Por: Jorge Alberto Calles Santillana
De nueva cuenta, el presidente López Obrador solicita disculpas por hechos ocurridos siglos atrás. Ahora, la exigencia va dirigida al Vaticano. La iglesia católica, asegura con plena convicción, debe pedir a México perdón por las atrocidades cometidas por el ejército del reino de Castilla a su llegada a tierras americanas. Por supuesto, el sentimiento de pueblo colonizado ha sido removido de nueva cuenta y la demanda ha tenido buena aceptación entre una buena parte de la población. Por inmediata reacción, quienes al presidente se oponen han descalificado la petición. El alud de memes alusivos a la exigencia corrobora que pocas veces habíamos vivido un escenario político tan crispado y tan polarizado. Hoy, cualquier acto de gobierno o propuesta presidencial recibe de inmediato aplausos desmedidos o condenas incendiarias.
La decisión presidencial tiene necesariamente que ser entendida en el contexto actual, un contexto que no podría ser más problemático. Los efectos de la pandemia, en su encuentro con los efectos de las políticas públicas de esta administración, han suscitado una situación crítica de la que difícilmente podremos salir siquiera en un mediano plazo.
En este escenario, el presidente busca sentar las bases sobre las cuales se establezca la competencia electoral del año venidero. Esas bases son, para él, discursivas, en parte porque difícilmente podrá recurrir a logros que sustenten a los candidatos morenistas, pero, también y sobre todo, porque su ejercicio gubernamental ha sido básicamente discursivo.
Para el presidente es necesario que la presencia de sus partidarios se amplíe tanto en el poder legislativo como en las gubernaturas y municipalidades del país. De conseguirlo, podrá sostener su proyecto político con sustento, por lo menos el resto de su sexenio. Pero también podrá aventurarse a extender su presencia en la presidencia.
López Obrador sabe que no obtendrá las respuestas que exige. Pero eso no le preocupa porque la verdadera intención es trazar las coordenadas del debate público de la etapa electoral. Que el próximo año se cumplan doscientos años de la consumación de la Independencia le viene como anillo al dedo a un presidente que ha vendido bien la idea de que es un personaje viviente de una historia mexicana continua cuya mejor versión él encuentra plasmada en los libros de texto gratuitos. Así pues, el debate deberá tener tintes históricos.
Esto resultará altamente benéfico para él y los candidatos de su partido por tres razones:
- La competencia se establecerá no entre defensores de diferentes proyectos políticos sino entre enemigos. Para el presidente el país está dividido entre liberales y conservadores, entre defensores y explotadores del pueblo.
Estas diferencias tienen, para él, una larga historia. El pueblo bueno es el que ha estado sometido y explotado desde los tiempos de la Conquista. Así, en medio de la parafernalia celebratoria de la consumación de la Independencia, el espíritu nacionalista será exacerbado; las campañas de los candidatos de Morena girarán en torno a la defensa del pueblo históricamente oprimido. O se vota por México y su defensa, o se privilegia a los explotadores que ningún respeto sienten por su patria.
- El tiempo en discusión será el pasado, no el futuro. Nada mejor para un partido que lo único que ha conseguido en el poder es hacer creer que la situación que vivimos es producto de un rompimiento con esa línea histórica que es la esencia de la mexicanidad. Rompimiento producido por la intromisión de un neoliberalismo que no sólo nos desvió sino que nos corrompió. El debate, pues, estará orientado a convencernos que la recuperación de nuestro mejor pasado es lo que requerimos para ser mejores. El futuro se construye recuperando el pasado.
- Los argumentos se establecerán sobre la simplicidad y rehuirán a la complejidad. Habrá que escoger entre las fuerzas honestas que han decidido poner un alto a la corrupción o aquellas que sólo buscan seguir saqueando al país. Sustentar el discurso electoral sobre la historia y su defensa facilita las cosas: con categorías simples la elección de los representantes del bien se torna sencillo. Se evita, así, reconocer que la realidad es mucho más compleja que aquella que dibujan las imágenes de un discurso simple, sin contacto con los problemas reales.
Así pues, con un marco de referencia construido alrededor de la recuperación de nuestra historia, enfatizando el pasado y su defensa a través de propuestas simples y maniqueas, los candidatos oficiales buscarán ganar para fortalecer a su presidente. La discusión del futuro, del futuro sobre el que es urgente pensar y definir estrategias para alcanzarlo, quedará postergada, ignorada.
Total, si las cosas continúan sin mejorar, podremos seguir exigiendo al mundo disculpas y compadeciéndonos porque fuerzas enemigas, externas e internas, han descarrillado esa hermosa máquina de la mexicanidad que, a pesar de todo, no pierde su verdadera esencia y su espíritu, especialmente porque ahora gobierna un hombre que la conoce perfectamente y está dispuesto a defenderla sin importar que haya qué hacer.


