Alejandro Montiel Bonilla
Hemos subestimado la capacidad que tiene la tradición oral en la enseñanza, despreciamos el poder que posee un canto de cuna que proviene de la voz más sabia de nuestras vidas, la de nuestras abuelas.
En la isla Simeulue, corría el año de 1904 cuando un tsunami o smong –como los habitantes de la isla solían llamarlo– de gran magnitud devastó a esa pequeña parte del mundo, dejando aproximadamente 230 mil muertos.
Cien años más tarde, otro terremoto azotó a la isla, sin embargo, en 2004 solamente fallecieron ocho personas.
¿Qué cambió? ¿Cómo un lugar tan vulnerable logró mantener a su población a salvo? La respuesta yace en la experiencia de las mujeres sobrevivientes del primer desastre, quienes inculcaron en sus descendientes relatos e historias con advertencias para el momento en el que el siguiente gran temblor arribara.
“Si llega un terremoto, corre; después del terremoto, toma el arroz, el agua, la ropa y mira el mar, si el agua retrocede, huye más lejos”.
“El mar desaparece, tú debes huir lejos, escóndete antes de que te alcance otra vez”.
Esto es lo que las abuelas solían contar antes de dormir a sus nietos, quienes las admiraban y confiaban en sus palabras.
Comparando esta isla alejada de nuestra cultura, podemos ver las fallas que existen en nuestra sociedad occidental debidas al rechazo de nuestras raíces aborígenes y la separación de las familias de sus pilares.
Algunos científicos consideran que un desastre natural puede ser el catalizador idóneo para la transformación de la conducta preventiva de las personas, aunque si hay algo en lo que se puede tener una absoluta certeza es que debemos modificar la manera en la que percibimos las enseñanzas de nuestros mayores y la apreciación que se le tiene a los mismos, debemos posicionarlos como líderes que poseen la voz de la razón.
La reforma de nuestra sociedad será asequible cuando nos quitemos la venda individualista que tenemos en los ojos.
Es una travesía complicada, puesto que los obstáculos que se nos presentan son vistos por primera vez, las generaciones más jóvenes podrán superar los obstáculos cuando comprendan que la solución está en tener una educación basada en lo que algunos consideran valores anticuados, como son: el respeto, la responsabilidad común y el cuidado de unos a otros.


