Alejandro E. Montiel Bonilla / Primera de tres partes
LOS HECHOS
Una vez más, un caso de violencia grupal y extrema en Puebla aunque, como hemos sido testigos, bien podría darse en cualquier ciudad del país y del mundo.
Un grupo de adolescentes golpea sin misericordia hasta dejar inconsciente a otro cuyo único pecado fue reclamarles una agresión previa.
La manada atacante actuó en perfecta coordinación hasta dejar sin sentido al chico. Ahora se sabe que le fracturaron el rostro.
El video que muestra la agresión violenta, como tantos otros que circulan en redes sociales y medios, se “viralizó”.
La “comentocracia” establecida en medios tradicionales y la que se erige diariamente en redes sociales repitió, una y otra vez, los mismos juicios morales: “que les hagan lo mismo”, “cárcel para los agresores”, “hay que partirles su madre”, “den sus nombres y vamos a por ellos”.
La espiral creciente de comentarios iracundos y llenos de rabia no tenía entonces –ni hasta estos momentos tiene– fin.
En redes sociales me han solicitado reiteradamente una explicación sobre estos hechos.
Lo que escribo cuando comento una acción así es que estamos ante una crisis sistémica, término que tomo prestado de la jerga económica porque me parece que engloba la serie encadenada, siempre concatenada, de sucesos violentos y disruptivos que presenciamos continuamente en diversas sociedades occidentales.
Les advierto que muy probablemente este escrito no será del agrado de muchas personas porque lo que diré al final es que debemos estar preparados para que estos actos de violencia sucedan y se repitan de manera continua, con grabaciones de video o sin ellas.
¿Por qué digo que estos hechos van a repetirse?
La respuesta puede ser muy simple o compleja. Eso dependerá de la capacidad personal de educación y análisis para comprender los elementos que componen los contextos culturales, sociales y económicos en un momento histórico dado.
LAS REDES SOCIALES COMO INSTIGADORAS DE LA MORALIDAD
Este tipo de agresiones de una “manada” han estado presentes desde hace algunos años en las redes sociales y se hacen virales rápidamente.
España, Italia y Brasil son los casos que recuerdo en primer lugar.
Y es que existe un público ávido de mirar y recrearse con la violencia. Existe una masa creciente y mundial entregada a sus juicios morales, tal y como lo explica el científico Pablo Malo.
Dentro del conjunto de causas históricas para que esto ocurra, podemos mencionar unas cuantas.
Una vez retiradas o severamente minadas, las instituciones que regulaban la circulación de estos materiales, como podía ser algún gobierno o varios gobiernos, el contenido de redes sociales queda a merced de la ley de oferta y demanda.
Ninguna red va a censurar algún tipo de contenido violento, por el simple hecho de que cualquier contenido con mayor circulación produce más ganancias para la propia red y sus anunciantes.
Es un elemento muy importante para comprender el contexto en que se dan este tipo de agresiones: nos hemos convertido en homo videns, somos consumidores cautivos de las redes sociales, ciegamente alimentamos nuestros cerebros con lo que proporcionan los algoritmos de las redes.
Hemos disminuido –consciente o inconscientemente–, la capacidad de nuestra corteza prefrontal para discriminar contenido violento o pornográfico y nos hemos entregado a un estado de excitación permanente.
Este es el contexto del consumo mediático en gran parte de las sociedades occidentales en este año 2023 y, por lo tanto, es un elemento toral para interpretar el hecho en el que se da la agresión dentro de una zona económicamente exclusiva, en el mes de septiembre en la ciudad de Puebla, México.
LAS COORDENADAS DE LA AGRESIÓN
¿Y por qué digo que esto se va a repetir continua e indefinidamente?
¿Acaso los llamados a “hacer algo”, los mensajes en tiktok que piden regresar a reflexionar “qué estamos haciendo como sociedad, como padres de familia, como hijos” ¿no tendrán ningún efecto?
No, no lo tendrán.
Y esto tiene una razón muy simple: las coordenadas que producen este tipo de agresiones se encuentran ancladas en la estructura del sistema cultural, social y económico que se ha desarrollado durante las últimas cuatro décadas.
¿Cómo es esto posible?
Son cientos de científicos sociales y organizaciones mundiales los que señalan que el sistema en que vivimos, una especie de capitalismo que cada vez tiene menos frenos –y por eso lo denomino en mis redes sociales #capitalismosalvaje– es un sistema que está creando cada vez más desigualdad económica y social.
La concentración de todo tipo de recursos económicos y materiales en manos de unas cuantas familias y corporaciones en todo el mundo es un proceso que no ha dejado de seguir su paulatina marcha.
Esta centralización de recursos en manos de unos cuantos provoca desigualdad en todos los órdenes de la sociedad. Lo que se vio afuera de un “antro” poblano no es más que una versión violenta de las agresiones que se viven todos los días en diferentes sectores sociales.
Este sistema nos empuja, de una forma u otra, a que aspiremos a ser los dominantes, a ser los “chingones” en nuestros respectivos campos.
El sistema no recompensa a quien intenta reforzar los lazos comunitarios, tampoco alienta a compartir conocimiento de forma altruista, no felicita a los esfuerzos por restaurar el tejido social.
Y si el sistema no lo reconoce, entonces el sustento material no llegará. El altruismo y pensar en la colectividad antes que en el individuo simplemente no da de comer.
El sistema no ve bien a las personas que no presumen sus riquezas materiales que son producto de su trabajo frenético, lícito o ilícito.
La frase “pues para eso trabajo, pa’ darme mis lujos a mí y a mi familia” es utilizada como motto para levantarse cada día y comprar y comprar y exhibir y volver a exhibir los “trofeos” en redes sociales.


