Iván Mercado / @ivanmercadonews / FB IvánMercado
Los escenarios son volátiles e insólitos en un México que, como nunca, se juega su destino en las votaciones del próximo 6 de junio. Se trata de un futuro tan inquietante que merece todas las discusiones, todas las lecturas, todos los análisis, todas la críticas, todas las defensas y todos las comparaciones.
En 32 días, las mexicanas y mexicanos libres podrían votar por última vez a través de un órgano terriblemente cuestionado por sus decisiones y de un tribunal igual de señalado por sus resoluciones, ambas instituciones falibles pero, hasta ahora, independientes.
El anuncio está hecho, las amenazas abiertas están puestas sobre la mesa y se han soltado sin ningún recato a la reacción pública: “Suerte, que estas serán las últimas votaciones que realizarán en el INE”, la advertencia, claro, no es aun órgano sino a todos los mexicanos.
El país está como nunca: dividido y polarizado entre quienes defienden fervorosamente el proyecto de una cuarta transformación pacífica y entre quienes se niegan a apoyar la visión de un solo hombre, quien con muy pocos aliados eficaces empuja insistentemente un movimiento que sea capaz de transformar a una nación acudida por la corrupción y la impunidad que imperó por años, en un país engañado, pero libre.
Los anuncios no tienen marcha atrás y el cambio de régimen va con todo por la consolidación de una república muy diferente a la que los mexicanos estábamos acostumbrados a sufrir, a vivir o a reconstruir cada seis años, justo después de los desfalcos y las infalibles deudas heredadas al pueblo que hasta ahora, no ha sabido defender a su patria.
Hoy, esa misma etiqueta de “conformistas e indiferentes” (ganada a pulso por los mexicanos en los últimos 50 años) nos ha colocado en la inquietante posición de vivir en el lumbral de un cambio, tan profundo como riesgoso para nuestra forma de vida.
Muchos afirman que es inminente el regreso a la época más oscura e impune de este país cuando el pueblo sumiso vivía, además, indefenso por un estado totalitario, persecutor e impune como lo fue, el practicado por el Revolucionario Institucional en la década de los 70.
Sin embargo, y gracias a ese mismo partido que no tuvo ningún empacho a seguir sangrando recientemente a este país de incautos desmemoriados, es que ahora, con una votación histórica, el pueblo “bueno y sabio” ha quedado atrapado en la disyuntiva de apoyar radicalmente a quien promete un cambio inimaginablemente incierto o bien votar en sentido contrario, corriendo el riesgo de regresar al camino de los abusadores y cínicos de sobra conocidos.
También son muchos los que se escudan mediocremente en el dicho popular “más vale malo por conocido, que bueno por conocer”, tratando de justificar un deseo timorato de regresar al México de abusos, pero también de las garantías más elementales.
No, la realidad es que ya no hay tiempo para seguir dejando a la suerte, a la indiferencia o a la comodidad, el destino de casi 120 millones de mexicanos, de los cuales 32 millones son menores inconscientes y por tanto incapaces de decidir hoy el modelo de nación que tendrán que sortear cuando cumplan su mayoría de edad.
Las circunstancias históricas, la dejadez, la flojera mental, la pésima memoria y la mediocridad de un pueblo permanentemente sometido y conformista, nos pone hoy en absoluta desventaja al pretender criticar y descalificar los efectos de una visión “transformadora” que, desde hace años, le habló de un necesario cambio de régimen a una sociedad harta, pero ignorante.
Hoy, alarmados muchos, asustados otros, pero desinformados y distraídos muchos más, el movimiento de la 4T no propone, sino dispone, no pregunta, no consulta, no debate, no discute, simplemente obedece con un cúmulo de incondicionales que dejaron de velar por la patria al quedar cegados con la “oportunidad” circunstancial de encaramarse maliciosa y perversamente en el poder, esgrimiendo la visión de un hombre que cree firmemente en una nación más justa y más “amorosa”.
Hoy pareciera demasiado tarde para dar marcha atrás al cambio radical y, ante esa percepción, se impone otro viejo y sabio consejo popular: “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”.
A un mes para salir a votar y hacer escuchar nuevamente la voluntad de los mexicanos libres, los responsables de la nación parecen estar convencidos de que este pueblo, es “bueno y sabio”, pero incapaz de salir a tomar una decisión colectiva por el bien común de la nación.
No importa si esa decisión es para refrendar con rabiosa convicción una cuarta transformación pacifica, o bien, para corregir la votación histórica de 2018. Todo parece indicar que para el actual régimen, la sociedad mexicana sufre de un grado tan profundo de descomposición, que los mexicanos no son capaces de decidir consciente y libremente, su futuro y el de sus próximas generaciones.
Pareciera que esa eterna indiferencia ante los abusos y robos descarados, nos quitó el derecho de ser tratados como una sociedad adulta y por ello, desde lo más alto, hoy se proyecta y se decide lo que le conviene a este México polarizado y distraído.
Las reformas “transformadoras” están cantadas, el modelo de país que se quiere para México está definido y es cada vez más claro para los escépticos, los inconformes e incondicionales.
Si están de a cuerdo o no, eso hoy carece de importancia, porque a los mexicanos no les están preguntando qué quieren o qué creen que les conviene más; no, al pueblo “bueno y sabio” se le pretende imponer un proyecto, una sola visión.
El presidente no está jugando, ni tampoco esta mintiendo, él tiene perfectamente claro en su mente el camino que este país debe seguir, para dejar de ser la nación sometida por “la mafia del poder”.
La obligada y estratégica división de poderes se tambalea, la constitución política comienza a deshojarse, la oposición finge descaradamente, los oportunistas se multiplican y los impresentables se animan más y más.
Hoy, como nunca, hay un llamado inédito, histórico, crucial para las y los mexicanos.
Hoy como nunca, el destino de esta nación debe estar en las manos y en la voluntad de una sociedad que se juega el 6 de junio su última oportunidad, de ser tratada y reconocida como un pueblo adulto y no como a un puñado de adolescentes extraviados e irresponsables.


