Notas para una defensa de emergencia
Silvino Vergara Nava / correo: [email protected] / web: parmenasradio.org
Una organización rigurosamente centralizada,
jerarquizada, tiende a ser pesada y quisquillosa
para su personal, rutinaria en su acción e inhumana
para los que solicitan sus servicios, a los que
manda de despacho en despacho y de
contestador en contestador.
Edgar Morín
La transformación requerida para el país a partir de la administración pública que ahora gobierna debió haber sido sustentada en tres ejes; esto para poder decir que, de verdad, era una transformación y no un cambio de manos, de mando o, bien, una especie de simple traspaso del poder.
Estos tres ejes son: la educación, el sistema tributario y el combate a la corrupción. Respecto al primero, es nula la transformación. Simplemente, el primer secretario de Educación Pública federal de este gobierno ya fue destituido y, a su vez, fue nombrada una nueva secretaria; movimientos que son muestra de la poca importancia dada a la educación y a la necesaria modificación en el sistema de educación de la nación. Es claro que se requiere un sistema educativo menos operativo y más reflexivo; hacer de los alumnos seres más pensantes y menos instrumentales. Pero también es claro que es una pretensión lejana para la educación mexicana; por lo menos en este sexenio es algo que no será alcanzado; menos se darán los primeros pasos para ese camino.
En lo que respecta al sistema tributario, es una catástrofe. En principio, siguen las bases del sistema neoliberal, “tan odiado” por esta administración pública, que lleva ya 25 años, y no hay mucho interés por modificar ese sistema donde el contribuyente es un potencial delincuente, evasor de impuestos y, en el mejor de los casos, un cliente del sistema mismo.
Ésta es la razón de la existencia del sistema de citas para acudir a las oficinas del gobierno; el cual no hizo absolutamente nada en la pandemia por los contribuyentes más que seguir multando, embargando, fiscalizando, cerrando empresas (un millón) durante este desbastador periodo, mientras nadie decía nada.
Además, estamos a unos meses de que la actual administración pública federal anuncie una inminente reforma fiscal, que simplemente será un galima tías más para las empresas y los contribuyentes de este país. Habrá que ver quién sobrevive a esa reforma, cuya vigencia iniciará en 2022. Por lo pronto, igual que el titular del ramo de la educación, el primer nombrado en la rama hacendaria ya no está.
Por su parte, lo que le dio tantos millones de votos al actual partido oficial fue la bandera del combate contra la corrupción. En los tiempos de las elecciones, la población ya estaba harta de eso, de ver cómo los funcionarios públicos, de la noche a la mañana, se enriquecían en sus cargos; cómo los pseudoempresarios se beneficiaban de concesiones, permisos, obras, licitaciones; todo lo cual llegó al grado de volverse grosero y hacía parecer que no se vivía en el Estado, sino del Estado.
Basta con recordar que el mayor acto de corrupción llevado a cabo fue por la pareja presidencial de la administración pública federal pasada; la cual tuvo que ponerse ante la prensa para inventar una justificación, cuyo final “telenovelesco” fue el de la impunidad con una reforma constitucional más: la del 27 de mayo de 2015.
Todos estos sucesos fueron los que abrieron el camino para que el ahora partido oficial ganara contundentemente las elecciones, pues sostuvo que combatiría la corrupción.
Ahora bien, tal promesa se ha convertido en el peor fracaso de esta administración pública federal. No se ha combatido ni siquiera la corrupción callejera, porque las leyes que regulan los permisos, las licencias, autorizaciones, concesiones siguen sustentadas en las mismas disposiciones legales y regulaciones que otorgan excesivas discrecionalidades a las autoridades. Por ello, la corrupción callejera, la de la ventanilla de servicios, de recepción de documentos, de expedición de algún permiso sigue igual, sin ningún cambio; por el contrario, gustosos los nuevos funcionarios de seguir esas prácticas. Por ende, el combate a la corrupción solamente quedó en el discurso.
El colofón de ese fracaso de acabar con la corrupción, o por lo menos de hacerle frente, es la salida de la secretaria encargada de esa función pública, cuyo papel fue decepcionante para todos los electores que en 2018, con gusto, acudieron a votar, pues tenían la firme esperanzan de que se acabara la corrupción o, por lo menos, se le diera batalla, lo cual no ha sucedido.
Basta con ir a una oficina pública para cerciorarse de que la corrupción callejera no se terminó, sino que, simplemente, se multiplicó. Por ello, lo único que la administración pública federal actual ha mostrado sobre este rubro es la impotencia contra la corrupción.


