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NISAR, el satélite que puede salvar vidas desde el espacio

Crónica Puebla por Crónica Puebla
6 agosto, 2025
en Opinión
NISAR, el satélite que puede salvar vidas desde el espacio
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Dr. José Manuel Nieto Jalil / Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Occidente. Tecnológico de Monterrey.

Desde que la humanidad logró enviar su primer artefacto más allá de la atmósfera terrestre, la mirada hacia el cielo ya no fue la misma. La mañana del 4 de octubre de 1957, el mundo presenció un evento que marcó el inicio de una nueva era: la Unión Soviética lanzaba el Sputnik 1, el primer satélite artificial de la historia. Aquel objeto esférico, de apenas 83.6 kg y equipado con un simple transmisor de radio, fue el responsable de encender la chispa de la carrera espacial y modificar para siempre la manera en que entendemos nuestro planeta y su entorno.

En las décadas que siguieron, el espacio se convirtió en una extensión estratégica, científica y tecnológica del ser humano. Estados Unidos respondió rápidamente con el lanzamiento del Explorer 1 en 1958, que no solo orbitó la Tierra, sino que proporcionó el primer gran hallazgo científico desde el espacio: el descubrimiento de los cinturones de radiación de Van Allen. Así, los satélites pasaron de ser símbolos geopolíticos a convertirse en herramientas esenciales para el avance del conocimiento y el bienestar humano.

Durante los años 60 y 70, los satélites expandieron sus funciones hacia la comunicación, la navegación, el monitoreo meteorológico y la observación terrestre. Misiones como las de los satélites TIROS de la NASA ofrecieron las primeras imágenes meteorológicas desde el espacio, mientras que los sistemas de posicionamiento global, con el desarrollo del GPS, transformaron la forma en que nos ubicamos y desplazamos sobre el planeta. 

A lo largo del siglo XXI, los satélites se han vuelto más pequeños, eficientes e inteligentes. Con el surgimiento de constelaciones de satélites como Starlink, la conectividad global ha alcanzado rincones antes inaccesibles. Al mismo tiempo, las misiones científicas de observación terrestre han escalado su precisión hasta niveles milimétricos, convirtiéndose en guardianes silenciosos del cambio climático, la deforestación, el deshielo de los polos y el crecimiento urbano descontrolado.

Sin embargo, el verdadero poder de estas plataformas orbitales se manifiesta cuando colaboran más allá de fronteras políticas. Una prueba contundente de esto es la Misión de Radar de Apertura Sintética NASA-ISRO (NISAR), recientemente lanzada desde el Centro Espacial Satish Dhawan en la India. Esta ambiciosa iniciativa conjunta entre la NASA y la Organización de Investigación Espacial de la India (ISRO) marca un hito en la cooperación científica internacional, al crear el primer satélite de radar totalmente binacional con un objetivo claro: observar y entender los movimientos casi imperceptibles de la superficie terrestre.

NISAR representa una joya tecnológica sin precedentes. Equipado con dos sistemas de radar de apertura sintética (SAR), uno en banda L desarrollado por el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, y otro en banda S suministrado por la ISRO, el satélite tiene la capacidad de registrar detalles con una resolución que desafía la intuición humana. Gracias a estas longitudes de onda, el radar puede atravesar las nubes, operar en la oscuridad total y detectar movimientos del terreno del orden de centímetros o incluso milímetros.

Con una órbita polar sincronizada con el Sol que le permite sobrevolar toda la superficie terrestre, NISAR orbitará 14 veces al día, escaneando toda la Tierra sólida e incluso masas de hielo cada 12 días. Esta capacidad permitirá generar un mapa dinámico y actualizado de nuestro planeta, útil para entender fenómenos como terremotos, deslizamientos de tierra, subsidencias, movimientos de glaciares, contenido de humedad en los suelos, e incluso los efectos de erupciones volcánicas.

Pero NISAR va mucho más allá de la vigilancia geológica. Su radar de banda S, con una longitud de onda más corta, está calibrado para captar los detalles más finos de la superficie terrestre, como la rugosidad del terreno, el crecimiento de cultivos y los cambios en humedales y bosques. De forma complementaria, la banda L puede penetrar el follaje denso y revelar la estructura forestal o detectar desplazamientos de roca y suelo en zonas de alto riesgo.

