Escapadas
Alejandro Cañedo Priesca
Conocí Morelia en los años setenta, cuando aún no era reconocida como Ciudad Patrimonio de la Humanidad… pero ya se sentía. Su traza virreinal, su elegancia arquitectónica, su ambiente tranquilo y señorial, todo apuntaba a que algún día recibiría ese reconocimiento internacional. Acompañé a mi papá —agente de viajes— en un largo recorrido desde Puebla para revisar hoteles donde se celebraría una convención. Era una época sin las autopistas de hoy, así que el viaje fue largo, pero valió cada minuto.
Nos hospedamos en un hotel cerca del Zócalo, y para mí fue una experiencia inolvidable. Desde entonces, Morelia quedó grabada en mi memoria como una ciudad distinta, llena de historia y con un encanto especial. Volví muchos años después, ya en tiempos recientes, y me encontré con una Morelia que se conserva apacible, moderna y orgullosa de su legado. Sus habitantes cuidan su ciudad y celebran lo que tienen: una catedral monumental con torres altísimas, museos, callejones serenos y un acueducto de más de 250 arcos que le da un perfil inconfundible.
Morelia se recorre con los ojos y con el gusto. Desde niño me encantaban los ates —sí, los ates, no frutas cristalizadas—, y cada vez que llegaban a Puebla, me transportaban al recuerdo de aquel primer viaje. Esos sabores siguen vivos y se renuevan en eventos como Morelia en Boca, donde la gastronomía de la región y del país se presenta con orgullo y creatividad.
Visitar Morelia es caminar entre cantera rosa y siglos de historia. Es perderse en sus plazas, admirar el arte virreinal, recorrer sitios como el Conservatorio de las Rosas, el Colegio de San Nicolás, la Casa de Morelos o el Santuario de Guadalupe. Es una ciudad donde se respira cultura, y donde cada regreso es una nueva manera de descubrirla.
Morelia es, sin duda, una ciudad Patrimonio de la Humanidad… y del corazón.
Viajemos juntos.


