Rubén Salazar / Director de Etellekt
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¿Qué país será el que entregará el presidente Andrés Manuel López Obrador a la persona que lo sustituya en el cargo? ¿Uno mejor, igual o peor, al que le heredó Enrique Peña Nieto? Hay dos maneras de saberlo: una subjetiva y otra basada en los datos de su gestión. Me centraré por ahora en lo económico. Si nos atenemos a la segunda, difícilmente AMLO entregará mejores cuentas.
Y eso ya es mucho decir. El tiempo que le queda sentado en la silla del águila, a la que ha convertido literalmente en la hamaca presidencial, simplemente ya no le alcanza ni para devolver a México al estado en el que se encontraba antes de ser presidente. Difícilmente, en los poco más de dos años que le restan de mandato, hará lo que no pudo en los cuatro iniciales.
Por el contrario, atendiendo lo subjetivo, es decir, preguntándole a la gente vía encuestas, la percepción de la población dibuja una realidad contrastante. En la última medición hecha por El Financiero, en mayo de 2022, 38% de los mexicanos opinaban que el país estaba mejor con López Obrador, 37% pensaban que estaba igual y sólo 23% decía que se encontraba peor.
Casi uno de cada cuatro mexicanos creía en ese momento que AMLO había superado lo hecho por Peña Nieto, aun cuando la economía decreció 1.13% anual en la primera mitad del sexenio. Con un ingreso per cápita (ingreso por habitante), que no pintaba mejor, al mostrar una caída promedio anual de 2.23% en dicho periodo (Banco Mundial, 2022).
En comparación, casi a las mismas alturas del sexenio de Peña Nieto, en julio de 2016, una encuesta de El Universal-Buendía & Laredo mostraba que 58% de los mexicanos reconocían que el país estaba “algo peor o mucho peor” en manos del mexiquense (más del doble de los que piensan ahora lo mismo de AMLO).
A pesar de que en su primer trienio, la economía creció a una tasa promedio anual de 2.56%, números no vistos desde el gobierno de Ernesto Zedillo. Lo que estuvo lejos de ser su legado, la ciudadanía lo recuerda más por ser el responsable del atraso económico del presente, al que acusan de saquear las finanzas públicas para su “enriquecimiento” personal y el de su pandilla.
Una de las razones por las que la falta de crecimiento económico no es algo que le quite el sueño a López Obrador. Los datos duros que más le importan (e igual a los que le precedieron), están más ligados con la percepción que con las variables económicas, por su trascendencia política.
En buena medida porque es el único instrumento confiable que le permite evaluar dos aspectos centrales de su estilo de gobierno: la eficacia de sus programas clientelares y de su política de comunicación, a la hora de informar avances o simular que ayuda a los más pobres (lo mismo al endosarle sus fracasos a otros). Aún si éstos resultan un mero espejismo.
Para AMLO es la única forma de averiguar si mayoritariamente el pueblo mantiene una fe ciega, inquebrantable, casi religiosa, en su palabra. No tiene otro rasero a la vista que le permita saber si pudo transformar para bien la vida de las personas o no. Sólo así puede confirmar si éstas se encuentran más o menos felices en comparación con los gobiernos neoliberales del pasado.
Y no lo hay, porque quien define los indicadores del progreso es el propio López Obrador y no el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, la banca o cualquier otro organismo multinacional que defienda los postulados del capitalismo global y el libre mercado, fustigados por el presidente.
A duras penas, si en la segunda parte de la gestión de AMLO (2022-2024), la economía crece a tasa de 2% por año, estaría apenas recuperando el valor que tenía en 2018, último año de la presidencia de Peña Nieto. Podríamos hablar de seis años perdidos o de estancamiento económico, claro está, si nos remitimos a los parámetros del Consenso de Washington.
Porque si lo hacemos dentro de los estándares que definen el desarrollo y el bienestar de los pueblos, repensados por López Obrador, y no por el Consenso de Washington, al que repudia por impulsar un sistema económico global que privatiza los bienes nacionales en beneficio de las élites, nos toparíamos la frente una y otra vez contra la pared, cayendo una y otra vez en su juego.
Y salvo que tengamos piedra en lugar de cráneo en la cabeza, como el mandatario, es necesario comprender la racionalidad de su fobia al modelo económico neoliberal. Según dijo López Obrador a principios de agosto, gracias a su política económica “hay mejor distribución de la riqueza, del ingreso y, aunque sea poco, el crecimiento llega a todos y eso hace la diferencia”.
Su retórica podría sonar a un simple pretexto por la lenta recuperación de la economía tras la pandemia, al no brindarle estímulos a las empresas durante el confinamiento. O una prueba más de su impericia para solventar la crisis y evitar que esta se prolongara. Pero estas ideas predominaban en su heterodoxo pensamiento desde antes de la pandemia.
Cuestionado por el nulo repunte de la economía en 2019, el presidente manifestó: “Están cambiando los parámetros para medir si tenemos bienestar en México, en nuestra sociedad (…) puede ser que no se tenga crecimiento, pero hay desarrollo y hay bienestar, que son distintos. Acuérdense que estos parámetros los (…) volvieron como la base, como el fundamento para medir el desarrollo durante el periodo neoliberal”.
El presidente dice emprender un movimiento llamado la cuarta transformación, en el que plantea un cambio de régimen que se divorcie, al menos en apariencia, del modelo económico neoliberal, que, discursivamente, siempre le ha cargado todo el peso de los rescates económicos –producto de la corrupción– a los más pobres. Lo anterior implica para el presidente cambiar el método con el que se mide la prosperidad, pues lo fundamental no es el proyecto de transformación sino modificar las bases desde las cuales se construirá, y ello supone no sólo cambiar las metodologías para medir su éxito, sino también los modos de comunicarlo.
Algo en lo que AMLO le lleva un largo camino de ventaja a la oposición. Es la comunicación y no la economía, estúpidos.


