mujeres:

“Es tan mirada, es tan delicada la honra de las mugeres, que si no les damos licencia para que salgan de sus casas a visitar, menos se la daremos para que sean visitadas; porque visitarse las señoras unas a otras aun parece piedad, pero vi­sitar los hombres a las mugeres es gran desonestidad. En presencia de sus maridos o de sus parientes pro­pincuos pueden las mugeres ser co­municadas y visitadas, y esto se en­tiende de personas aprovadas y ho­nestas; pero diría yo que, no estan­do el marido en casa, sería sacrile­gio que algún varón osasse passar el umbral de la puerta… Muy estra­ño ha de ser a la muger cuerda pen­sar que puede tomar plazer fuera de su casa; porque en su casa tiene a su marido con quien hablar, tiene a sus hijos a quien enseñar, tiene a sus hijas que doctrinar, tiene a su familia con quien conversar, tiene a su hazienda que governar, tiene a su casa que guardar, tiene a sus parientes con quien cumplir. Pues si dentro de su casa tienen tantos passatiempos, ¿para qué admiten visitaciones de hombres estraños? De tener las mugeres casadas par­ticulares amicicias, y folgar de visi­tar y ser visitadas, suele dello suce­der en que Dios sea ofendido, el ma­rido injuriado, el pueblo escanda­lizado y aun la muger casada saca dello poco provecho y la que es por casar saca no buen casamiento..”

Hay pues, un rol determinado por una “moral”, un mucho sexis­ta, para encasillar el logro de una honra a partir de la obediencia y el “qué dirán”, a partir de un dictado.

Esposos dictadores de honras que terminan echando a perder cenas, comidas y lealtades fami­liares cada año. Y en las semanas subsecuentes.

¡Alborozadas navidades pa­ra ti, anónimo elector de CrónicaPuebla!

Etiquetas: Antonio de Guevara

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