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Es la comunicación y no la economía, estúpidos

Crónica Puebla por Crónica Puebla
20 agosto, 2022
en Opinión
Es la comunicación y no la economía, estúpidos

Cuartoscuro

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Rubén Salazar / Director de Etellekt

www.etellekt.com [email protected] @etellekt_

¿Qué país será el que entregará el pre­sidente Andrés Manuel López Obra­dor a la persona que lo sustituya en el cargo? ¿Uno mejor, igual o peor, al que le heredó Enrique Peña Nieto? Hay dos maneras de saberlo: una subjetiva y otra basada en los datos de su gestión. Me centraré por ahora en lo económico. Si nos atenemos a la segunda, difícilmente AMLO entregará mejores cuentas.

Y eso ya es mucho decir. El tiempo que le queda sentado en la silla del águila, a la que ha convertido literalmente en la ha­maca presidencial, simplemente ya no le alcanza ni para devolver a México al es­tado en el que se encontraba antes de ser presidente. Difícilmente, en los poco más de dos años que le restan de mandato, ha­rá lo que no pudo en los cuatro iniciales.

Por el contrario, atendiendo lo subjeti­vo, es decir, preguntándole a la gente vía encuestas, la percepción de la población dibuja una realidad contrastante. En la última medición hecha por El Financie­ro, en mayo de 2022, 38% de los mexica­nos opinaban que el país estaba mejor con López Obrador, 37% pensaban que esta­ba igual y sólo 23% decía que se encon­traba peor.

Casi uno de cada cuatro mexicanos creía en ese momento que AMLO había superado lo hecho por Peña Nieto, aun cuando la economía decreció 1.13% anual en la primera mitad del sexenio. Con un in­greso per cápita (ingreso por habitante), que no pintaba mejor, al mostrar una caí­da promedio anual de 2.23% en dicho pe­riodo (Banco Mundial, 2022).

En comparación, casi a las mismas al­turas del sexenio de Peña Nieto, en ju­lio de 2016, una encuesta de El Univer­sal-Buendía & Laredo mostraba que 58% de los mexicanos reconocían que el país es­taba “algo peor o mucho peor” en manos del mexiquense (más del doble de los que piensan ahora lo mismo de AMLO).

A pesar de que en su primer trienio, la economía creció a una tasa promedio anual de 2.56%, números no vistos des­de el gobierno de Ernesto Zedillo. Lo que estuvo lejos de ser su legado, la ciudada­nía lo recuerda más por ser el responsa­ble del atraso económico del presente, al que acusan de saquear las finanzas públi­cas para su “enriquecimiento” personal y el de su pandilla.

Una de las razones por las que la falta de crecimiento económico no es algo que le quite el sueño a López Obrador. Los da­tos duros que más le importan (e igual a los que le precedieron), están más ligados con la percepción que con las variables económicas, por su trascendencia política.

En buena medida porque es el único instrumento confiable que le permite eva­luar dos aspectos centrales de su estilo de gobierno: la eficacia de sus programas clientelares y de su política de comunica­ción, a la hora de informar avances o si­mular que ayuda a los más pobres (lo mis­mo al endosarle sus fracasos a otros). Aún si éstos resultan un mero espejismo.

Para AMLO es la única forma de averi­guar si mayoritariamente el pueblo man­tiene una fe ciega, inquebrantable, casi re­ligiosa, en su palabra. No tiene otro rase­ro a la vista que le permita saber si pudo transformar para bien la vida de las per­sonas o no. Sólo así puede confirmar si és­tas se encuentran más o menos felices en comparación con los gobiernos neolibera­les del pasado.

Y no lo hay, porque quien define los in­dicadores del progreso es el propio López Obrador y no el Fondo Monetario Interna­cional, el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Econó­mico, la banca o cualquier otro organismo multinacional que defienda los postulados del capitalismo global y el libre mercado, fustigados por el presidente.

A duras penas, si en la segunda parte de la gestión de AMLO (2022-2024), la eco­nomía crece a tasa de 2% por año, estaría apenas recuperando el valor que tenía en 2018, último año de la presidencia de Pe­ña Nieto. Podríamos hablar de seis años perdidos o de estancamiento económico, claro está, si nos remitimos a los paráme­tros del Consenso de Washington.

Porque si lo hacemos dentro de los es­tándares que definen el desarrollo y el bienestar de los pueblos, repensados por López Obrador, y no por el Consenso de Washington, al que repudia por impulsar un sistema económico global que privati­za los bienes nacionales en beneficio de las élites, nos toparíamos la frente una y otra vez contra la pared, cayendo una y otra vez en su juego.

Y salvo que tengamos piedra en lugar de cráneo en la cabeza, como el mandatario, es necesario comprender la racionalidad de su fobia al modelo económico neolibe­ral. Según dijo López Obrador a principios de agosto, gracias a su política económica “hay mejor distribución de la riqueza, del ingreso y, aunque sea poco, el crecimien­to llega a todos y eso hace la diferencia”.

Su retórica podría sonar a un simple pretexto por la lenta recuperación de la economía tras la pandemia, al no brindar­le estímulos a las empresas durante el con­finamiento. O una prueba más de su impe­ricia para solventar la crisis y evitar que es­ta se prolongara. Pero estas ideas predomi­naban en su heterodoxo pensamiento des­de antes de la pandemia.

Cuestionado por el nulo repunte de la economía en 2019, el presidente manifes­tó: “Están cambiando los parámetros pa­ra medir si tenemos bienestar en México, en nuestra sociedad (…) puede ser que no se tenga crecimiento, pero hay desarrollo y hay bienestar, que son distintos. Acuér­dense que estos parámetros los (…) vol­vieron como la base, como el fundamento para medir el desarrollo durante el perio­do neoliberal”.

El presidente dice emprender un mo­vimiento llamado la cuarta transforma­ción, en el que plantea un cambio de régi­men que se divorcie, al menos en aparien­cia, del modelo económico neoliberal, que, discursivamente, siempre le ha cargado todo el peso de los rescates económicos –producto de la corrupción– a los más po­bres. Lo anterior implica para el presiden­te cambiar el método con el que se mide la prosperidad, pues lo fundamental no es el proyecto de transformación sino modifi­car las bases desde las cuales se construi­rá, y ello supone no sólo cambiar las me­todologías para medir su éxito, sino tam­bién los modos de comunicarlo.

Algo en lo que AMLO le lleva un largo camino de ventaja a la oposición. Es la co­municación y no la economía, estúpidos.

Etiquetas: AMLOeconomiaMéxico

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