ESCAPADAS
Alejandro Cañedo Priesca
Desde niño, siempre me fascinó ver los aviones. Recuerdo cuando, en el Instituto Oriente de San Manuel, levantaba la mirada al cielo para ver pasar las aeronaves militares que descendían en lo que era entonces el aeropuerto de Puebla, que llevaba el nombre del aviador Pablo L. Sidar, y que hoy ocupa el Parque Ecológico. Aquellos sonidos de motores y alas cruzando el cielo me despertaban una curiosidad que nunca se apagó.
Aunque no soy piloto, la vida me llevó a acercarme a la aviación de otra forma: como agente de viajes. Desde mi escritorio he acompañado miles de despegues, de sueños y reencuentros. Cada boleto vendido es, en cierta forma, una invitación a volar.
La historia de la aviación mexicana está llena de personajes que supieron convertir ese deseo de volar en hazañas reales. Uno de ellos fue Manuel Arango, empresario y filántropo que, en 1967, decidió dar la vuelta al mundo en un pequeño Beechcraft Bonanza llamado Ehécatl, en honor al dios del viento. Junto con el piloto Héctor Ramírez, recorrió cinco continentes, cruzó tormentas, tifones y zonas de guerra, y logró lo que parecía imposible: el primer vuelo alrededor del mundo hecho por un avión mexicano.
Décadas antes, el propio Pablo “El Loco” Sidar, cuyo nombre llevó el antiguo aeropuerto poblano, soñaba con unir a América Latina a través del aire. En los años 20 y 30, voló por Centro y Sudamérica con su avión, llevando mensajes de amistad y esperanza. Fue un pionero en una época en que volar era una aventura y un riesgo a la vez.
Ambos representan ese espíritu de exploración y valentía que siempre ha acompañado a quienes miran hacia el cielo. Desde los mitos de Ícaro y Dédalo, el hombre ha buscado ser más liviano que el aire, elevarse, explorar, y seguir su curiosidad.
Para mí, volar sigue siendo más que trasladarse de un lugar a otro. Es una manera de vivir la ilusión del viaje paso a paso, de sentir la cercanía del mar a 500 pies de altura o de rozar las montañas que guardan pueblos donde jamás llegaría un avión comercial.
Porque al final, volar —como viajar— es una forma de soñar.
Viajemos juntos.


