Por: Adolfo Flores Fragoso/ [email protected]
Quien pide posada es quien solicita un aposento, un lugar para reposar posando su cansado cuerpo para dejar pasar un momento de su vida. Posado ahí, reposando.
Un carpintero pidió una posada. Posada para él y su esposa amada.
Posada para vestir un pesebre con paja, para aquel niño que ignora que tal vez debe nacer.
Posada para un amante ya ignorado, pero vigente.
Posada para la mujer solitaria que desea aventurarse.
Posada para el hombre que no aventura por no saber de destinos.
Posada para una mujer de bien.
Posada para un hombre de mal.
Posada para una banda de ángeles cansados después de subir una pesada campana en la torre de alguna catedral.
Posada para quien solicita tres monedas a cambio de una canción, o para aquel que traga un buche de gasolina con fuego, en una esquina.
Posada para el burócrata que añora trabajar al compás de una caricia prohibida de aquella compañera que no lo ama.
Posada para Karl, aquel que Kafka hospedó en el Hotel Occidental.
Posada para el bibliotecario que añora libros imaginarios.
Posada para el arrepentido que prefiere no confesarlo.
Posada para la inseparable espada de Alejandro, siempre en batallas algo ficticias.
Posada para el ciego que observa todo en la cálida soledad de su riqueza.
Posada para el sordo que escucha exquisitos ritmos de alcobas vecinas.
Posada para el enfermo sin el aliento para poder contar anécdotas íntimas.
Posada para el desamparado que lee un diario tan retrasado como olvidado: papel marchito entre dedos marchitados.
Posada para quien habla de San Juan de la Cruz sin recitar sus desconocidos escritos.
Posada para quienes nos envuelven en metáforas inciertas de Lugones.
Posada para el necesitado de una “piedra” en su resaca. O un “conejo”. O una “mojarra”. O un anís seco entre olores de un piso agusanado.
Posada para el frustrado andariego que frustra vidas ajenas.
Posada para los alegres que fingen alegrías.
Posada para quien dibujó una máscara debajo de su máscara.
Posada para esos (poblanos) que todo lo saben, intuyen, resuelven, pero no viven. Sólo posan. Posada para quienes viven sin vivir, en consecuencia.
Posada para el médico que no cura, pero alivia y devuelve vida.
Posada para aquel solitario siempre acompañado, negándolo en ausencias que son sus fantasías.
Posada para el caballero de fina estampa (hombre elegante de fortuna heredada o mal habida, por cierto).
Posada para el ruiseñor de pico corto.
Posada para la mujer de gran bolso (de marca) en el que busca el labial, y un minuto de atención de alguien ausente, el que no aparece a su espalda. Ni en su espejo.
Posada para quien escucha el llamado a misa sin la fuerza de sus piernas para asistir.
Posada para un encuentro que no se dio.
Posada para el esposo indolente pero solvente.
Posada para el soberbio que lentamente se va cobijando en su tenue muerte.
Posada para esa viejecita coja con rebozo que en cierto crucero de la ciudad sonríe para vender un juguete.
Posada para quien debe de besar más mejillas que labios.
Posada para quien vive sin paz, pero sonríe.
Posada para ti que lees estas líneas, que te recuerdan encuentros tan campantes, más imposibles que probables.
Posada para el postrado buscando posada.
Posada para el padre.
Posada para el hijo.
Posada para el espíritu santo…


