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Razones para votar II

Crónica Puebla por Crónica Puebla
25 abril, 2021
en Opinión
Si buscan la reelección, en febrero dejan cargo

Foto: Agencia Enfoque/Archivo

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Iván Mercado / @ivanmercadonews / FB IvánMercado

Los contrapesos inexistentes en un sistema político y de gobierno dan como resultado el país ideal para cristalizar las transformaciones que emanan de la visión o la imaginación de un grupo de iluminados y, en el extremo, de un solo hombre que promete sin cansancio una mejor nación.

La falta de equilibrios es puerta abierta a todos los cambios que “por el bien del pueblo” sea necesario hacer; sin importar, incluso, pasar por encima de las instituciones y, por ende, de una sociedad que no ha demostrado la madurez suficiente para defender y para exigir desde las urnas.

En la nueva visión, las instituciones que con anterioridad fueron abiertamente mandadas “al diablo” por ser una ficción perniciosa, no pueden ni deben ser preservadas porque, desde esta postura absolutista, sencillamente no sirven, no funcionan para el modelo de república que se tiene proyectada en una transformación pacífica.

Sin embargo, hasta las transformaciones más simples o superficiales de país deben pasar por el tamiz de las leyes existentes a fin de garantizar la legitimidad de los cambios propuestos o de las modificaciones abiertamente  ordenadas por una sola persona.

Cuando las decisiones son acatadas a rajatabla, sin la mínima consulta, sin el más básico ejercicio de reflexión o de calculo político, entonces se rompen los límites establecidos por la misma sociedad, un pueblo supuestamente “bien representado” por un poder dotado de independencia para garantizar el sano desarrollo de la nación.

México padeció por décadas ese escenario de simulación en su división de Poderes. Desde lo más acedo y perverso del PRI se sometió a una sociedad pasiva, ignorante y sumisa a la voluntad de un grupúsculo en el poder. Así fue: aplastó una y otra vez con su mayoría incondicional desde el Legislativo.

De ahí salieron leyes absurdas, se aprobaron presupuestos ilógicos, se ordenaron cargas impositivas injustas para seguir manteniendo a un sistema político voraz que saqueó y hundió a los mexicanos en el subdesarrollo y en las multimillonarias deudas endosadas a los mexicanos de varias generaciones.

Así fue por muchos años, un México dominado desde la hegemonía de un partido que se apropió del poder por décadas, donde la oposición no existía y donde los pocos que se animaban a denunciar o a señalar los abusos sistemáticos, sencillamente eran callados o borrados de la ecuación. Las formas no importaban porque lo  elevante era cumplir la ambiciosa meta durante los siguientes seis años.

Esa fue la regla escrita y acatada por más de un siglo.

Todos los que lograron conquistar el poder sin importar las formas o las trampas para ello, sabían que lo trascendente era llegar, porque al hacerlo, se conquistaba una especie de reino sin control ni contrapesos donde  por seis años, solo por seis, imperarían la opacidad y la impunidad.

Así, la gran condición por todos aceptada, los únicos límites marcados, eran la imaginación del nuevo presidente, el tamaño de sus compromisos y eso sí, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, con su inviolable “sufragio efectivo, no reelección”.

Todos siempre supieron que en una nación de vastos recursos y habitada por un pueblo de hambrientos e ignorantes solo había una condición, una regla inviolable, inobjetable, intocable y esa era: respetar el periodo marcado por la Constitución para hacer y deshacer.

Todos siempre tuvieron claro que el tiempo permitido para saquear, para inventar, para endeudar, para simular, para experimentar y para repartir migajas a los gobernados, era solamente un sexenio; No se podía romper esa regla porque entonces se corría el riesgo de que el pueblo hambriento y cada vez más cansado, se rebelara,  quitándoles el poder a través de una votación tan abrumadora que no hubiera forma de defender la derrota.

No lo entendieron ellos, no lo entendimos todos.

El sexenio anterior gobernado por un puñado de priistas insaciables y hasta ahora intocables fue la gota que derramó el vaso de mexicanos hartos de tantos abusos y cinismo, un pueblo desesperado que decidió entregarle el poder absoluto a un hombre que desde su movimiento señaló una y otra vez los excesos de la corrupción  gobernante.

Nadie puede acusar fraude, nadie tiene elementos reales para cuestionar la fuerza ni la legitimidad que posee el mismo hombre que hoy traza y proyecta los potenciales destinos de este México tan temprana y estratégicamente dividido.

Hoy, a menos de tres años de iniciado el nuevo régimen, muchos son los que gritan y reclaman las formas y los fondos de un proyecto que nunca fue oculto, que siempre fue abiertamente expuesto y por el cual votaron millones y millones de mexicanos: la cuarta transformación de México.

En esta nueva etapa de país, donde cada vez queda más claro que el cambio de régimen es una realidad y no una promesa de campaña, las viejas y perniciosas prácticas del poder se ejercen sin empacho; de hecho, son repetidas por muchos de los que desde otros partidos políticos las impulsaron y las practicaron.

La enorme diferencia es que en esta ocasión y para muchos de estos experimentados operadores, las reglas escritas y hasta las actuales leyes, hoy no deben ser ni siquiera consideradas porque precisamente por eso votaron los mexicanos “hartos” de la misma historia.

En esta nueva etapa y con un poder ganado legítimamente en las urnas, hoy es posible romper todas las normas y rebasar todos los límites, incluida la misma Constitución, esa que todos los grupos de poder en el pasado “respetaron” para que no se rompiera el círculo perverso del abuso sistemático.

Así, bastó solo un articulo transitorio a una necesaria reforma judicial para mandar el mensaje a todos los mexicanos: el cambio está en marcha y es tan profundo que incluso la actual Constitución no es, ni será, un impedimento para intentar instaurar un nuevo régimen.

La polémica “ley Zaldívar” es apenas un botón de todo lo que cambiará en este México de incautos, conformistas e ilusos; Es una simple pero muy clara muestra de lo lejano que se aprecia ya ese país tercermundista plagado de abusos, pero también de libertades.

A partir de hoy, faltan 41 días para refrendar la confianza a un hombre que prometió un cambio radical en la vida de 120 millones de mexicanos o bien, para limitar y equilibrar el poder absoluto de que hoy se goza y se presume desde la 4T.

A estas alturas del nuevo régimen ya no hay lugar a dudas de la ruta que quiere emprender el presidente, como tampoco hay duda de que el próximo 6 de junio podría ser, para las mexicanas y los mexicanos, el último llamado a las urnas.

En esa innegable posibilidad radica la trascendencia de votar en las próximas elecciones, ya sea para reafirmar o para corregir el rumbo; pero es vital, eso sí, salir a votar como nunca antes en la historia de este cándido y crédulo país.

Etiquetas: ciudadestadoivan mercadoMéxicoopinionpaisPuebla

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