Por: Antonio Peniche García
La otra cara de la moneda
(Primera de dos partes)
La política es el camino para que los hombres sin principios puedan dirigir a los hombres sin memoria
Voltaire
El Príncipe, Capítulo XXI; “Cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado”. Cito textualmente a Nicolás Maquiavelo:
“Nada hace tan estimable a un príncipe como las grandes empresas y el ejemplo de raras virtudes. Prueba de ello es Fernando de Aragón, actual rey de España, […].
Sus obras, […], han sido grandes y algunas extraordinarias […]. Con dinero del pueblo y de la Iglesia pudo mantener sus ejércitos […].
Más tarde, para poder iniciar empresas de mayor envergadura, se entregó, sirviéndose siempre de la Iglesia, a una piadosa persecución y despojó y expulsó de su reino a los marranos. No puede haber ejemplo más admirable y maravilloso”.
Esto lo redactó el célebre escritor florentino alrededor de los años 30 del siglo XVI.
¿Qué sucedería si alguien se atreviese a publicar unas líneas similares hoy en día?
“Con dinero del pueblo y de la Iglesia pudo mantener sus ejércitos…” A ese “príncipe” no lo bajarían de radical, tirano clerical y abusador.
“…sirviéndose siempre de la Iglesia, a una piadosa persecución”. Vaya contradicción. Primero utilizó a la Iglesia o, mejor dicho, apoyado por la Inquisición de esa época, lanzó una “piadosa” persecución.
Me puedo imaginar lo “piadosa” que fue.
Por decir lo menos, fueron actos brutales cometidos alrededor de una barbarie épica, totalmente injusta y terrorífica para defenestrar a los judíos sefarditas que habían sido obligados a convertirse al cristianismo.
La cruel ola de disturbios se extendió por toda España. El desmesurado odio tenía que ver con que eran ricos y tenían gran influencia en la corte del rey, en asuntos del Estado y la Iglesia.
Con el fin de evitar ser perseguidos, muchos judíos se convirtieron de verdad (Conversos) y otros en apariencia (los llamados Marranos-Anusim).
La Inquisición estaba convencida de que solamente la expulsión total de los judíos de España podría poner fin a la influencia judía en la vida civil del país. La pureza de la fe se convirtió en la política nacional del régimen católico.
Como consecuencia, a finales del siglo XV los judíos fueron expulsados de la Península Ibérica, con nefastas consecuencias.
En tiempos actuales, ambos gobiernos, tanto el español como el portugués, han impulsado políticas para abrir la nacional española o portuguesa, a descendientes de los judíos expulsados de esos tiempos.
Y como colofón de esa “sensata” cita de El Príncipe, el autor nos recita: “No puede haber ejemplo más admirable y maravilloso”.
“Maravilloso” e increíble es que uno de los pensadores más conocidos del mundo occidental haya aplaudido, externado y alabado abiertamente esa clase de actos atroces y en exceso violentos e inmorales.
¿Qué pensaría el ecumenismo, líderes mundiales, corrientes pacifistas y humanitarias, de estas líneas, en tiempos actuales?
Seguramente se horrorizarían. Con justa razón.
Sin embargo, como recientemente me comentara en una interesante plática, el amigo periodista Zeus Munive:
“La información sin contexto es un bombardeo a la mente que provoca rechazo. No se puede entender una realidad sin contexto”.
Es indudable que, al escritor, pensador, actor, experimentador de acciones, agente de causas y sufridor o gozador de sus consecuencias, hay que entenderlo como hombre de su tiempo… y de sus circunstancias. Ya lo dijo el filósofo español Ortega y Gasset.
Desde mi personal punto de vista, Maquiavelo ha sido uno de los grandes escritores del pensamiento político más mal entendidos.
De entrada, el análisis fundamental debe basarse en comprender a quién le está dirigiendo El Príncipe –Lorenzo de Médicis–; de quién aprendió –César Borgia, su experiencia y sus lecturas–; en dónde fue testigo de los hechos –Florencia y sus viajes como canciller– y qué circunstancias rodeaban al autor –época convulsa, guerras por doquier–.


