Notas para una defensa de emergencia
Silvino Vergara Nava correo: [email protected] web: parmenasradio.org
“El Estado tecnocrático hace desaparecer
la buena literatura… eliminar todo
rastro del pasado, toda memoria de un tiempo
de libertad y de vidas con sentido”
Jordi Pigem
“¡Los libros impresos se niegan a morir!”, un grito –más que de guerra– de desesperación, ante la vorágine que voy nos toca vivir con las redes sociales, los medios electrónicos, etcétera.
Actualmente, con la tecnología de la información, que ha llegado a niveles inimaginables y sorprendentes, está provocando que muchos de los sistemas y esquemas anteriores a esta tecnología vayan despareciendo o convirtiéndose inoperantes para el dinamismo actual.
Tal es el caso de los libros impresos, que alguna vez fueron fieles compañeros en los viajes, en los hospitales, en los salones de clase y de lectura, en las bibliotecas y en las noches prolongadas de lectura, que se han ido diluyendo.
Han desaparecido aquellos tiempos, hasta la década de los 80, en que se vendían los libros a los profesores de las primarias y secundarias para que se ilustraran de los conocimientos nuevos. La costumbre que se tenía en las casas de los profesores y muchos profesionistas en general, en la adquisición de grandes enciclopedias que, incluso, se vendían en abonos, debido al alto costo que tenían.
Todavía, hasta mediados de los 90 del siglo pasado se vieron los últimos vendedores de libros casa por casa o visitando oficinas de los profesionistas. Hoy, son una anécdota más de la historia de aquellas profesiones y oficios que se han ido esfumando con el paso del tiempo.
¿Se puede aún recordar esos tiempos en donde se vendían los libros a plazos y se controlaban los pagos con las denominadas “letras”?
No queda nada de esas prácticas que se presentaban ante la impotencia de poder colocar sus obras las pequeñas editoriales en las librerías, para no ser presa de esas grandes cadenas de librerías, que es bien sabido que los libros impresos llegan a consignación y por ello es que muchos de éstos no se venden, solamente se deterioran y posteriormente se regresan a las editoriales.
Simplemente por recordar a esos vendedores de libros de casa por casa, hay que citar la historia en Argentina de las denominadas “Abuelas de la Plaza de Mayo”, quienes buscaban a sus hijas y a sus nietas que fueron sustraídas de sus hogares por los gobiernos militares de las décadas de los 70 a los 80 del siglo pasado.
Mujeres que se hacían pasar por vendedoras de libros infantiles, para poder entrar a las casas y tener la oportunidad de ver a los niños, para constatar si eran aquellos nietos que estaban buscando.
También están las anécdotas de la quema de libros por parte de los nazis, que en parte fueron rescatados miles de ellos, por el ejército japonés, quienes se llevaron los libros a las bibliotecas de las universidades de su nación y, por ello, en parte es la trascendencia de algunas de las universidades del país de oriente.
Llegaron a considerarse tan importantes los libros impresos, que se trataron más como un patrimonio cultural que un patrimonio económico de las personas. Basta con remitirnos a la legislación fiscal mexicana que, en el caso de los adeudos fiscales, está determinado que los libros son inembargables. A ese grado de importancia llegan esos libros impresos, porque su valor es más cultural y, por ello, supera su valor económico.
Pero hay un riesgo muy grave que pocos lo perciben por la cotidianeidad, que amplía un riesgo mayor que no se ha dimensionado y que consiste en la desaparición de los libros impresos y todo lo que representa, desde lo económico hasta el deterioro de la cultura actual.
Pocos nos hemos puesto a pensar lo que implica la venta de un libro impreso, sobre todo excluyéndolo de las grandes cadenas de librerías que hay en el territorio nacional, que no pasan de tres, pero que han monopolizado el mercado, por lo que las editoriales trabajan al ritmo de esas grandes cadenas y, como consecuencia, sus escritores están obligados más a escribir que a pensar lo que escriben. A lo cual hay que añadir que lo que se vende, lo que se comercializa en la mayoría de las ocasiones, son los libros de la vida rosa, de superación personal, de salud mental y física, etcétera, por lo que los libros impresos clásicos o los extraordinarios que solamente alcanzaron una edición, que están en los anaqueles de las casas de los abuelos, corren el riesgo de desaparecer para siempre, pues los herederos prefieren venderlos por kilo, tirarlos, dejarlos un buen día en una esquina, que donarlos a un sitio en donde se puedan, por lo menos, conservar.
Y eso no es nada, esta desaparición de libros impresos alcanza también las propias librerías pequeñas, las que no son cadenas nacionales y que requerían adquirir los libros de las grandes editoriales y, en muchas ocasiones, extranjeras. Estas librerías, han quebrado y desapareado de los centros históricos de las ciudades, otras más, cientos de ellas, las ubicadas en los centros comerciales han sido cerradas o traspasadas. ¿Dónde quedaron los miles de libros que no se lograron vender?
¿Qué ha pasado con las editoriales pequeñas? Pues han corrido con la misma suerte, han desparecido y su maquinaria, en el mejor de los casos, se ha vendido como “fierro viejo”, en otras, fueron materia de algún embargo laboral, fiscal, mercantil o pudieron correr con la suerte de seguir funcionado por allí o han servido sus piezas como refacciones.
De las bibliotecas y los salones de lectura, de esos es mejor, ya ni mencionarlos, propiamente se han sepultado, no queda más de esos lugares que si bien, no se logró que fuera cotidiana la visita en ellas.
Por lo menos, se sabía que acudían regularmente profesores, alumnos y demás interesados en consultar libros impresos.
Hoy ya no es así, en muchas escuelas y universidades ya ni existen las bibliotecas, en algunas otras solamente se trata de un lugar que no se conoce, ni por los profesores y menos aún por los alumnos.
Habría que ir considerando para los que valoran el riesgo de que desaparezcan los libros impresos, que en aquellos tiempos denominados como “el oscurantismo europeo”, después de la caída del Imperio Romano, en donde los libros de aquellos tiempos medievales se lograron conservar y rescatar, porque se guardaron en las bibliotecas de los monasterios, templos, abadías, conventos, parroquias, por ende, muchos de ellos se salvaron de las guerras, invasiones, incendios, etcétera, lo que permitió conocer hasta nuestros días esa cultura premoderna. Pero, hoy ya no hay más esos sitios.
¿Dónde se resguardarán los libros de esa guerra e invasión tecnológica actual?
No obstante esta realidad, aún pareciera que ¡los libros impresos se niegan a morir!


