La otra cara de la moneda
Antonio Peniche García
Dedico este artículo, principalmente, a mis amigos
arquitectos. También, a los que no lo son. Porque todos
son forjadores de sueños y creadores de realidades
Imagina en dónde estarás y así será
General Maximus Décimus Meridius,
película “Gladiador”
La arquitectura es una de las profesiones que mayor admiración me generan.
La historia de la arquitectura está ligada, irremediablemente, a la historia de la humanidad. Es significativo y notable de esta profesión que sus obras pueden llegar a trascender a los autores y al paso de los años.
El gran sabio chino Lao Tsé expresó: “La Arquitectura no son cuatro paredes y un tejado, sino el espacio y el espíritu que se genera dentro”.
Plasmar un sueño en realidad, materializar un deseo, comprender una aspiración, asimilar las emociones del cliente… es definitivamente un procedimiento profundo. Emotivo y racional a la vez.
Es un proceso que se basa en la ciencia tanto como en la intuición, afirmaría el arquitecto danés JørnUtzon, autor del proyecto de la ópera de Sidney.
El sistema creativo del arquitecto asume y debe sumergirse en la alteridad de su cliente para lograr que el sueño de este pueda verse materializado algún día.
La prospectiva y la planeación son herramientas metodológicas y promotoras de la creatividad que invitan a la construcción de ese futuro partiendo de la base de que nada está decidido y todo está por crearse.
La empatía del arquitecto es fundamental. También lo es su creatividad y asertividad para lograr expresar y darle forma a lo que el cliente quiere o presume tener en mente.
Steve Jobs, cofundador de Apple, lo expresó maravillosamente cuando dijo:
“Muchas veces la gente no sabe lo que quiere hasta que se lo enseñas”.
El diseño y la ingeniería deben trabajar en simbiosis y ninguno es más importante que el otro.
Sin embargo, está claro que, en el proceso de creación e invención del ser humano, la actividad primigenia es… SOÑAR e IMAGINAR.
Merecemos lo que soñamos. Y solamente aquellos que se atreven a soñar pueden volver sus sueños realidad. Sin sueños, viviríamos la futilidad de una existencia sin sentido, rodeados por un estéril vacío.
Por esa razón, la primera tarea a la que el arquitecto debe dedicar su tiempo con pasión y dedicación, rodeado de su equipo, es al trazo de las primeras líneas que van a buscar plasmar en papel, la aspiración de su cliente.
Acto seguido, se le presentará un anteproyecto, a través de imágenes o renders, que constituirían el primer esbozo de la interpretación de las ideas y sueños del interesado.
A partir de aquí, el dilema es encontrar el justo medio, entre las propuestas del diseño y la marca que el arquitecto quiera imprimir a su proyecto y la armonización con los particulares gustos de quien será el usuario del inmueble en cuestión.
Hasta que existe un acuerdo de ideas, una consonancia que resuene en el corazón de ambas partes, el proyecto transita a la siguiente etapa.
El despacho o taller de arquitectura envía a los ingenieros el proyecto arquitectónico consensado, a fin de desarrollar los proyectos siguientes: el estructural; el hidráulico; el sanitario; el eléctrico; el del gas y varios más.
Se establecen tiempos, costos, materiales, contrataciones, permisos… en fin, todo lo que tenga que ver con la construcción del inmueble.
Son los proyectos técnicos que forman parte del proyecto ejecutivo arquitectónico.
¿Cuál es mi punto en todo esto? ¿En dónde podemos encontrarle sentido a la analogía del desarrollo y construcción de un proyecto arquitectónico, con la visión de construir un proyecto de nación?
La metodología o el procedimiento para construir la idea, la visión o el sueño de un país, de una nación… debería de pasar por una evolución muy similar.
Es un ejercicio intelectual, amplio y dedicado. También brutal.
Soñar el país que se quiere, implica, sobre todo, tener la capacidad de escuchar. Y por supuesto tener la claridad de mente y de espíritu de establecer como objetivo supremo, la finalidad del sueño.
Unidos en el objetivo, respetando la diversidad de opiniones debería volverse la perspectiva fundamental para definir y lograr la nueva visión del país.
Estoy seguro de esto. Ninguna buena persona que se considere mexicano respondería negativamente a una pregunta tan sencilla como: “¿Desea usted el bienestar y la prosperidad para México?”.
Es posible generar unidad en torno al sueño. Pero es estéril esperar que todo mundo piense en la misma manera para lograrlo. Por eso, primero tenemos que sentarnos a la mesa y ponernos de acuerdo en qué país queremos.
El cómo viene después. Será primordial escuchar a todos los actores sociales.
Como consecuencia, generar la colaboración de personas e instituciones.
No importa su origen pero que carezcan de la miope visión del egoísmo estúpido en su alma.
Que aporten experiencia, sabiduría; que gocen de sensibilidad social y conciencia de la trascendencia humana; con capacidades intelectuales y técnicas.
Y con la magna y hermosa misión de concebir un proyecto de nación libre, equitativa, incluyente, civilizada; respetuosa de su diversidad y unida en su misión.
Proyecto para construirse en el largo plazo, durante los próximos treinta a cuarenta años. Es un tema complejo por naturaleza.
A la complejidad del mundo actual habrá que abordarla, necesariamente, con una disciplina y visión, si no integradora –porque la propia complejidad lleva en sí misma la paradoja de una imposibilidad de unificar–, sí con una estrategia multidisciplinaria e interinstitucional.
No podemos resignarnos a un saber parcelarizado; no podemos aislar un objeto del estudio de su contexto, de sus antecedentes, de su devenir, anota Edgar Morin.
Y la actitud de cómo afrontar el futuro conlleva a comprender que las verdades profundas, antagonistas unas de las otras, deben de ser complementarias, sin dejar de ser antagonistas. “No se puede reducir la fuerza de la incertidumbre y la ambigüedad”, complementa Morin.
Muchos considerarán una quimera esto. No obstante, en el mundo abundan “lecciones del espíritu quimérico”.
Iniciaré la segunda parte de este artículo, la próxima semana, con ejemplos de estas lecciones.


