Notas para una defensa de emergencia
Silvino Vergara Nava / correo: [email protected] / web: parmenasradio.org
Adam Smith, el padre teórico del capitalismo,
no creía en los monopolios. Creía en lo que se
suele llamar competencia atomística, dentro
de la cual muchos productores
compiten entre ellos
José Pablo Feinmann
El pasado domingo 11 de abril de 2021 falleció John Williamson, economista inglés radicado en Estados Unidos de América y casado con mujer brasileña, quien formó el denominado Consenso de Washington, en 1989; precisamente, en la misma fecha que era derrumbado el muro de Berlín en Alemania, hecho con el que se daba la unificación de las dos Alemanias y, más, el fin de la radical distinción entre las políticas públicas de izquierda y derecha, dando paso a las políticas neoliberales, es decir, las de derecha que han inundado las políticas públicas de las naciones del mundo. Como es el caso, por ejemplo, de China, que ya no es un país socialista, sino propiamente capitalista de Estado y que está a punto de ser la economía más fuerte del planeta.
John Williamson estableció ese decálogo, el cual vale la pena reproducir, porque trata de las políticas públicas que hemos tenido en los últimos 30 años en el país; razón del desastre de la economía y de la condición de nuestra nación:
1. Los países deudores deben hacer reformas fiscales para bajar los impuestos de los ricos para que hagan inversiones productivas y, además, ampliar la base de los contribuyentes, eliminando las exenciones a los más pobres para que más puedan pagar.
2. Liberalizar al máximo y lo más rápido posible los mercados financieros.
3. Garantizar que se trate igual las inversiones autóctonas y las extranjeras, para que aumenten las inversiones extranjeras.
4. Desmantelar el sector público, privatizando las empresas estatales.
5. Desregularizar al máximo las economías de los países, para que la competencia lo regule todo.
6. Intensificar la protección de la propiedad privada.
7. Liberalizar al máximo los intercambios entre países, hasta que desaparezcan los aranceles aduaneros.
8. Impulsar los sectores que puedan exportar.
9. Limitar los déficits presupuestarios.
10. Eliminar subsidios estatales a operadores privados. El tercer mundo debe dejar de subvencionar la producción de alimentos, priorizando las infraestructuras.
Si analizamos cada uno de estos puntos, evidentemente, se han llevado a cabo y aún se siguen ejecutando puntualmente en nuestra nación. Es un adelgazamiento del Estado para que en él quede solamente las tareas de vigilar a la población y las actividades que no son redituables para la iniciativa privada; eso sería lo que le corresponde exclusivamente a los Estados. En cambio, todo lo que repercute en grandes utilidades es concesionado a la iniciativa privada con inversión, muchas veces, extranjera, como es el caso de los simples servicios municipales: limpia, alumbrado público, agua potable y drenaje.
Pero esto no es todo. También, con base en este decálogo, se conforman los grandes monopolios, que dominan el mercado y revientan la competencia local, como extraordinariamente lo sintetiza el profesor argentino José Pablo Feinmiann: “Adam Smith, el padre teórico del capitalismo, no creía en los monopolios. Creía en lo que se suele llamar competencia atomística, dentro de la cual muchos productores compiten entre ellos. Al hacerlo, los precios nunca son establecidos por un solo vendedor, sino que surgen de la libre competencia.
En cambio, cuando aparece el monopolio, que es (según creo) la tendencia inevitable de libre mercado, ya no hay competencia atomística porque el precio lo fija un solo pueblo, precisamente: el monopolio […]. El oligopolio es una formación de monopolios. Un acuerdo de paz entre ellos, siempre pocos” (Crítica del neoliberalismo, Buenos Aires, Planeta, 2016).
Ahora, a 31 años de que se haya conformado ese Consenso de Washington, se habla de un “segundo consenso”, al que le interesa reforzar esos principios para mantenerlos vigentes. Es más, ellos siguen funcionando, pues -como muestra– lo vemos en la forma en que se está combatiendo la pandemia: con empresas privadas, donde monopolios de la farmacéutica no “sueltan” la fórmula de las vacunas y cada día hacen más dependientes a los países del denominado “tercer mundo” de esa industria de capital exclusivamente extranjero.


