Por: Adolfo Flores Fragoso / [email protected]
Su larga trenza era una blanca escalera que descendía al cielo.
Lolita vivió debajo de una escalera de cierto inmueble antiguo detrás de la Basílica Catedral de Puebla.
Con ritmo cadencioso barría y trapeaba los pisos de algunas oficinas del Centro Histórico, callada, con ese silencio que invita a descubrir algunos de sus secretos recuerdos.
Nunca respondía a preguntas innecesarias. Sólo sonreía.
Y calladita se veía tan bonita.
Cierta mañana, en la que se armaba la tertulia banquetera para hablar mal de los políticos, de los abogados y de los periodistas, y en general de los aldeanos, un entretenimiento casi cotidiano entre doña Mago y yo (como buen poblano que se jacte), sorpresivamente se nos integró Lolita.
Siempre ahí en su kiosko del portal de diarios y semanarios, pero por primera vez ambos acompañados de Lolita.
En provecho de su presencia, ideamos un mapa de rutas y costumbres de los clientes, y no tanto, de ambas.
Rutas de compradores y lectores reales. De los fotógrafos que alimentaban su ego para ver cierta imagen malograda, pero publicada. De los hábitos de contar historias que pocas veces les creía doña Mago. Y menos Lolita.
“Todos son nuestros amigos, pero a veces los pone locos su dizque fama y pues nosotras sólo les seguimos la corriente”, cautelosas confesaron.
Fue así que marcamos las rutas de los “catrines” (como les decía Lolita), con dirección a los despachos cercanos de los palacios municipal y de gobierno de Puebla, del Congreso, de alguna dirección de temas sin importancia, o del edificio Alles, el mítico centro de esparcimiento de abogados, políticos y hasta periodistas, en fines de semana.
“Muchos se quedan por acá, nada más tomando café. Otros sólo nos vienen a hacer la ‘barba’ para que hablemos bien de ellos, y se van a decir lo mismo en el resto de los puestos, o en otras oficinas donde ni los quieren”, decían entre risas.
Al analizar esas rutas, aprendidas con Lolita y doña Mago, hoy creo que el tiempo tiene una estancia igual a la pasada en las llamadas “redes sociales”: rutear con formas diferentes pero sin fondo; parlotear con video-diálogos menos entretenidos que los imaginados por Moisés en el Sinaí; caminar sin caminos precisos, para matar el tiempo en lo que se cobran favores, el “chayo” y la nómina.
Doña Mago es una más de mis entrañables ausencias.
Lolita, que a sus 64 años lucía como una linda niña regordeta, también es hoy una de mis entrañables ausencias, ya hace más de 30 años.
Murió sola y sólo pudo asistirla su discreta y amorosa hermana.
Sola sobre un catre, en la víspera de las navidades, en su silencio inocente tan infantil.
Lolita.


