Por: Jorge Alberto Calles Santillana / Agenda Ciudadana
La escena no puede ser más reveladora: en la pantalla del escenario mañanero se despliega un texto vulgar y ofensivo contra Beatriz Gutiérrez; el presidente lee las barbaridades ahí escritas; los periodistas asistentes registran el hecho y los miembros de la audiencia se enteran que alguien ha llenado de insultos y apodos a la esposa de López Obrador. Ésta es la más clara imagen de cómo se gobierna hoy.
El presidente emplea mucho tiempo hablando, seleccionando temas que, entre menos importantes y más escandalosos sean, resultan más útiles; exhibiendo evidencias que lo victimizan; recurriendo a periodistas que lo ayudan a fijar la agenda pública y teniendo una amplia audiencia que se deja capturar por el simulacro, ya sea para aplaudir o para denostar.
Hasta hace poco, buena parte de la población ignoraba la existencia del Conacyt. Hoy, en cambio, es posible que la mayoría crea que era un centro de corrupción y que los científicos son un grupo más de sujetos que han sangrado al erario para darse una vida inmerecida. Por si fuera poco, son groseros y vulgares; la educación que supuestamente han adquirido con las becas recibidas no ha servido para contener su furia. Mencionar en la mañanera la demanda contra 31 investigadores promovida por la directora del Consejo suscitó la condena generalizada a ciencia y científicos.
Hoy se gobierna desde la pantalla televisiva. Hoy se gobierna desvirtuando la palabra y el discurso. Hoy se gobierna haciendo creer que lo que el país requiere es erradicar la versión simplista que se ha construido del pasado, en aras de alcanzar una versión también simplista del futuro en la que sólo hay héroes y villanos.
Los científicos perseguidos son villanos porque participaban de un foro al que durante muchos años se le otorgó una fuerte cantidad de recursos. Hoy se gobierna haciendo creer que el único y verdadero problema de México es la versión que el presidente tiene de la corrupción.
Desde la perspectiva simplista, recibir millones de pesos es sinónimo de corrupción. No importa que una y otra vez, y otra vez, un juez federal haya dicho que no hay delito que perseguir; que esos recursos fueron asignados en estricto apego a la normatividad institucional del Consejo y que, al usarlos, los científicos no violaron la ley. La simple mención de grandes cantidades suscita en nosotros imágenes de corrupción. Nadie pregunta la razón de la asignación. Nadie menciona los proyectos científicos a los que estaban destinados ni de sus objetivos.
Poca gente ha prestado atención a lo que han dicho varios analistas. Detrás de esta persecución hay asuntos personales que la han hecho posible. Por un lado, diferencias entre la actual directora del Consejo y algunos de los científicos señalados. Por otro, el hecho de que varios de los acusados protestaron porque el hoy fiscal fue admitido en el Sistema Nacional de Investigadores al más alto nivel porque, entre otras razones, uno de sus libros es un vergonzoso plagio. El simplismo del presidente ha terminado por ser nuestro, también.
Esta forma de gobierno es posible porque el presidente se dedica a hablar, a exponerse a los medios. Aprovecha popularidad y visibilidad para imponer su visión de país empobrecido por la corrupción. Sólo habla de su versión de corrupción. Hablar es, para él, un hábito. Su palabra domina, también las reuniones de gabinete. En vez de hablar y afirmar, debería preguntar a sus funcionarios y a grupos de expertos ¿por qué hay más violencia cada día? ¿Qué hacer para evitarla? ¿Cómo frenar la creciente violencia contra las mujeres? ¿Cómo atraer mayor inversión? ¿Cómo crear mejores empleos formales? ¿Qué hacer para competir y complementarnos con las economías más grandes del planeta? ¿Cómo ofrecer a los mexicanos una educación de excelencia? ¿Un sistema de salud eficiente? ¿Mejores viviendas? ¿Qué debemos hacer para tener energías limpias?
Pero también es posible porque los medios envían periodistas complacientes a las mañaneras. Las versiones simplistas deben ser contestadas con datos duros. Los medios deberían enviar a las conferencias periodistas que manejen cifras que confronten la desinformación del presidente. Ciertamente hay crítica, pero son los periodistas de opinión quienes la construyen. Hace falta periodismo de investigación que con evidencias firmes le haga ver al presidente que el México que él ve no se corresponde con el México existente.
Finalmente, esta forma de gobernar es posible porque los ciudadanos nos enfrascamos en una conversación que descalifica, carente de argumentos; una conversación en la que quien más profiere insultos, más seguro se siente; en la que se asume que quien difiere no tiene derecho a la existencia. Lamentablemente, las tecnologías de la comunicación y las redes facilitan esta conversación pobre, de gritos, de ninguneo.


