Notas para una defensa de emergencia
Silvino Vergara Nava / correo: [email protected] web: parmenasradio.org
La reducción de las instituciones políticas al papel de comisarías para supervisar y mantener el orden rutinario en los vecindarios locales, a fin de cuentas no ha resultado tan buen sistema
Zygmunt Bauman
Desde hace mucho tiempo, cuando se habla de burocracia se entiende como sinónimo de ineptitud en el servicio, o bien, en la función que se lleva a cabo, lo cual es propio de las instituciones del Estado, y parte esta percepción, por lo menos, de mediados del siglo XX.
Basta con recordar que, en el siglo XIX, cuando se hablaba de burocracia era sinónimo de un trabajo eficaz y generalizado; es decir, que se brindaba a todos con igual calidad. Sin embargo, en estos tiempos es evidente que sucede todo lo contrario. No debe perderse de vista que la burocracia no está solamente en las instancias del Estado, en el sector público, sino que, a medida que las empresas de la iniciativa privada se han ido haciendo más grandes, también la burocracia se encuentra en ellas.
Tal es el caso de los bancos, de las instituciones de seguros, hospitales, universidades, escuelas, etcétera. Es más, los relatos, novelas y ensayos del enigmático escritor checo F. Kafka, como abogado que trabajó en una compañía de seguros, fueron en parte relacionados con ese crucigrama en el organigrama de esas instituciones para poder llegar a que a cualquier consumidor se le otorgue el servicio que se requiere.
Incluso, gracias a la burocracia, tanto estatal como privada, existen muchos trabajos, oficinas, despachos, impresas que se dedican a intermediar entre esas instituciones burocráticas y el consumidor de esos servicios, pues el desgaste de cualquier persona de acudir por un simple trámite es preferible sustituirlo con el pago de un honorario a quien conoce esos vericuetos para resolver con mayor celeridad y eficacia esos trámites, más aún en casos como los impuestos, en donde hay asesores fiscales privados que permiten asistir a los propios contribuyentes sobre esa serie de trampas procesales que se presentan en el devenir del camino.
Sin embargo, respecto a la ineficacia e ineptitud de las instituciones públicas, con el paso del tiempo se ha ido agudizando más, particularmente con la tecnología, que, lejos de optimizar los servicios, en una balanza podríamos decir que ha complicado muchas veces los servicios que prestan instituciones públicas y privadas.
Para muestra es que muchos de los servicios públicos se han tecnificado, y con los sistemas informáticos se ha permitido que todo se haga por esos medios, de tal suerte que las personas desconocen a su interlocutor, pues en muchos trámites ya no existe contacto con quien recibe el trámite, el sujeto que lo va resolver, el empleado que va a requerir; es decir, no se sabe si será una maquina o un ser humano el que procese esa información; menos se conocen las caras de esos servidores públicos, lo cual eleva el grado de impotencia sobre el seguimiento de esos servicios; pero lo que es más, por lo que hace en nuestra nación, se ha agudizado la corrupción; es decir, los sistemas tecnológicos se han convertido en un arma para impulsar aún más la corrupción, pues los particulares, con la finalidad de conocer las caras de los servidores públicos y el avance de sus trámites, pueden buscar la forma de llegar con ellos, y no hay otra forma que la corrupción, y las instituciones privadas, que alguna vez ayudaron a asistir a estos ciudadanos de a pie, se han convertido en cómplices de la corrupción, ya que son ellas las que buscan la forma de abrir el camino, a como dé lugar, para llegar a su cometido.
Pero eso no es todo. En esta administración pública federal se ha agudizado esta situación, bajo el auspicio de que es preferible contar con servidores públicos “honestos” y “de confianza” y desplazar a los que sabían y tenían la experiencia en los trámites de los servicios públicos que se prestaban, pues resulta que se ha ido colocando ese tipo de aparentes servidores públicos honestos, que hacen lo mismo que vivimos en nuestros tiempos universitarios, cuando aquellos profesores que no tenían conocimiento de la materia que impartían sustituían su falta de conocimiento con medidas como tareas e imposiciones absurdas y encargos arbitrarios.
Pues bien, eso es lo que sucede hoy con las instituciones públicas de la federación. En la mayoría de los casos, autoridades arbitrarias o bien que no saben cómo afrontar los problemas del día a día en esas dependencias públicas y lo sustituyen con medidas arbitrarias.
Desde luego, hay algunas que milagrosamente se han salvado; pequeñas delegaciones, oficinas olvidadas de la mano del Palacio Nacional que se han quedado en los tiempos previos y que siguen funcionando milagrosamente, que son las que han mantenido vigentes las instituciones del Estado, porque en aquellas que ha metido mano esta cuarta transformación se han vuelto un desastre.
Pareciera que se ha estado agravando el problema de la ineptitud de las instituciones públicas del Estado. Cada día es más latente la decadencia de la credibilidad de las mismas y de la eficacia en sus servicios, del grado de corrupción al que se ha llegado. Casos como impedir entrevistarse con los ciudadanos; no saber qué decir en las entrevistas con ellos; no saber qué sigue en los trámites; o bien, siempre respaldar a funcionarios ineptos de las instituciones públicas. No es otra cosa más que evidenciar la ineptitud actual de estos servidores públicos que, lejos de permitir una transformación en mejora de las funciones de las instituciones públicas, cada día es una prueba más del grado tan grave de descomposición del Estado. Desafortunadamente, de este fenómeno sólo se han enterado los ciudadanos de a pie y no los altos servidores públicos, que están en otras cosas menos en lo que corresponde. Además, se protegen entre ellos para encubrir su ineficacia, ineptitud, ignorancia y falta de interés por servir a la nación, por lo que, desafortunadamente, esto, más la tecnificación de los trámites burocráticos, no es otra cosa que un efecto negativo en la vida diaria de los ciudadanos, el aumento de la corrupción, la ilegalidad en que vive la mayoría, por no poder cumplir con sus requisitos absurdos.
Y lo que provoca no es otra cosa más que un rezago de nuestra a nación ante otras naciones en cuanto a competitividad, y para poder salir adelante de esta crisis en los servicios de las instituciones públicas del Estado nos vamos a tardar por lo menos 20 años, entre el tiempo que pase para que se den cuenta de la crisis y luego el tiempo para salir adelante. Así está la crisis de las instituciones públicas. Cualquier ciudadano de a pie tiene mucha experiencia de que esto es verdaderamente comprobable.


