Por: Hugo Arquímedes González Pacheco y Montes
Desde mi escritorio
La matanza de estudiantes ocurrida el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco y la de los 43 normalistas de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa son una radiografía del estado de injusticia, del malestar social contra el régimen autoritario y restrictivo, lo que a su vez impulsó el crecimiento acelerado de protestas en el país y que han dado paso a otros movimientos sociales, sin faltar los partidistas.
El movimiento de 1968, que significó la matanza en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, es parte del conocimiento histórico de nuestro pueblo, está en la esfera pública, debe ser un ejercicio de memoria imprescindible para consolidar nuestra democracia, para ayudarnos a entender al México antes y después de la pandemia por coronavirus –otro suceso que marcará a nuestro país.
Ante la posibilidad, la memoria colectiva nos debe hacer comprender y reivindicar las luchas del pasado. Es imprescindible leer los textos de José Revueltas, uno de los primeros intelectuales en acercarse a los estudiantes, por lo que se involucró estrechamente en diversas reuniones, marchas, asambleas, propaganda y la elaboración de desplegados.

Al leer el libro La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, nos damos cuenta que recogió testimonios de estudiantes, de víctimas y sus familiares. El texto se trata de una crónica periodística que se divide en dos partes: la primera aborda los sucesos previos al mitin programado en la Plaza de Las Tres Culturas; la segunda se enfoca en la narración propiamente de los hechos referentes al 2 de octubre.
Elena Poniatowska entrevistó en prisión a presos políticos, habló con personas de a pie e interpeló a figuras que no fueron parte del movimiento estudiantil o que incluso estaban en contra. Este texto se ha convertido en un libro emblemático, pieza indispensable para pensar y adentrarse en lo que significó 1968. También se debe analizar los archivos de la violencia, de la autoría de Sergio Aguayo –considerado uno de los libros más completos sobre el caso–.
Se trata de un exhaustivo trabajo documental, con fuentes nacionales e internacionales, documentos oficiales y archivos desclasificados; entrevistas de primera mano con protagonistas del movimiento estudiantil y algunos funcionarios de gobierno y del Ejército, que aportan nuevas luces y claves en torno a la matanza del 2 de octubre.
Esta obra de Aguayo es un riguroso trabajo de investigación. La memoria colectiva es lo que nos permite decir que somos parte del mismo mundo, del mismo México. Pero… ¿por qué recordar lo que duele? Si podemos celebrar nuestra independencia, si podemos recordar a los “héroes que nos dieron patria”, si nos enorgullece la Batalla de Puebla y hasta los pocos partidos en un Mundial de futbol (en espera no de ganar la Copa FIFA, sino con el sueño de llegar a quinto encuentro), entonces podemos recordar algo que nos duele, pero nos define y nos debe hacer reaccionar.
¿Acaso no queremos un México maravilloso para nuestros hijos, quienes nacen en un país ensangrentado, culturalmente arraizado en la corrupción? Tlatelolco sigue allí, igual que Ciudad Universitaria y el Casco de Santo Tomás. Vemos las fotos de los jóvenes contra la pared, sin camisa, golpeados y ordenados como si fueran ganado. En esas gráficas reconocemos la ciudad, sus edificios.
¿Cómo no recordar si la memoria sigue viva en los edificios? Pasan los años y pasan las marchas. Todavía hay porros en la UNAM, todavía no conocemos lo que es la justicia plena, todavía hay corrupción y para muestra tenemos Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado, los desvíos de la Secretaría de Educación Pública a Fundación Azteca y la rifa del avión presidencial.
Recordar es una forma de determinar el ADN social del mexicano, lo que le transmitiremos a nuestros hijos. Claro, recordar la matanza de Tlatelolco no nos garantiza que el asesinato de estudiantes nunca vuelva a suceder. La persecución estudiantil sigue en México.
Sin ir más lejos, a las familias de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, Guerrero, no se les ha impartido justicia; hasta ahora, sólo ha recibido mentiras, oficiales y extraoficiales. Recordar nos hace más reflexivos, buscar una verdadera educación integral y eficiente. Los estudiantes de Ayotzinapa que sobrevivieron convocaron a una rueda de prensa poco después de ser atacados. Sabían que era importante que la información circulara antes que el Estado Mexicano tuviera la oportunidad de ocultar la información.
Las organizaciones civiles defensoras de derechos humanos saben la verdad y las manipulaciones de autoridades para imponer su verdad histórica, una en la cual el gobierno y el crimen organizado son lo mismo. Escribimos para advertir al gobierno que conservamos nuestra inteligencia histórica, social, crítica y reflexiva; también para lidiar con el dolor. No es lo mismo escribir en la oscuridad, que saliendo a la luz, a través de Crónica Puebla.
También escribimos para estar juntos, para que nadie tenga que estar solo ante la injusticia de un gobierno autoritario. Por ello estas frases quedarán para siempre en la conciencia del pueblo: “El 2 de octubre no se olvida” y “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Usted, ¿qué opina?


