Adolfo Flores Fragoso / [email protected]
Un derrame de agua sulfuroso, proveniente del “ojo” del templo de San Pablo de los Frailes, bajaba sobre la actual 11 Norte.
Durante casi dos siglos (del XVI al XVII), fue una maloliente pesadilla para los poblanos que habitaron la ciudad extramuros de aquel tiempo.
En el cruce con “la última cuadra de la calle de Cholula” (hoy avenida Reforma), tuvieron a bien construir un puente de piedra que los nativos conocimos dos siglos después como la esquina del reloj del Gallo (“el galo”, para los entendedores).
Su previo nombre en 1706 –la Reforma– fue ”Calle que va de la Plaza Pública a la iglesia nueva que se está fabricando para Nuestra Señora de Guadalupe”.
El plano de José Mariano de Medina (1754) no miente, pues ahí está dibujado el templo.
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El padre José Merino Benítez es rector del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe desde el 29 de abril de 2001.
En reciente charla rememora otra fecha: “No olvides también que el 12 de diciembre de 1722 fue consagrado el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en Puebla”.
En la víspera, las matemáticas precisan que han pasado casi 300 años desde aquel día.
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De ser “la Pontezuela de Cholula”, a partir de 1780 ya es citado como “el Puente de Nuestra Señora de Guadalupe” ese paso que cruzaba la actual 11 Norte-Sur para llegar al Mesón, al Colegio y al Santuario católico.
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—Más allá de lo “patrio”, ¿a septiembre podemos considerarlo un mes guadalupano también? —Pregunto al padre Pepe Merino.
—Recuerda que la primera bandera de México fue el estandarte de la Virgen de Guadalupe, un estandarte que propició la unificación de las diferentes zonas de toda Nueva España.
No sólo de la Nueva Galicia, Nuevo León y demás.
Después, Agustín de Iturbide es quien suple el estandarte y crea la bandera de México, la del verde, blanco y colorado, en la que el verde es la esperanza, el blanco representa la fe, y el rojo es el amor: la esperanza, la fe y la caridad. Una bandera que representa a un país que nace por su fe en Dios y en sí mismo.
—¿Están vigentes estos valores?, —le cuestiono.
—Creo que muchos mexicanos los tenemos en el corazón. Quienes tergiversan la historia, de entrada, escriben que el blanco representa la nieve de los volcanes, el verde es el pasto de nuestras tierras y que el rojo es la sangre de los héroes. ¡Cálmense!
Cuando reduces la simbología real de la bandera, tergiversas su espíritu. Lo importante es tener fe en nosotros mismos, que es el mensaje del blanco de la bandera del México independiente. La patria y la fe son los fundamentos de nuestras vidas.
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El curso de aguas malolientes fue modificado en 1807 hacia la calle trasera del convento de San Javier, sobre la actual 15 Norte-Sur.
Un tal señor Espíndola fue el patrocinador de este desvío, por lo que le fue otorgado el terreno occidental adjunto al santuario, donde instaló su vivienda y una tienda.
Ahí, donde más de un siglo después hubo una gasolinera, por cierto.
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La Basílica de Guadalupe de Puebla trasciende en la historia debido a que fue el primer santuario erigido posteriormente a la Catedral.
Por eso, fue reconocida siempre como “la villita”, la villa “en chiquito” para todo el sureste de nuestro país, pues desde su consagración ha recibido peregrinaciones de Chiapas, Quintana Roo, Tabasco y Guerrero.
Por las dificultades para entrar a la Ciudad de México en diciembre, prefieren llegar sólo a Puebla desde hace muchas décadas.
“Aquí les encendemos sus antorchas y retornan a sus lugares de origen”, comenta el Padre Merino. “La villita poblana es un foco de conciencia y fraternidad. Pero, ¿qué es la fraternidad? Es la unidad fraterna de todos los mexicanos en torno a una madre, para vivir en paz”, remata.
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¿Qué aporta “la villita poblana” a la comunidad? —, fue mi duda.
—Una socio-espiritualidad necesaria. Entendamos: si la comunidad, en lugar del egoísmo reinante, compartiera amor, responsabilidad y fraternidad, viviríamos diferente y mejor. Es lo que difundimos desde este santuario, tanto a través de obras materiales (otorgamiento de despensas) como, especialmente, en la formación de conciencias al servicio de los demás—, responde el sacerdote.
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Guadalupe tal vez sea espiritualmente generosa.
El padre Merino es generosamente espiritual.
Una Señora y un Pepe con mucho amor en sí, y para el prójimo.





