Iván Mercado / @ivanmercadonews / FB IvánMercado
Las insólitas imágenes de una plancha del zócalo capitalino abarrotado de manera irresponsable por miles y miles de personas ansiosas de romper todas las recomendaciones y protocolos establecidos para contener una tercera ola de contagios de COVID-19 dan clara muestra del nivel de indolencia institucional y de ignorancia social por las que atraviesa México en tiempos de una supervivencia que choca de lleno con la llamada Cuarta Transformación.
La pandemia y su tercera ola, sencillamente no podía interponerse en una conmemoración ideal para el movimiento político que busca explotar todo aquello que signifique la defensa de una identidad, la construcción de una ideología y la consolidación de una sociedad capaz de defender ese pensamiento, aun a costa de su salud y, en el extremo, de su propia vida.
En la semana de mayor propagación y contagios provocados especialmente por la dispersión de la variante delta, el gobierno de CDMX tomó la decisión política e histórica de celebrar los “500 años de resistencia indígena México-Tenochtitlan”, para destacar entre la población la proeza de esa civilización mexica.
La idea de fomentar el orgullo entre las y los mexicanos sobre un evento histórico ocurrido hace medio milenio pasó por encima de la gravedad del momento por el que atraviesa el país y el planeta. Simplemente se impuso al riesgo inminente al que fueron invitados miles y miles de incondicionales de la 4T.
La pandemia, sus variantes y sus consecuencias bien conocidas fueron sencillamente ignoradas por una autoridad más interesada en el “festejo” que en la salud y seguridad de sus gobernados.
La vistosa iluminación con motivos prehispánicos y la estructura de tablaroca en forma de pirámide construida en el zócalo de la capital del país logró encandilar, distraer y concentrar por muchas horas a un elevado número de orgullosos “mexicas de ocasión”, que sin más se entregaron al elevado riesgo de un contagio masivo por el virus del SARS-CoV-2.
A más de años y medio, la enfermedad nos ha enseñado que es cuestión de tiempo, específicamente de ocho a 10 días para confirmar si una persona fue contagiada de COVID, y la celebración de la caída de Tenochtitlan seguirá exactamente el mismo patrón.
La última semana de agosto, la capital del país podría estar registrando cifras gravísimas de positivos y hospitalizados, en una ciudad que ya es, por su densidad poblacional, el punto más contaminado a nivel nacional.
Hoy queda mucho más claro que la polémica decisión de mantener a CDMX en el color naranja del semáforo epidemiológico no obedeció estrictamente a intereses económicos, sino al evidente interés de cumplir con una conmemoración y una celebración que se cumplió bajo el ya conocido principio de “llueva, truene o relampaguee”, y así fue.
¿Cuántos contagios provocó la concentración del fin de semana en el centro histórico y la plancha del zócalo de CDMX?, imposible determinarlo. La tercera ola de positivos es tan grande que no hay, ni habrá, manera de distinguir y relacionar este importante pero irresponsable evento público, cuando la recomendación mundial es evitar a toda costa las concentraciones masivas.
Con todo lo observado, pareciera que a las autoridades de este país poco les importa la seguridad y el bienestar de su población. No es la primera ocasión en que los responsables del manejo de la pandemia han mostrado su desdén y su incipiente empatía con los miles y miles de mexicanos que enferman y mueren a manos de una enfermedad para la que no hay cura, sólo recomendaciones, responsabilidad y ejemplo.
Aunado a ello, el panorama es muy poco alentador toda vez que la semana que acabamos de concluir se consolidó como el periodo de mayores contagios en todo el territorio nacional desde que inició la pandemia en nuestro país.
En la última semana, la aceleración en las cadenas de contagios confirmó que hoy los mexicanos y el resto del planeta estamos enfrentando nuevas y peligrosas condiciones de una pandemia que va mutando ante el desconcierto y desatino de la ciencia en el mundo entero.
La velocidad y transmisibilidad no tiene límite hasta ahora; el ritmo de crecimiento de los nuevos positivos ya es el más alto en nuestro país. En los últimos 10 días, la aceleración reportó 15.8% y, si se mantiene con ese ritmo, para el 30 de agosto se estarían reportando alrededor de 33 mil casos cada 24 horas.
Sí, en el peor momento es cuando las autoridades de este México contradictorio llaman a la irresponsabilidad evocando a hacer “lo mejor para el pueblo”, y ejemplo de ello es la convocatoria para dar inicio a un ciclo escolar en el que la meta más importante es regresar a millones de alumnos a las aulas y las escuelas.
El llamado a volver a las aulas es, sin duda, importante; las razones que se han argumentado son absolutamente ciertas, pero el momento crítico y la displicencia mostrada por la autoridad sencillamente no concuerdan y despiertan la desconfianza natural de los padres de familia.
Con el peligroso desarrollo de esta tercera ola, aunado a su inquietante proyección, la pregunta es más que obligada: ¿qué tan conveniente es enviar a niños y jóvenes estudiantes a puntos de concentración donde la probabilidad de contagios será incuestionablemente elevada?
A estas alturas, tampoco se puede ignorar que en México son ellos, niños y jóvenes, el segmento poblacional “blanco” de la pandemia, toda vez que no están ni estarán vacunados hasta que esté científicamente comprobado que los bióticos los pueden ayudar a hacer frente a la enfermedad.
Lo que es un hecho irrefutable es que, a partir de la variante delta (predominante en el territorio mexicano), el crecimiento de los contagios y muertes entre menores de edad ya es una realidad que nadie debe ignorar.
Los datos oficiales refieren que diariamente se están infectando más de mil 200 menores de edad, y, aunque en la lógica torpe e indiferente del subsecretario Gatell “los menores mueren poco”, lo cierto es que hoy no hay cabida para la duda o la negligencia colectiva.
México está nuevamente al filo de una nueva catástrofe donde, a diferencia del año pasado, hoy son nuestros niños y jóvenes los que pueden disparar las estadísticas de víctimas fatales ante un gobierno al que parece poco importa la seguridad y salud del pueblo “bueno y sabio”.