La misión, cuyo desarrollo comenzó en 2014 a raíz de las recomendaciones del estudio decenal de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos., simboliza más que una proeza tecnológica: es un acto de diplomacia científica. El satélite fue ensamblado a través de miles de kilómetros, con equipos que colaboraron a pesar de los desafíos impuestos por la pandemia global. La construcción se repartió entre laboratorios de California y centros tecnológicos en la India, con frecuentes intercambios, visitas y videoconferencias a altas horas de la noche.

El resultado de esta colaboración es un instrumento del tamaño de una camioneta que podría revolucionar la forma en que el mundo se prepara ante desastres naturales. Los datos recolectados por NISAR, que serán públicos y accesibles en tiempo real, permitirán afinar los modelos predictivos y tomar decisiones informadas sobre infraestructura, agricultura, recursos hídricos y resiliencia urbana. Su capacidad para medir deformaciones sutiles en el terreno puede anticipar fallas geológicas críticas, como aquellas que preceden a terremotos o colapsos de presas.

Uno de los aspectos más transformadores del avance satelital ha sido la democratización del conocimiento. Misiones como Landsat, Sentinel o Terra han generado enormes bases de datos que están disponibles de forma gratuita para investigadores, gobiernos y ciudadanos del mundo entero. Esto ha permitido, por ejemplo, que comunidades rurales detecten cambios en sus cuerpos de agua o que científicos identifiquen patrones de deforestación ilegal en tiempo casi real.

El acceso libre a estos datos ha motivado el surgimiento de plataformas de ciencia ciudadana y empresas emergentes que desarrollan algoritmos de inteligencia artificial para interpretar imágenes satelitales con fines tan diversos como optimizar cultivos, prevenir incendios o estimar el crecimiento urbano desordenado. La intersección entre espacio, datos y algoritmos está generando un nuevo ecosistema donde la tecnología orbital impulsa la sostenibilidad terrestre.

El diseño de NISAR refleja una madurez tecnológica que combina precisión con adaptabilidad. A diferencia de los satélites ópticos, que dependen de condiciones de iluminación y cielo despejado, los radares de apertura sintética (SAR) pueden operar sin importar la hora del día ni las condiciones climáticas. Esta capacidad garantiza una continuidad crítica en la observación, clave para modelos climáticos, análisis de riesgos o la planificación de obras civiles de gran escala.

En el ámbito de los desastres naturales, NISAR permitirá, por primera vez, monitorear en tiempo casi real deformaciones del terreno que preceden a terremotos, colapsos o deslaves. Esta anticipación no solo tendrá valor científico, sino que podrá salvar vidas al alertar a comunidades vulnerables antes de que ocurra un evento catastrófico. Lo que antes era invisible para nuestros ojos, ahora será medido, modelado y comunicado con una precisión sin precedentes.

La misión también tendrá implicaciones directas para la gestión del agua y la seguridad alimentaria. Mediante el monitoreo del contenido de humedad del suelo, los agricultores y autoridades podrán tomar decisiones más informadas sobre siembra, riego o cosecha. En zonas propensas a sequías, este conocimiento representa una ventaja estratégica frente al cambio climático. Asimismo, el seguimiento de glaciares y capas de hielo aportará insumos cruciales para los modelos que proyectan el ascenso del nivel del mar.

La cooperación internacional que hizo posible NISAR también ofrece una lección valiosa. En un contexto global donde la competencia espacial parece reavivarse, esta misión demuestra que la colaboración científica puede trascender intereses políticos, y que la ciencia tiene el poder de unir naciones con un objetivo común: preservar nuestro planeta. Es el ejemplo de cómo el espacio no solo sirve para mirar hacia fuera, sino también para mirar con mayor claridad hacia adentro.

El satélite en sí es un prodigio de la ingeniería: su enorme antena desplegable, su sofisticado sistema de comunicación y su diseño modular reflejan años de pruebas, simulaciones y cooperación bilateral. El hecho de que haya sido ensamblado entre California y Bengaluru, superando barreras lingüísticas, logísticas y hasta una pandemia global, habla del espíritu resiliente de la ciencia moderna.

Etiquetas: opinión

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