Manuel Martínez Benítez
Cada 14 de junio se conmemora el Día Mundial del Donante de Sangre, una fecha para agradecer a quienes, con un gesto tan sencillo como generoso, salvan vidas al compartir su sangre. En México, esta celebración también sirve como recordatorio de una realidad compleja: todavía nos falta mucho por avanzar en la cultura de la donación voluntaria.
En los hospitales del país, la sangre es una necesidad diaria. Ya sea para mujeres con complicaciones en el parto, niños con enfermedades graves o personas que han sufrido accidentes, una transfusión puede significar la diferencia entre vivir o no. Sin embargo, el acceso a sangre segura depende, en gran parte, de la solidaridad de personas que, sin conocer al paciente, están dispuestas a donar.
A nivel mundial, según datos de la OMS se recolectan unos 118 millones de unidades de sangre cada año, pero su distribución es desigual. Mientras que los países ricos (que concentran solo el 16% de la población mundial) aportan el 42% de esas unidades, los países de bajos ingresos luchan para atender siquiera lo básico. En esas naciones, más de la mitad de las transfusiones se destinan a menores de cinco años; en los países desarrollados, el 75% es para personas mayores de 65.
México se encuentra a medio camino entre ambos extremos. Aunque no somos un país pobre, enfrentamos desafíos propios: falta de educación sobre el tema, muchos mitos alrededor de la donación y un sistema fragmentado que dificulta que más personas se conviertan en donantes habituales.
El número de unidades recolectadas anualmente en México ronda entre 1.1 y 1.6 millones. En 2023 se alcanzaron los 1.6 millones, una cifra alentadora tras el bajón ocasionado por la pandemia. Aun así, el problema es que casi el 92% de esas donaciones se hacen bajo el modelo de reposición: familiares o amigos que acuden a donar cuando un ser querido lo necesita. Solo el 8.3% fue voluntaria y altruista. En comparación, países como Argentina y Nicaragua ya logran el 100% de donaciones voluntarias, y Colombia, que hace dos décadas estaba como México, hoy supera el 90%.
Esa diferencia no es menor. En México, muchas familias enfrentan verdaderas odiseas para conseguir sangre cuando alguien cercano la necesita. Y eso no solo es estresante, también es riesgoso: las transfusiones de último minuto pueden presentar mayores probabilidades de infecciones y son más costosas. Además, la presión de donar puede hacer que algunos oculten información importante sobre su salud.
Por eso, la OMS recomienda que toda la sangre que se usa en un país provenga de donantes voluntarios. Es la única manera de garantizar una red estable, segura y solidaria. En México, parte del problema también radica en la estructura: hay más de 550 bancos de sangre autorizados, pero muchos son pequeños y no recolectan lo suficiente para abastecer de forma eficiente. En lugar de tener centros regionales fuertes, el país está lleno de unidades que trabajan casi en solitario, dependiendo de la urgencia del momento.
Aunque México técnicamente cumple con ciertos estándares de donación por habitante, esas cifras pueden ser engañosas. Se alcanza el volumen, sí, pero a costa de donaciones por emergencia, no planificadas ni recurrentes. Antes del COVID-19, se calculaba que México necesitaba unos 4 millones de litros de sangre al año; en 2019 apenas se recolectaron 2.6 millones, y la cifra cayó a 1.6 millones tras la pandemia. Eso se traduce en cirugías aplazadas, tratamientos retrasados y pacientes esperando una mano amiga que quizás nunca llegue a tiempo.
¿Por qué cuesta tanto lograr más donaciones voluntarias? En gran parte, por desconocimiento. Muchas personas ni siquiera saben que pueden donar de forma regular. Otras tienen miedo por mitos falsos: que si van a engordar, que si se van a sentir mal, que si la aguja puede contagiar algo. A esto se suma la desinformación sobre quién puede o no donar. Gente con tatuajes, menstruando o que pertenece a ciertas comunidades cree, erróneamente, que no puede hacerlo. Durante mucho tiempo, las propias políticas reforzaron estas creencias con preguntas discriminatorias en los formularios.
Por fortuna, esto está empezando a cambiar. Hoy, las autoridades sanitarias han actualizado los criterios para aceptar donantes, enfocándose solo en aspectos médicos reales y dejando fuera prejuicios. Campañas como «Tener un tatuaje no impide donar» o «Estar menstruando no es una barrera» buscan revertir esa desinformación.
En medio de la pandemia, en 2020, México alcanzó su máximo histórico de donación voluntaria: 8.5%. Aunque luego bajó, la recuperación ha sido constante. Solo entre 2022 y 2023, más de 32 mil personas se sumaron como donantes altruistas.
Y hay esfuerzos que valen la pena destacar. Durante la Semana Nacional de la Transfusión Sanguínea, del 10 al 14 de junio, se hacen campañas especiales en todo el país. La Cruz Roja Mexicana, por su parte, lanzó la campaña «Salvar vidas lo llevas en la sangre» y planea abrir nuevos bancos y unidades móviles para acercarse más a la gente.
Algunos estados están marcando la pauta: Durango, San Luis Potosí y Chihuahua ya tienen tasas de donación voluntaria mucho mayores que el promedio nacional. Otros, como Puebla o Jalisco, aún están rezagados, pero han comenzado a implementar acciones locales para cambiar eso: charlas en escuelas, monumentos iluminados de rojo, y más visibilidad para el tema.
En este 2025, hablar de donación de sangre en México es hablar de contrastes. Tenemos la capacidad técnica, el personal capacitado y el conocimiento para hacerlo bien. Pero aún nos falta dar el paso más difícil: convertir la donación en una costumbre, no en una urgencia. Porque donar sangre es, al final, un acto de amor anónimo. Un regalo que no espera nada a cambio, pero que puede significar todo para alguien más.
En este Día Mundial del Donante de Sangre, el mejor homenaje que podemos rendir es sumarnos, que no esperemos a una emergencia de nuestra familia, que la próxima vida salvada sea gracias a una decisión tomada con calma, generosidad y convicción.
Porque entre una desgracia y un milagro puede haber solo 450 mililitros de diferencia.


