Dr. José Manuel Nieto Jalil
Alo largo de la historia de nuestro planeta, la vida ha enfrentado numerosos eventos catastróficos que han moldeado su evolución. Uno significativo ocurrió hace aproximadamente 65 millones de años, cuando un gigantesco asteroide impactó la Tierra.
Esta catástrofe cósmica, conocida por provocar la extinción de los dinosaurios, marcó un punto de inflexión en la historia geológica y biológica del planeta.
El inicio de la primera Revolución Industrial a mediados del siglo XVIII en Gran Bretaña y las subsecuentes revoluciones industriales han transformado profundamente la relación entre el ser humano y la naturaleza.
Este periodo marcó el comienzo de una era de uso intensivo de combustibles fósiles, como el carbón y el petróleo, que impulsaron el crecimiento económico, pero también dieron lugar a un aumento significativo en las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero.
Aunque a principios de la década de 2010 las emisiones globales de dióxico de carbono parecían estabilizarse, en 2017 y 2018 volvieron a aumentar, evidenciando la dificultad de mantener una trayectoria sostenible.
Esta tendencia se ha mantenido en los años siguientes. Según el Global Carbon Project, las emisiones continuaron aumentando en 2019, alcanzando un nuevo récord. Aunque la pandemia de COVID-19 en 2020 resultó en una disminución temporal de ellas, debido a las restricciones y la reducción de actividades económicas, éstas se recuperaron rápidamente en 2021 y 2022.
En 2023, las emisiones globales de este químico alcanzaron niveles cercanos a los observados antes de la pandemia, lo que subraya la urgencia de implementar acciones decisivas y coordinadas a nivel global.
El informe del IPCC de 2023 enfatiza que, para evitar los peores efectos del cambio climático, es crucial que los países del mundo trabajen conjuntamente para reducir las emisiones netas a cero mucho antes de finales de este siglo.
Esto implica no sólo reducirlas,sino también aumentar significativamente los esfuerzos de captura y almacenamiento de carbono, y promover el uso de energías renovables.
Para mantener el aumento de la temperatura global por debajo de 1.5 grados Celsius, como se establece en el Acuerdo de París, es necesario que las emisiones globales de gases de efecto invernadero disminuyan en un 45% para 2030 en comparación con los niveles de 2010, y alcanzar emisiones netas cero para 2050.
Sin acciones inmediatas y ambiciosas, las proyecciones indican que las temperaturas globales podrían aumentar entre 2.7 y 3.1 grados Celsius para finales de siglo, lo que tendría consecuencias catastróficas para el clima global, los ecosistemas y las comunidades humanas.
El planeta corre el riesgo de sobrecalentarse debido al exceso de gases de efecto invernadero en la atmósfera, principalmente dióxido de carbono, metano y óxidos de nitrógeno.
Estos gases atrapan el calor en la atmósfera, lo que provoca un aumento de las temperaturas globales, un fenómeno conocido como calentamiento global.
Este calentamiento global amenaza las condiciones que han permitido la vida tal como la conocemos.
A medida que las temperaturas aumentan, se producen cambios drásticos en los patrones climáticos, que incluyen eventos meteorológicos extremos, como huracanes más intensos, sequías prolongadas, inundaciones y olas de calor.
Para mitigar estos efectos, es crucial que los países adopten políticas de reducción de emisiones y promuevan el uso de energías renovables, mejoren la eficiencia energética y desarrollen tecnologías de captura y almacenamiento de carbono.
Además, se requiere una adaptación a los cambios ya inevitables, mediante la construcción de infraestructuras resilientes y la protección de los ecosistemas vulnerables.
Observaciones realizadas en todos los continentes y en la mayoría de los océanos evidencian que numerosos sistemas naturales están siendo afectados por cambios climáticos regionales, particularmente por el aumento de la temperatura.
La variación de las concentraciones de gases de efecto invernadero y aerosoles en la atmósfera, así como las modificaciones en la cubierta terrestre y la radiación solar, alteran el equilibrio energético del sistema climático.
Estas observaciones son respaldadas por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), que ha documentado aumentos significativos en las temperaturas globales desde finales del siglo XIX, con los últimos años registrando algunos de los años más cálidos en la historia moderna.
El cambio climático constituye actualmente el principal desafío ambiental en la Tierra, representando una de las mayores amenazas al desarrollo y bienestar humano debido al riesgo de que se produzcan eventos extremos como inundaciones, sequías, huracanes, derretimiento de glaciares, elevación del nivel del mar, pérdida de biodiversidad y deterioro de los recursos naturales proporcionados por los ecosistemas.
La deforestación masiva, el calentamiento global, el agotamiento de fuentes de energía naturales y la creciente escasez de agua a nivel mundial son solo algunos de los problemas que han provocado un desequilibrio que afecta inexorablemente al planeta Tierra en su atmósfera, clima y océanos.
Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la deforestación continúa a un ritmo alarmante, con aproximadamente 10 millones de hectáreas de bosques perdidos cada año entre 2017 y 2023.
Además, los aparatos eléctricos y electrónicos son cada vez más numerosos en nuestras vidas. Cuando estos aparatos se desechan, se convierten en residuos altamente contaminantes.
La mayoría contiene sustancias como bromo, plomo, cadmio, berilio, bario, fósforo o mercurio, que son muy perjudiciales para la salud y el medio ambiente, y la mayoría no se recicla adecuadamente.
Según el Global E-waste Monitor se espera que se generen 74.7 millones de toneladas métricas para 2030 de residuos electrónicos en todo el mundo.
Una de las consecuencias más importantes y menos divulgadas del cambio climático global y la contaminación ambiental es su impacto negativo en la salud humana.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 2 millones de niños menores de cinco años mueren cada año debido a la contaminación, la insalubridad del agua y la falta de higiene.
Además, se ha observado un aumento en el riesgo de padecer enfermedades respiratorias crónicas, como el cáncer de pulmón, así como enfermedades cardiovasculares, por sólo citar algunas.
La humanidad se encuentra en un momento crítico de su historia. Las decisiones que tomemos hoy determinarán el futuro de nuestro planeta y de las generaciones venideras.
Los desafíos que enfrentamos debido al cambio climático y la degradación ambiental no son insuperables, pero requieren un compromiso firme y acciones concertadas a nivel global.
La ciencia nos ha proporcionado las herramientas y el conocimiento necesarios para mitigar los efectos del cambio climático y construir un futuro sostenible.


