Alejandro Montiel Bonilla
(Segunda de tres partes)
Ayer comencé este análisis explicando por qué se viralizan rápidamente las imágenes de peleas y de violencia en general, para tener claro cómo funciona el consumo de estos productos digitales y el tipo de reacciones que generan en las audiencias hechos como la golpiza que siete jóvenes dieron a uno, al que dejaron inconsciente en la zona de bares de Angelópolis.
El contexto de procedencia de los agresores
Resulta indispensable explicar un poco del contexto de procedencia de los agresores. Como en tantos otros casos de violencia similar en México y el mundo, se educaron en instituciones que la sociedad local llama de “elite” y básicamente las llama así porque para estar ahí se necesita pagar mucho más dinero por la colegiatura mensual que lo que piden otras escuelas.
La sociedad local no las llama “de elite” porque en ellas enseñen los mejores profesores. De hecho, se sabe –y soy testigo personal– que en muchos casos los profesores están muy mal pagados y, por ello, aunque tengan buena preparación, ni siquiera tienen tiempo para actualizarse académicamente.
Hay que ser claros. Cuando en México hablamos de instituciones educativas de elite, no pensemos en Eton College o en la École des Roches.
Pero eso no importa, en realidad el objetivo –confeso o no– de muchas familias que ingresan a sus hijos en esas instituciones es que “mi hijo haga relaciones”, que se codee “con los más chingones”, que estudie con los “hijos de…”, para que el día de mañana, haga negocios “con los hijos de” o juegue golf “con los hijos de” o llegue al poder “con los hijos de” y se case “con los hijos de”.
Esta forma de comportamiento correspondería a la reminiscencia de una estructura social novohispana, una estructura de longue durée que se niega a desaparecer.
Por otra parte, esto parecería una clara consecuencia de estrategia ante el triunfo del capitalismo salvaje y la concentración de la riqueza en cada vez menos manos: los padres de familia buscarían asegurar el futuro de sus hijos, pensando –y muchas veces están en lo cierto– que las relaciones con los poderosos darán fruto.
Las instituciones educativas reproducen la estructura social, no la cambian
Pierre Bourdieu ya ha explicado que dentro de las instituciones educativas se dan mecanismos de reproducción de poder y de exclusión desde los primeros grados.
En la cotidianidad esto se puede observar fácilmente en los objetos que utilizan los alumnos.
Todo produce un mensaje, todo determina la procedencia y el código postal: qué tipo de mochila llevas, qué marca es, qué tipo de lonchera usas, de qué marca son tus tenis, de qué marca son tus jeans.
La impronta del “Sí logo” –para recordar a Naomi Klein– comienza desde que son muy pequeños.
Los encuentros sociales fuera de la escuela también se organizan mediante una codificación generalmente no confesa: se realizan fiestas y reuniones en ciertos domicilios o en salones privados pero un riguroso NRDA (Nos Reservamos el Derecho de Admisión) se impone para seleccionar sólo a los mejores invitados.
La exclusión en redes sociales genera microviolencias permanentes
En la época anterior a la existencia de las redes sociales digitales, estos signos de pertenencia y exclusión que constituyen la piedra angular en la formación y distinción de los grupos de elite se dejaban de sufrir cuando el día escolar llegaba a su fin, cuando regresabas a la casa familiar e incluso podías frecuentar a otra clase de amigos.
Pero hoy es distinto. La conexión con tu grupo social se mantiene 24 horas sobre 24, siete días sobre siete, los 365 días al año.
No hay un momento del día en que la circulación de las imágenes en Instagram y demás redes de los líderes del grupo no surjan.
Son imágenes que siempre reflejan el mundo del grupo superior: fines de semana en lugares exclusivos, fiestas en los antros más caros y con las bebidas más costosas.
Estos videos o fotos fijas son cuidadosamente revisados y envidiados por los miembros menos afortunados de los círculos sociales.
Pienso que la manera en que experimenta la lectura de estas imágenes el grupo femenino merecería un artículo aparte; el cerebro femenino es mucho mejor lector de los signos de pertenencia: para ellas, el maquillaje, ropa, manicura, pedicura, joyas y hasta el tipo de filtros que usan de la propia red pueden decir algo.
Estas imágenes en las redes sociales también son miradas y analizadas, en muchos casos, por los propios padres de familia y por los amigos y amigas de los padres de familia.
Hacen comentarios tipo: “por cierto, vi a tu hijito en el nuevo restaurante… está tan guapo y qué novia tan bonita tiene”; “por cierto, vi a tu hijita en el yate… qué niña tan linda tienes y qué cuerpazo… salió a la mamá, tiene sus mismos ojos azules”.
Esta circulación de imágenes –verdaderas o creadas con inteligencia artificial– en las redes sociales certifican la posición social de los emisores, una posición que debe reafirmarse constantemente para que las jerarquías continúen y se conserve el orden establecido.
De esta forma, para los que se encuentran más arriba en la escala económica, la circulación de sus imágenes los reafirma y los pone a competir constantemente. El problema de exclusión se sitúa en aquellos que no publican imágenes porque saben que no pueden competir con aquellas representaciones de los que tienen más recursos.
Se autocensuran los que no fueron invitados a esas fiestas, a esos antros exclusivos, a esos fines de semana en lugares únicos. Y es allí donde se originan cotidianamente, en los excluidos, en los que no se atreven a publicar por miedo a ser criticados y hasta vilipendiados, estas microviolencias cotidianas con las que tienen que lidiar diariamente.
Ya se ha documentado hasta el cansancio el efecto pernicioso de la exposición constante a las redes sociales en la mente de millones de adolescentes del mundo entero: una presión social constante sobre los más jóvenes, que en muchos casos ha llegado al suicidio.
Habría que impulsar una serie de estudios multidisciplinarios para saber si estos mecanismos de jerarquización y exclusión suceden con mayor frecuencia e intensidad en los colegios “de elite”, que en las escuelas públicas de la ciudad de Puebla.
A priori, podríamos aventurar que, a mayor disponibilidad de recursos tecnológicos vinculados al nivel económico
–por ejemplo, datos de navegación ilimitados, así como también la posibilidad de generar imágenes de tipo “suntuoso”– la probabilidad de exclusión y bullying aumentaría. Sin embargo, es un estudio pendiente.
Personalmente, he tenido la oportunidad de impartir materias en tres de las universidades más caras de Puebla y he podido constatar cómo se dan los mecanismos de exclusión que he comentado, a veces de manera sutil, a veces muy cruda.
Mañana, la tercera y última parte de este artículo.


