Por: Adolfo Flores Fragoso/ [email protected]
Antonio de Guevara, en su “Relox de Príncipes” (1529), escribe sobre las rencillas que pueden surgir durante o al final de una comida entre dos o más grupos familiares reunidos en la misma mesa.
Esto puede recordarnos el fin de algunas cenas familiares navideñas que hemos atestiguado, o de las que “me han contado”, en las que se acusa como causal al consumo de bebidas de espíritu potencializado durante su destilación.
Para el navarro De Guevara, hay más fondo en tales líos.
Asegura que la honra es la principal defensa y arma de hombres y mujeres.
Quien deshonra a nuestros padre o madre merece ser señalado y provocado delante del resto de las familias.
Lo mismo sucede cuando ofenden a la esposa, al hijo o al demandante de limpieza de honra.
Y es que la honra, como puede interpretarse en algunos pasajes bíblicos, obliga a obedecer, respetar, admirar, obedecer y hasta glorificar, alabar, tanto a Dios como a la madre y al padre. En consecuencia, a toda su descendencia.
Mandatos que son interpretados e impuestos como normas morales de “respeto absoluto”, pero sin influjo de vino ni licores.
La duda surge: ¿qué miembro de la familia debe de obedecer y glorificar a cuál otro miembro de la familia?
Si bien esta manera de construir eso que llamamos honra a partir del medioevo es un producto transmitido por ciertos grupos sociales, de generación a generación, por los siglos de los siglos, hasta el actual.
Pero Antonio de Guevara insinúa que la honra (sociológicamente hablando, como más adelante podrá ser leído) debe de reducirse al respeto y obediencia que debe tener la esposa a su esposo, la mujer al hombre, lo que en lo cotidiano lleva a señalar de toda ausencia de honra y de todos los males familiares y sociales al género femenino.
Cito, respetando un texto original de De Guevara, a manera de ejemplo de este condicionamiento al buen y mal comportamiento de las mujeres:
“Es tan mirada, es tan delicada la honra de las mugeres, que si no les damos licencia para que salgan de sus casas a visitar, menos se la daremos para que sean visitadas; porque visitarse las señoras unas a otras aun parece piedad, pero visitar los hombres a las mugeres es gran desonestidad. En presencia de sus maridos o de sus parientes propincuos pueden las mugeres ser comunicadas y visitadas, y esto se entiende de personas aprovadas y honestas; pero diría yo que, no estando el marido en casa, sería sacrilegio que algún varón osasse passar el umbral de la puerta… Muy estraño ha de ser a la muger cuerda pensar que puede tomar plazer fuera de su casa; porque en su casa tiene a su marido con quien hablar, tiene a sus hijos a quien enseñar, tiene a sus hijas que doctrinar, tiene a su familia con quien conversar, tiene a su hazienda que governar, tiene a su casa que guardar, tiene a sus parientes con quien cumplir. Pues si dentro de su casa tienen tantos passatiempos, ¿para qué admiten visitaciones de hombres estraños? De tener las mugeres casadas particulares amicicias, y folgar de visitar y ser visitadas, suele dello suceder en que Dios sea ofendido, el marido injuriado, el pueblo escandalizado y aun la muger casada saca dello poco provecho y la que es por casar saca no buen casamiento..”
Hay pues, un rol determinado por una “moral”, un mucho sexista, para encasillar el logro de una honra a partir de la obediencia y el “qué dirán”, a partir de un dictado.
Esposos dictadores de honras que terminan echando a perder cenas, comidas y lealtades familiares cada año. Y en las semanas subsecuentes.
¡Alborozadas navidades para ti, anónimo elector de CrónicaPuebla!


