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Jornadas electorales y política

Crónica Puebla por Crónica Puebla
11 junio, 2021
en Opinión
Jornadas electorales y política
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Por: Jorge Alberto Calles Santillana
Jornadas electorales y política

La jornada electoral del pasado domingo puso de manifiesto que nuestros días de elección parecen propios de otros países, no del México que cotidianamente experimentamos.

Utilizaré imágenes para explicar el punto. Muchos usuarios de Facebook se mostra­ron con sus huellas marcadas por la plu­ma indeleble que hacía constar que ha­bían votado. Todos informaban, sonrien­tes, de manera respetuosa, que habían cumplido con su deber y que el placer los embargaba. No vi ningún caso en el que la preferencia fuera expresada abiertamen­te, ni siquiera insinuada con slogan polí­tico alguno.

Su afán no era otro que el de anunciar que habían acudido a las urnas como ciu­dadanos de un país democrático y que te­nían plena confianza en el proceso, así co­mo en que la expresión mayoritaria de la ciudadanía habría de ser respetada.

Por otra parte, en un par de ocasio­nes, Lorenzo Córdova, consejero presi­dente del Instituto Nacional Electoral, em­pleó las cámaras televisivas para infor­mar, de manera calmada, sin aspavien­tos y con estricto apego a la ley electoral, acerca del inicio y el desarrollo de la jor­nada electoral.

Esas imágenes me produjeron una tranquilidad que resultó ser un contra­punto de la inquietud que había sentido los días previos.

Los constantes asesinatos de candida­tos y los múltiples atentados contra fun­cionarios políticos involucrados en el pro­ceso electoral me habían hecho suponer que la violencia se desataría el día de la elección. Pero, también, el encrespamien­to y la polarización que permearon el pro­ceso todo, tanto en medios como en redes y en relaciones interpersonales, me con­ducían a imaginar escenarios de encono y confrontación abierta.

De esa manera, esas imágenes me con­fortaron, a la vez que me hicieron caer en cuenta en la diferencia que he señalado al inicio de este escrito.

Ciertamente, días de elección y los de­más días del año contrastan. Parecen co­rresponder a realidades distintas. Pero no lo son. Elecciones y vida política cotidia­na corresponden al mismo México. La di­ferencia notoria tiene su origen en la his­toria de cada una de estos procesos.

Que, en general, los comicios transcu­rran tranquilos y que los actos violentos sean esporádicos y mínimos se debe en buena medida a la existencia de un insti­tuto electoral que ha alcanzado la dimen­sión de institución excepcional en el con­texto mexicano y que se ha hecho mere­cedor de reconocimientos internacionales por su ejemplar organización y manejo de procesos electorales.

El INE es una organización ideada, creada, desarrollada y echada a andar por miles de ciudadanos que de mitad del siglo pasado para acá han entendido que México requiere poner freno a la concen­tración de poder y al consiguiente autori­tarismo a que dio lugar el régimen here­dado de la lucha revolucionaria.

El instituto ha conseguido que en Mé­xico los votos sean contados y se cuenten. No es cosa menor.

En la época de la hegemonía priista, los procesos electorales no eran sino rituales. Los electores no elegíamos; en realidad, otorgábamos legitimidad a un proceso de origen ilegítimo en el que prácticamente los mismos políticos se bajaban momen­táneamente de la rueda de la fortuna bu­rocrática, simplemente para intercambiar las casillas en las que darían continuidad a su permanencia y movimiento.

A pesar de momentos críticos y de sos­pechas promovidas más con base en pre­juicios que en hechos, hoy el Instituto Na­cional Electoral ha conseguido dar certe­za a los procesos democráticos y la ciuda­danía, mayoritariamente, confía en él y en sus resultados.

Gracias a la lucha ciudadana y al ins­tituto emergido de ella, en México ha sido posible la alternancia en el poder.

Gracias al INE, López Obrador coro­nó su sueño de alcanzar la presidencia. Curiosamente, es él quien encabeza fuer­tes ataques al instituto, con claras inten­ciones de reducir su capacidad de organi­zación y operación, si no es que de desa­parecerlo.

La política cotidiana, como la pade­cemos diariamente, tiene otra historia. Sus raíces se encuentran en ese régimen autoritario que en los años 50 y 60 sen­tó las bases de una operación que lo han conducido a registrar niveles de degrada­ción y descomposición preocupantes: la corrupción y la manipulación de acto­res políticos.

Con una presidencia concentradora de poder y un partido de Estado, la política quedó reducida a los deseos del presiden­te en turno. Eso condujo a que los proce­sos electorales introdujeran una pedago­gía electoral insana: la compra-venta del voto. Por eso, en la medida en que se ex­perimentaron soluciones de apertura de­mocrática controladas desde el aparato de estado, la cultura de la dádiva se extendió y profundizó.

Por otra parte, la concentración de po­der orilló a los actores sociales a congra­ciarse con el presidente y someterse a su voluntad.

Esas prácticas se convirtieron en há­bitos que la democracia electoral no ha podido ni podrá erradicar, al menos en el corto tiempo.

Hoy, esa forma de hacer política sigue vigente, en nada ha cambiado; se está re­forzando en la medida en que se están des­mantelando los órganos autónomos que también la ciudadanía ha venido constru­yendo, a lo largo de varias décadas, con afanes similares a los que motivaron la creación del INE.

La polarización no hace sino favorecer la concentración del poder y la recons­trucción posible de un partido de estado.

Está claro: nos corresponde a los ciu­dadanos mantener nuestros deseos por transformar nuestra vida política.

Exige mucho trabajo, muchos sacrifi­cios y tremendos embates de las fuerzas enquistadas en el aparato político. Pero la jornada del domingo conduce a abri­gar esperanzas.

Etiquetas: AMLOeleccionesINE

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