Notas para una defensa de emergencia
Silvino Vergara Nava
La lucha ideológica a nivel mundial que requería audacia,
coraje, imaginación e idealismo, se verá reemplazada
por el cálculo económico, la interminable resolución
de los problemas técnicos, la preocupación por el medio ambiente
y la satisfacción de las sofisticadas demandas consumistas
Francis Fukuyama
Este 2024 cumple 35 años la caída del muro de Berlín. El 9 de noviembre de 1989 es de las fechas más emblemáticas de los últimos tiempos en la historia en el mundo occidental.Gracias a este hecho –entre otras cosas– es que al XX se le denominó “el siglo corto”, ya que para los historiadores, inició con la Primera Guerra Mundial y terminó, desde luego simbólicamente, con la caída del muro.
Estos sucesos hicieron cambiar a la humanidad. Sin embargo, habría que preguntarse: ¿para dónde nos llevaron esos cambios?
El libro significativo El fin de la historia y el último hombre, que ha sido muy criticado, del escritor y politólogo norteamericano Francis Fukuyama, indica que la reunificación de la capital alemana, la disolución de la URSS y la extinción de las formas de gobierno en Europa Oriental, no hay más pensamiento ni horizonte de la humanidad que los sistemas de derecha.
Esto es, del capitalismo. Pero no del capitalismo clásico, que se fue forjando después de la colonización del continente americano, sino de un capitalismo salvaje, denominado capitalismo de la vigilancia, capitalismo financiero, última fase del capitalismo.
El libro de Fukuyama, dicho sea de paso, se editó por primera ocasión en el verano de 1989, es decir, previo a la caída del muro de Berlín, a la disolución de la URSS (26 de diciembre de 1991), la Guerra del Golfo (1990-1991), las Guerras Yugoslavas (1991-2002), el genocidio de Ruanda (1994), la crisis financiera del sureste asiático (1997), los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, la Guerra de Irak (2003) y la Primavera Árabe (2010-2011).
Dice el autor: “Al final de la historia, no es necesario que todos los países se conviertan en sociedades liberales exitosas, basta simplemente con que pongan punto final a sus pretensiones ideológicas de representar formas diferentes y más elevadas de la sociedad humana”.
¿Qué sucede actualmente con las políticas públicas de las naciones?
Se nos ha instruido que las políticas públicas de derecha son las que protegen derechos de libertad y que las políticas públicas de izquierda protegen derechos de igualdad, es decir, los denominados derechos sociales.
Pareciera que, con lo que está sucediendo en el mundo occidental, únicamente hay políticas públicas de una segunda fase del capitalismo.
La sociedad, los ciudadanos de a pie, gracias a la tecnología de la información se nos ha calificado de sospechosos de cualquier crimen o por lo menos infractores.
Por ello vivimos sumamente vigilados: pudiera ser que, quien no robe, lave dinero, quien no secuestre, pudiera ser homicida o narcotraficante.
Este sistema no protege ningún derecho de libertad de los ciudadanos, estamos sumamente vigilados, asfixiados, gracias a la tecnología, la denominada: “inteligencia artificial”.
En resumen, no hay derechos de libertad que las naciones protejan.
Pareciera que se han incrementado en los países del mundo occidental los derechos sociales.
Pero estas concesiones a la población se multiplicaron una vez que terminó la Segunda Guerra Mundial.
Era obvio que se implementarán, ya que las poblaciones destruidas, sin familias, sin posibilidades de subsistencia, la ausencia de derechos sociales provocaría una guerra civil.
Así, la mejor época de esos derechos fue la década de los 50 y mediados de los 60 del siglo pasado.
En las naciones latinoamericanas apenas se han ido implementando esos derechos sociales. Pero, habría que preguntarse: ¿efectivamente son derechos de igualdad, derechos sociales?, ¿se trata de derechos otorgados a la población?
Muchos de los autores y pensadores de la actualidad –Bauman, Hararari, Chomsky, Pigem, Zuboff, Ferrajoli, o bien, Mujica, Dussel y Galeano en América Latina– sostienen que esos derechos no van dirigidos a los ciudadanos.
Por el contrario, se brindan para beneficiar a lo que procreó y degeneró el capitalismo, que son las grandes corporaciones, los grandes monopolios, oligopolios.
Los países siempre se pelean entre ellos para que se instalen las empresas en sus territorios, y la lucha es sobre quién da más facilidades a esas empresas.
Las empresas medianas y micro, que son nacionales, ni a quien les interesen.
Con la revolución de la tecnología de la información, se requiere de más consumidores que trabajadores, es decir, se necesita que los productos de las grandes empresas se consuman.
Por ello, los Estados ya no se preocupan por fomentar el empleo, sino que promueven el consumo, con una gran cantidad de pensiones para crear consumidores que acudan a las grandes corporaciones a comprar lo que estas producen.
Pareciera que, después de 35 años, vivimos el fin de la historia que se inició con la caída del muro de Berlín.


