Por: José Manuel Nieto Jalil/Director del Departamento Regional de Ciencias en la Región Centro-Sur
Tecnológico de Monterrey Campus Puebla
La pandemia de COVID-19 sigue presente en el mundo y ha superado el argumento de cualquier película de calamidad. Las cifras oficiales reportadas por el Centro de Ciencia e Ingenieria de Sistemas de la Universidad Johns Hopkins (https://systems.jhu.edu/), reportan hasta el pasado sábado un total de 548 millones 520 mil 819 casos confirmados y 6 millones 337 mil 977 casos de muertes en todo el planeta. En la misma página, México ocupa el lugar número 13 con 6 millones 58 mil 689 casos y 325 mil 747 muertos a causa del coronavirus. Particularmente, en Puebla siguen repuntando los contagios de COVID-19 en los últimos días por lo que algunos lo consideran como el inicio de la quinta ola de la pandemia.
Estos datos me hacen recordar el artículo del virólogo Nathan D. Grubaugh, investigador en la Escuela de Medicina de Yale, cuando publicó en la prestigiosa revista Nature Microbiology un artículo explicando que las mutaciones raramente tienen un efecto importante en una epidemia definiendo estos cambios como una consecuencia inevitable de ser un virus y que particularmente en un virus cuyo material genético es el ARN (no el ADN, como los animales o las plantas), tal como le ha estado pasando al virus que produce el COVID-19.
El científico explica que las mutaciones son un aspecto rutinario en la vida de un virus cuyo material genético es el ARN y que ellos son especialmente indolentes a la hora de hacer copias de su material genético, una operación necesaria para multiplicarse e infectar, por lo que van acumulando fallos, auténticas erratas en sus secuencias genéticas, a las que también podemos llamar mutaciones.
Adicionalmente, destaca que estas mutaciones tienen de su lado la fuerza de los números. Mientras que un humano necesita décadas y mucho esfuerzo para reproducirse, un virus puede multiplicarse en cuestión de horas y además puede replicarse miles de veces en cada célula de una persona infectada. Sin embargo, estos cambios no harán a los virus más letales, puesto que la alta virulencia puede reducir la transmisibilidad del virus, es decir, si un virus deja a una persona agonizante o directamente muerta, es muy probable que el patógeno deje menos descendientes capaces de seguir infectando y que con el tiempo lo más probable es que el virus pierda severidad y se convierta en un patógeno estacional, recurrente cada invierno. La realidad hasta ahora ha sido un incremento de contagios y de fallecidos.
Hoy en día la esperanza de la humanidad sigue centrada en dos aspectos: la primera en continuar con la aplicación de vacunas que en la actualidad se han aplicado 11 mil 751 millones 24 mil 676 dosis de vacuna y la segunda, y por ahora la más importante, es la capacidad del sistema inmunológico como primera línea de defensa y el único hasta ahora capaz de protegernos contra el virus y que por supuesto muchos centran sus esperanzas en que logre vencer la guerra que se está produciendo entre el sistema inmunológico y el COVID-19.
Hasta ahora no existe un estudio lo suficientemente robusto para saber en qué forma responde nuestro sistema inmunológico frente al COVID-19. Nuestro sistema está formado por una red muy compleja de células de distintos tipos que están interconectadas entre sí, algunas de ellas son capaces de atacar a los patógenos y otras que funcionan como líderes y son capaces de guiar a sus compañeras. En paralelo todas ellas liberan una gran variedad de sustancias que interfieren con los agresores, que piden refuerzos o que activan la inflamación.
Diferentes estudios realizados en varios países destacan, que algunas personas infectadas por el COVID-19 no reportan síntomas o estos han sido muy leves, en parte porque la respuesta inmunitaria innata, genérica y rápida, ha sido suficiente para contener al virus, otro aspecto estudiado y que se está teniendo en cuenta en los diferentes estudios está referido al grado de protección en la que quedan las personas que estuvieron en contacto con el virus y por cuánto tiempo. Este aspecto es sumamente importante para las diferentes vacunas desarrolladas y así poder desarrollar una vacuna duradera.
En la prestigiosa revista Science aparece un artículo donde científicos del Instituto de Inmunología de La Jolla, en California de Estados Unidos, reportan que los linfocitos T dotados de memoria pueden reconocer un antígeno introducido al cuerpo durante una infección o vacunación anterior y que de la misma forma que generan una respuesta al catarro también son capaces de reconocen al COVID-19, por lo que se puede inferir que el catarro puede tener cierto papel protector y en cierta medida puede explicar el hecho de que algunas personas muestren síntomas más leves o moderados mientras que otros enferman de forma muy severa. Sin embargo, destacan que no se ha demostrado que las personas con linfocitos T de memoria, estén protegidas actualmente frente al COVID-19.
En paralelo, diferentes medios informan que las personas mayores son más sensibles y que la enfermedad puede ser más severa en ellos y sobre todo por la presencia de otras enfermedades. Otra dirección es el papel que pueden jugar los diferentes grupos sanguíneos. Entre los resultados más destacados se encuentra el que señala que el mayor marcador genético de susceptibilidad al COVID-19 es el cromosoma Y, particularmente, la susceptibilidad es dos veces mayor en hombres. Entre las causas, puede estar la mayor tendencia que tienen los varones a experimentar respuestas inflamatorias exacerbadas. Esto favorecería las tormentas de citoquinas, en las que el COVID-19 dispara una respuesta inmune dañina para el cuerpo y que puede ser letal.
Por último, científicos de la Universidad del Noroeste, en Estados Unidos, han descubierto un nuevo punto débil en la famosa proteína S o proteína de la espícula, la gran molécula a través de la cual el COVID-19 reconoce a las células humanas y se adentra en ellas. El hallazgo inaugura una nueva posible vía de tratamiento y ha sido publicado recientemente en la revista ACS Nano. Por lo pronto, mientras no obtengamos una vacuna duradera, dormir bien, no estar estresado, tener una dieta variada, realizar un ejercicio moderado, evitar el alcohol en exceso, el tabaco y otras sustancias tóxicas mantienen en muy buen estado el sistema inmunitario; por el contrario, la ansiedad libera un inmunosupresor natural: el cortisol. Por ello, conviene controlar los hábitos y contrarrestar los efectos de la pandemia.
¿Cuál es la mayor preocupación hasta ahora? Que hallamos cumplido las normas de cuidado desde que se aplicaron medidas de protección y de alguna forma hayamos sido el escudo contra una mayor propagación del virus. O por el contrario, que en la actualidad bajemos la guardia y provoquemos unos niveles muy altos de transmisión comunitaria, muy difícil de controlar. Tenemos que ser consciente de los riesgos. Lo malo no es ser susceptible al coronavirus, sino propagarlo. Es fundamental pensar de forma colectiva y no sólo en sí mismos.


