Jorge Alberto Calles Santillana
Tal vez no haya mejor momento que estas últimas semanas para entender el sentido de la gestión del presidente López Obrador. Por un lado, los hechos y los datos no dejan lugar a dudas: economía y política se encuentran en franca regresión; las facturas empezarán a cobrarse en el mediano plazo, si bien las primeras manifestaciones ya se han dejado sentir. Por otro, la consolidación y el éxito de la retórica son sólidos y anuncian larga vida al proyecto presidencial.
La ya muy crítica situación financiera que abruma y terminará por ahogar a Pemex ha sido expuesta con detalles por Proceso, recientemente. Contrariamente a como lo pensó y lo sigue pensando el presidente, la empresa difícilmente podrá convertirse en el motor fundamental del desarrollo nacional. Su realidad financiera es inviable y su propuesta energética es insostenible, en un contexto internacional que se orienta hacia las nuevas energías, menos agresivas con el medio ambiente.
Sin embargo, es pieza fundamental de una visión nacionalista, que si bien tiene puntos que no deberían desdeñarse, no es sostenible ni desde el punto de vista político, ni desde una perspectiva estrictamente técnica. Por un lado, la internacionalización es un hecho que no tiene vuelta atrás, salvo proyectos que tienden a ser más aislacionistas que verdaderamente nacionalistas. Por otro, a los proyectos de desarrollo hay que inyectarles el interés nacional con el lápiz y el papel a la mano, instrumentos que deben estar manejados por técnicos especialistas de cada área. La retórica debe emplearse como la cereza de los pasteles: para adornarlos.
Esta semana, la Auditoría Superior de la Federación ofreció evidencias de los excesos y corruptelas que muchos funcionarios del actual gobierno federal están cometiendo y que han sido ampliamente denunciados a lo largo de estos dos años y medio, pero contra los cuales sólo se ha respondido con la consabida defensa del “nosotros no somos corruptos”. La respuesta hacia la Auditoría ha sido feroz, a raíz de que el secretario de Hacienda, Arturo Herrera, ha sostenido que 75% de los datos del dictamen de la cancelación del aeropuerto de Texcoco son erróneos.
Si bien la misma Auditoría ha reconocido que hubo errores metodológicos, no ha reconocido que el error sea de esa magnitud. Pero aún si Herrera tuviera toda la razón, quedan dos preguntas: ¿Y el otro 25%? ¿Y los demás casos? Pero no habrá necesidad de enlodarse con la Auditoría: el éxito abrumador del proyecto energético del presidente, que convierte a la CFE en la empresa fundamental del desarrollo de la industria eléctrica del país, ha conducido a que la decisión no sea discutida desde sus consecuencias técnicas y financieras de mediano y largo plazo, sino como la recuperación de nuestros recursos y un golpe mortal a la corrupción neoliberal. Si bien el futuro de la empresa puede verse desde ya en Pemex, la retórica nacionalista celebratoria ha inundado las redes.
La popularidad del presidente se disparará de nueva cuenta, lo que no es un hecho simplemente estadístico: las elecciones están en puerta. Por si fuera poco, imitando procederes del más añejo priísmo autoritario, la Fiscalía General de la República ha solicitado el desafuero del gobernador de Tamaulipas, Francisco Javier García Cabeza de Vaca. Al parecer, Emilio Lozoya lo ha relacionado con el escándalo de Odebrecth. El político tamaulipeco ciertamente ha estado en medio de controversias en los últimos años, muchas de ellas, por supuestos nexos con el crimen organizado.
Pero también es una de las cabezas más visibles del bloque de gobernadores opositores del presidente y una de las cartas fuertes para alcanzar la candidatura presidencial del 24 por Acción Nacional. ¿Por qué en estos momentos? Sobre todo, como algunos analistas lo han planteado, el juicio difícilmente ocurrirá porque debe pasar por el congreso tamaulipeco, en el que el gobernador tiene mayoría clara. ¿Otro recurso para distraer? ¿O es un mensaje que reitera aquello de que se está con el presidente o en contra de él. ¿Es un anuncio de la resurrección de las prácticas del presidencialismo autoritario priísta?
De esa manera, los hechos y la retórica andan en direcciones opuestas. No obstante, la marcha estridente de la retórica es más sólida, ha ganado y probablemente continuará ganando. El problema es que esa retórica evita e impide el análisis juicioso, la reflexión profunda. Y con eso, consigue profundizar la polarización a la vez que pavimenta y adorna el camino de una contienda electoral que se pretende sea la gran victoria nacional.
Caminamos hacia el caos, pero lo hacemos con vítores, felices, seguros de que estamos haciendo historia. Habrá que ver cuál es el final de esa historia.


