Por: Rubén Salazar/Director de Etellekt/ www.etellekt.com [email protected] @etellekt_
Como en todo cuento palaciego, el libreto de la revocación de mandato, escrito por Andrés Manuel López Obrador (AMLO), no contemplaba otro desenlace alternativo que el de un final feliz, con él saliendo al balcón presidencial, acompañado debajo por el pueblo que le refrendó su respaldo y con un cadete militar detrás de él, colocándole por tercera vez la banda presidencial (anteriormente, en una ceremonia oprobiosa, se la habían colocado al asumir el puesto de “presidente legítimo” en 2006), entregada por el presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados (por eso de guardar las apariencias de la división de Poderes) y tomando nuevamente protesta al cargo de presidente de la República (casi a manera de una reelección).
Para lograr ese sueño, la meta era sumamente ambiciosa, por lo menos debía alcanzar la barrera de los 30.1 millones de sufragios con los que resultó electo hace cuatro años. Pero como ya es una costumbre en su gobierno, la realidad volvió a superar a la ficción. Sólo 15.1 millones de mexicanos salieron a ratificarlo; lo que equivale a casi la mitad de los votos que cosechó en la última elección presidencial (un descenso de 49.6% para ser precisos).
Algo que para los aires de grandeza de AMLO, contrasta diametralmente con los resultados alcanzados por los exmandatarios de Venezuela, Hugo Chávez, y de Bolivia, Evo Morales, los únicos que antes de López Obrador habían sometido sus mandatos a un proceso revocatorio y que, a diferencia del tabasqueño –y no es por presumirle a López Obrador–, incrementaron sus márgenes de votación en 57.9 y 36.2% en sus respectivos procesos revocatorios, en comparación con los comicios en los que fueron electos presidentes en sus países.
Pese a la frialdad de los números, no faltaron quienes dentro y fuera de Morena afirmaran que con 15 millones de votos el presidente se había salido con la suya, pues con eso le alcanzaba para que su movimiento refrendara la presidencia en 2024. Aceptando sin conceder esa posibilidad, valdría la pena señalar que con esa misma cifra también se puede perder una elección. De hecho ya le pasó a López Obrador, no una, sino dos veces, en los comicios que perdió en 2006 y 2012 (derrotas que no reconoce), al conseguir sólo 14.8 y 15.8 millones de votos en cada proceso. En este último, “el licenciado” Peña Nieto lo venció con 19.1 millones de votos, lo que el presidente omite, quizá por su marcada deferencia al mexiquense, que ha hecho pública en sus “mañaneras”.
Tan no hubo final feliz para AMLO, al concluir la jornada revocatoria, que a diferencia de aquella noche del 1 de julio de 2018, en la que se apersonó en el zócalo de Ciudad de México a festejar con los suyos, al ser declarado virtual presidente electo y cuya celebración se extendió a altas horas de la madrugada del lunes, en esta ocasión no hubo jauja popular en la Plaza de la Constitución, la cual lucía desierta, sin la algarabía y presencia de los líderes de Morena, de la entusiasta promotora de la consulta y jefa de gobierno Claudia Sheinbaum, ni de los simpatizantes del mandatario, que horas antes lo habían ratificado “voluntariamente” en las urnas.
Lo único que se alcanzaba a escuchar en el lugar era el eco de las palabras del presidente, grabando en su oficina un mensaje a la nación en el que agradecía a los que confiaron en él para que terminara su mandato, aunque a diferencia de otros discursos grandilocuentes, sin la melodía de fondo del organillero que suele acompañar sus videomensajes publicados en las redes.
La ausencia del músico itinerante, cuyo oficio se encuentra lamentablemente en riesgo de extinción, empleado por el aparato propagandístico del gobierno sólo para generar una falsa idea de que las cosas marchan con normalidad en los momentos de crisis, calibraba el estado anímico del presidente, desinflado no sólo por los resultados del conteo rápido de la consulta revocatoria, dados a conocer por el Instituto Nacional Electoral, sino –además– porque ahora, salvo el presidente de la dictadura de Cuba, ningún otro líder mundial le llamó o envío mensaje vía twitter para felicitarlo por haber triunfado en la revocación.
Un clima de derrota que se agudizaba cuando el propagandista de López Obrador y productor de televisión, Epigmenio Ibarra, encargado de documentar con la cámara de video al hombro las aventuras electorales de AMLO, brillaba por su ausencia en Palacio, y era captado por la noche –inerte y con el rostro desencajado– acompañando a la plana mayor de Morena, al dirigente del partido, Mario Delgado, quien daba el informe sobre los saldos de la consulta revocatoria.
López Obrador yacía aún más solitario que en sus dos últimos Gritos de Independencia, aunque esta vez no por las medidas de confinamiento ante la pandemia, sino porque no había absolutamente nada que festejar; ni la esperanza o el beneficio de la duda respecto a un futuro más brillante y prometedor con AMLO dirigiendo los destinos del país, por la simple razón de que ya lo gobierna y, en el tiempo que lleva haciéndolo, son más los fracasos que los éxitos:
Una economía que ha decrecido -1.17% por año en el primer trienio del lopezobradorismo (Sistema de Cuentas Nacionales y Estimación Oportuna del PIB, Inegi, 2022); una tasa de inflación anual en la segunda quincena de abril de 7.72% (INEGI, 2022), la más alta en las últimas dos décadas, que carcome sin piedad los aumentos salariales, las becas y pensiones cacareadas por AMLO; 116 mil 103 víctimas por violencia homicida y feminicida (SESNSP, 2022), a punto de superar el récord en la materia dejado por Felipe Calderón; y ni qué decir de la crisis sanitaria provocada por el deficiente manejo de la pandemia y la falta de medicamentos, que acumula un exceso de mortalidad por el virus SARS-CoV-2 y otros padecimientos, de 667 mil 240 defunciones (INSP, con corte al 17 de enero de 2022, llevan más de tres meses sin actualizar este indicador).
Una gestión catastrófica que le hizo perder la mayoría calificada en la Cámara de Diputados, en las elecciones legislativas de 2021, lo que provocó, como bola de nieve, que su iniciativa de reforma constitucional en materia energética, con la que pretendía reconstruir el monopolio del Estado sobre la industria eléctrica a través de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), no alcanzara las dos terceras partes de los votos en San Lázaro para ser aprobada el pasado domingo, la primera vez en la historia que una reforma constitucional del Ejecutivo es rechazada por el Congreso de la Unión.
En apenas dos semanas, pasamos de una oposición moralmente derrotada, a un gobierno moralmente derrotado por la ciudadanía.
En Semana Santa, México vivió momentos estelares.


