Adolfo Flores Fragoso / [email protected]
¿Cuándo aprendemos de rituales?
Lo ignoro.
Lo cierto es que antes y después de las diarias vespertinas “cascaritas” de futbol –en el atrio de la Basílica Catedral de la ciudad de la Puebla–, mi hermano y yo frotábamos cierta esquina de la base de la torre norte de este monumento vigente que –tal vez– nunca veremos caer.
En el mismo lugar y sin la misma gente.
Frotar esa esquina fue una experiencia para quien espera la cuestionada vida eterna, pero con inocentes hábitos y ritos infantiles. Avalados, por cierto, por la abuela.
Chabelita.
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En septiembre de 1939 inició la invasión alemana a Polonia.
Una acción muy hitleriana, que no alemana.
Estratégicamente artística, pero alimentada por un ritual innecesario.
Así es regida la creatividad de muchos: en una negada soledad.
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Aprendido de escultores forjados en el conocimiento grecolatino, toda obra sólida debe de ser sentida al tacto.
Así lo han escrito y dicho.
El arte esculpido no es sólo una experiencia visual: es una recreación basada en el tacto, una imagen que pide ser vivida con una caricia que parte de lo que llaman alma.
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En septiembre de 1939, el catalán Luis María Llubiá intentó unos apuntes acerca del origen de la cerámica medieval española.
De origen fenicio y griego en el tiempo antes de Cristo tal arte, Llubiá descubrió que todo inició imitando cántaros y vasijas que previamente fueron introducidas –en alegres y poco agresivas invasiones en el norte de la actual España– por celtas y visigodos.
Casi 30 años después de sus apuntamientos, Llubiá publicó su final texto en Barcelona (1967), en el que confirmó que la cerámica conocida ya como española, como tal, inició entre los siglos IX o X, en el califato de Córdoba.
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Lo cierto es que la alfarería española tuvo un incierto origen en el siglo IV aC, pero sin su colorido, conocido hasta épocas posteriores.
Fueron los musulmanes quienes la impregnan de vida.
Posteriormente, las culturas asiáticas, con aventurados altorrelieves.
Así es como arribó y fue modificada, mejorada e integrada a los hogares y templos de la Nueva España.
Aquéllos que hay que ver, observar y tocar en cada pared adornada.
Y en cada pieza que hay que sentir, olorosa, por un guiso o granos de café molido en agua hirviente.
Artesanos de Huaquechula, Puebla, fueron los primeros artesanos de la talavera.
A manera de un ritual ancestral.


