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Posible quinta ola de COVID-19

Crónica Puebla por Crónica Puebla
7 julio, 2022
en Opinión
Posible quinta ola de COVID-19
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Por: José Manuel Nieto Jalil/Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Sur
Tecnológico de Monterrey Campus Puebla

La pandemia de COVID-19 sigue presente en el mundo y ha superado el argumento de cualquier película de calamidad. Las cifras oficiales reportadas por el Centro de Ciencia e Ingenieria de Sistemas de la Universidad Johns Hopkins (https://systems.jhu.edu/), reportan hasta el pasado sábado un total de 548 millones 520 mil 819 casos confirmados y 6 millones 337 mil 977 casos de muertes en todo el planeta. En la misma página, México ocupa el lugar número 13 con 6 millones 58 mil 689 casos y 325 mil 747 muertos a causa del coronavirus. Particularmente, en Puebla siguen repuntando los contagios de COVID-19 en los últimos días por lo que algunos lo consideran como el inicio de la quinta ola de la pandemia.

Estos datos me hacen recordar el ar­tículo del virólogo Nathan D. Grubau­gh, investigador en la Escuela de Medici­na de Yale, cuando publicó en la presti­giosa revista Nature Microbiology un ar­tículo explicando que las mutaciones ra­ramente tienen un efecto importante en una epidemia definiendo estos cambios como una consecuencia inevitable de ser un virus y que particularmente en un vi­rus cuyo material genético es el ARN (no el ADN, como los animales o las plantas), tal como le ha estado pasando al virus que produce el COVID-19.

El científico explica que las mutaciones son un aspecto rutinario en la vida de un virus cuyo material genético es el ARN y que ellos son especialmente indolen­tes a la hora de hacer copias de su mate­rial genético, una operación necesaria pa­ra multiplicarse e infectar, por lo que van acumulando fallos, auténticas erratas en sus secuencias genéticas, a las que tam­bién podemos llamar mutaciones.

Adicionalmente, destaca que estas mutaciones tienen de su lado la fuerza de los números. Mientras que un huma­no necesita décadas y mucho esfuerzo para reproducirse, un virus puede mul­tiplicarse en cuestión de horas y además puede replicarse miles de veces en cada célula de una persona infectada. Sin em­bargo, estos cambios no harán a los virus más letales, puesto que la alta virulencia puede reducir la transmisibilidad del vi­rus, es decir, si un virus deja a una perso­na agonizante o directamente muerta, es muy probable que el patógeno deje me­nos descendientes capaces de seguir in­fectando y que con el tiempo lo más pro­bable es que el virus pierda severidad y se convierta en un patógeno estacional, re­currente cada invierno. La realidad has­ta ahora ha sido un incremento de conta­gios y de fallecidos.

Hoy en día la esperanza de la huma­nidad sigue centrada en dos aspectos: la primera en continuar con la aplicación de vacunas que en la actualidad se han apli­cado 11 mil 751 millones 24 mil 676 do­sis de vacuna y la segunda, y por ahora la más importante, es la capacidad del siste­ma inmunológico como primera línea de defensa y el único hasta ahora capaz de protegernos contra el virus y que por su­puesto muchos centran sus esperanzas en que logre vencer la guerra que se está produciendo entre el sistema inmunoló­gico y el COVID-19.

Hasta ahora no existe un estudio lo su­ficientemente robusto para saber en qué forma responde nuestro sistema inmuno­lógico frente al COVID-19. Nuestro siste­ma está formado por una red muy com­pleja de células de distintos tipos que es­tán interconectadas entre sí, algunas de ellas son capaces de atacar a los patóge­nos y otras que funcionan como líderes y son capaces de guiar a sus compañeras. En paralelo todas ellas liberan una gran variedad de sustancias que interfieren con los agresores, que piden refuerzos o que activan la inflamación.

Diferentes estudios realizados en va­rios países destacan, que algunas perso­nas infectadas por el COVID-19 no repor­tan síntomas o estos han sido muy leves, en parte porque la respuesta inmunita­ria innata, genérica y rápida, ha sido su­ficiente para contener al virus, otro as­pecto estudiado y que se está teniendo en cuenta en los diferentes estudios está refe­rido al grado de protección en la que que­dan las personas que estuvieron en con­tacto con el virus y por cuánto tiempo. Es­te aspecto es sumamente importante para las diferentes vacunas desarrolladas y así poder desarrollar una vacuna duradera.

En la prestigiosa revista Science apa­rece un artículo donde científicos del Ins­tituto de Inmunología de La Jolla, en Ca­lifornia de Estados Unidos, reportan que los linfocitos T dotados de memoria pue­den reconocer un antígeno introducido al cuerpo durante una infección o vacu­nación anterior y que de la misma for­ma que generan una respuesta al catarro también son capaces de reconocen al CO­VID-19, por lo que se puede inferir que el catarro puede tener cierto papel protec­tor y en cierta medida puede explicar el hecho de que algunas personas muestren síntomas más leves o moderados mien­tras que otros enferman de forma muy severa. Sin embargo, destacan que no se ha demostrado que las personas con lin­focitos T de memoria, estén protegidas ac­tualmente frente al COVID-19.

En paralelo, diferentes medios infor­man que las personas mayores son más sensibles y que la enfermedad puede ser más severa en ellos y sobre todo por la presencia de otras enfermedades. Otra di­rección es el papel que pueden jugar los diferentes grupos sanguíneos. Entre los resultados más destacados se encuentra el que señala que el mayor marcador ge­nético de susceptibilidad al COVID-19 es el cromosoma Y, particularmente, la sus­ceptibilidad es dos veces mayor en hom­bres. Entre las causas, puede estar la ma­yor tendencia que tienen los varones a ex­perimentar respuestas inflamatorias exa­cerbadas. Esto favorecería las tormentas de citoquinas, en las que el COVID-19 dis­para una respuesta inmune dañina para el cuerpo y que puede ser letal.

Por último, científicos de la Universi­dad del Noroeste, en Estados Unidos, han descubierto un nuevo punto débil en la famosa proteína S o proteína de la espí­cula, la gran molécula a través de la cual el COVID-19 reconoce a las células hu­manas y se adentra en ellas. El hallazgo inaugura una nueva posible vía de trata­miento y ha sido publicado recientemen­te en la revista ACS Nano. Por lo pronto, mientras no obtengamos una vacuna du­radera, dormir bien, no estar estresado, tener una dieta variada, realizar un ejer­cicio moderado, evitar el alcohol en ex­ceso, el tabaco y otras sustancias tóxicas mantienen en muy buen estado el siste­ma inmunitario; por el contrario, la an­siedad libera un inmunosupresor natu­ral: el cortisol. Por ello, conviene contro­lar los hábitos y contrarrestar los efectos de la pandemia.

¿Cuál es la mayor preocupación hasta ahora? Que hallamos cumplido las nor­mas de cuidado desde que se aplicaron medidas de protección y de alguna forma hayamos sido el escudo contra una mayor propagación del virus. O por el contrario, que en la actualidad bajemos la guardia y provoquemos unos niveles muy altos de transmisión comunitaria, muy difícil de controlar. Tenemos que ser consciente de los riesgos. Lo malo no es ser susceptible al coronavirus, sino propagarlo. Es funda­mental pensar de forma colectiva y no só­lo en sí mismos.


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