Iván Mercado / @ivanmercadonews / FB IvánMercado
No importa cuántas vallas metálicas coloquen, cuanta distancia o cuanta altura alcancen estas ofensivas estructuras, ya nada protegerá a la actual administración federal de la fuerza y el juicio de la historia, una que los ubicará como el gobierno menos empático y más indiferente ante el dolor de una población como nunca antes agraviada por el simple hecho de ser mujeres.
La vergonzosa historia que ya ubica a México como una de los países más inseguros e impunes en cuestión de agravios y muerte hacia su población femenina.
Los hechos lo consignarán, sin embargo estos no son recientes, los ataques hacia trabajadoras, amas de casa, estudiantes, profesionistas, niñas, jóvenes y mujeres adultas data de muchos años atrás, basta recordar el escándalo internacional que significó el oscuro capítulo de Las muertas de Juárez.
Los ataques se agudizaron al pasar de los años, las desapariciones se multiplicaron, los agravios han crecido de manera dramática y ni priístas ni panistas pudieron –o quisieron–, desde la Presidencia y desde los estados, marcar un alto a tales atrocidades y fijar una verdadera política de seguridad, protección y castigo para los impunes.
La actual administración se encuentra empantanada en la misma realidad aplastante, solo que en este gobierno se ha decidido ir mas allá, minimizando y tratando de deslegitimar el incuestionable reclamo de las mexicanas, al tacharlas de masas iracundas, manipuladas por los “conservadores” que buscan a toda costa desestabilizar al actual gobierno.
A estas alturas y bajo el actual nivel de polarización que vive México, nadie debe atreverse a cuestionar la posibilidad parcial de esa hipótesis eminentemente política, sin embargo, tampoco nadie, absolutamente nadie puede debe dudar del hartazgo que millones de mujeres experimentan en este México de machistas.
Por si no fuera suficiente, la vergonzosa curva ascendente que en materia de homicidios y feminicidios reporta nuestro país, la pandemia ha agudizado aún más el literal infierno que millones de mexicanas tienen que enfrentar a diario, sólo para ganar un día más en su permanente persecución y acoso.
Con base en cifras de la Organización de la Naciones Unidas (ONU), la nueva realidad impuesta por la COVID-19 ha derivado en incrementos de hasta 60% en reportes y registros de agresiones y violencia sistemática en contra de las mujeres al interior de los propios hogares mexicanos.
Sobre este drama, Juliette Bonnafé, integrante del equipo de ONU Mujeres en México, afirmó de manera reciente que esta tendencia raya en una situación alarmante, ya que la violencia de género sigue creciendo a pasos agigantados a lo largo y ancho del territorio nacional.
Tan grave es esta realidad que en la actualidad dos de cada tres mujeres reconocen haber vivido algún tipo de violencia desde los 15 años de edad, por lo que actualmente más de 19 millones de mujeres en México viven en franca desigualdad y en un permanente estado de indefensión.
Los datos son simplemente alarmantes y por ende, la indiferencia oficial, insostenible. De a cuerdo a cifras contabilizadas por asociaciones civiles y organismos independientes, en este México impune, casi 11 mujeres son asesinadas diariamente, siendo 2020 el peor año en materia de agravios y ataques mortales.
El inolvidable 2020 rompió todas las marcas oficiales y extraoficiales en contra de las mexicanas, tan solo las llamadas de auxilio al 911 reportaron un crecimiento desproporcionado al sumar más de un millón de reportes durante este ciclo, justo después del reporte del primer caso de COVID-19 registrado en febrero.
La titular de la Comisión para Prevenir y Erradicar la violencia contra las mujeres (Conavim), Fabiola Alanís, destacó a inicios de este 2021 que entre enero y noviembre del pasado ciclo, más de un tercio de las víctimas de delitos graves fueron precisamente mexicanas de todas las edades.
Por esto y más, que está sucediendo pero que no se ventila públicamente, no es admisible ni justificado declarar que es prioridad de la actual administración proteger edificios y monumentos históricos, dados los niveles de “infiltración” que registran las manifestaciones de mujeres cansadas de vivir en esta trampa que agudiza con la indolencia oficial.
El doble lenguaje de las autoridades simplemente no cabe y menos cuando se afirma que el literal amurallamiento de Palacio Nacional es para resguardar a las personas, a las mujeres policías y al Patrimonio Cultural de la Humanidad que tiene Ciudad de México.
Ante la enorme polémica que ha causada a nivel nacional la colocación de cientos vallas metálicas, el presidente Andrés Manuel López Obrador afirmó este fin de semana: “No es miedo. Todos los seres humanos tenemos miedo (…) Pero es distinto el miedo a la cobardía, es para que no hayan provocaciones”.
El Ejecutivo federal añadió que las mexicanas están en su derecho de protestar, pero hay mucha provocación: “Mucha gente que se infiltra y que lo que busca es causar daños… No queremos que haya heridos ni de las fuerzas de seguridad ni de las manifestantes…” y fue mas allá al invitar a las inconformes a manifestarse de manera pacífica, como lo hizo Mahatma Gandhi, Nelson Mandela o Martin Luther King.
Las explicaciones y las recomendaciones lo dicen todo. Lo cierto es que en el polarizado ambiente social de México, se puede respirar un ambiente de hartazgo, de ira, de impotencia y de violencia por la incapacidad de las autoridades y de las instituciones para cambiar la ruta trágica que significa ser mujer en este México permisivo e impune.
Es cierto, muchos sectores han externado su desacuerdo e inconformidad por las estrategias adoptadas en la actual administración para lograr una “cuarta transformación pacífica”, sin embargo, hasta ahora, nadie lo ha hecho como ellas y aunque la violencia expuesta no es justificable, ¿quién puede cuestionar las razones de su movimiento?
De cara al Día Internacional de la Mujer es absolutamente incuestionable que este gobierno es poseedor de una marca imborrable, esa que le han colocado las mujeres mexicanas, las mismas mujeres que son sostén de millones de hogares, las mismas mujeres que son mayoría en el total de la población y, por ende, en las listas nominales del padrón electoral.


