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A dos años de la COVID-19

Felipe Flores por Felipe Flores
26 febrero, 2022
en Soliloquio
A dos años de la COVID-19
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Aunque hay confusiones sobre la fecha exacta, diversas fuen­tes confirman que mañana –lunes 28 de febrero– se cum­plen justo dos años de haberse registrado el primer caso de infección por COVID-19 en México.

Se trató de un joven de 35 años, quien recién había regresado de un viaje al norte de Italia y debió ser aislado en el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, en Ciudad de México.

Un segundo contagio en el país fue ubi­cado días después en Sinaloa y se confirmó también de otros casos sospechosos en Oa­xaca, Hidalgo y Guanajuato.

El primer fallecimiento habría ocurri­do el 3 de marzo, cuando los casos de con­tagio ya se habían replicado en varias zo­nas del país.

La pandemia incursionó a Puebla una semana después, el 10 de marzo, al confir­marse el primer caso en un hombre de 47 años, empleado de la empresa automotriz Volkswagen, quien había viajado a Italia.

Se supo en esos días de otros casos de contagio, como el de varios estudiantes del Instituto Iberia, que hicieron un viaje tam­bién a Italia para una presentación de ba­llet folclórico, así como el de un grupo de amigos residentes en la capital poblana, que habían sido infectados tras esquiar so­bre nieve en los Estados Unidos.

En los meses siguientes la pandemia arreció de manera exponencial en el terri­torio nacional. Las estadísticas de conta­gios y decesos generaron miedos. En torbe­llino, aumentaron las afectaciones en to­das las actividades económicas y sociales.

Eran esos los inicios de lo que ha si­do una penosa y larga pesadilla, que lue­go prolongaría aún más su estadía con una segunda, tercera y hasta cuarta ola de contagios al año siguiente y que toda­vía prevalece en 2022, aunque con da­ños menores tras la intensa aplicación de las vacunas.

Hoy se afirma que “vamos de salida” en base a un claro descenso en las cifras, cu­yo alcance –no obstante– es significativo.

Hasta ayer, desde el inicio de la pande­mia hace dos años, son casi 5.5 millones los contagios acumulados y los decesos en el país llegaron a los 307 mil 683.

Los números son muy considerables y al estar por encima de las previsiones, obli­gan a una puntual evaluación para deter­minar la existencia de muy posibles erro­res para actuar en consecuencia.

Habrá tiempo para juzgar con mayor sustento, pero todo indica que se ha falla­do no sólo en la estrategia, sino también en la forma de comunicar a la población.

En ambos casos se ha observado, por de­cir lo menos, displicencia e improvisación.

Para nuestro infortunio, la pandemia apareció en el país en una coyuntura com­plicada, tras el desmantelamiento que el gobierno de la 4T había propiciado en to­do el sistema de salud.

A esa situación de alta vulnerabilidad se sumaron subsecuentemente otras fa­llas, como la decisión de centralizar todo el proceso de vacunación, lo que generó problemas logísticos en las primeras fases de aplicación y entorpeció la necesidad de una mayor y rápida cobertura.

Persistió también –y aún se mantiene– una equivocada clasificación de los gru­pos de edad que deberían ser atendidos, lo que obligó incluso a que mucha gente re­curriera a recursos legales –amparos– pa­ra recibir la vacuna.

Hasta hoy, a diferencia de muchos paí­ses del mundo y la región, el gobierno se resiste a vacunar a los niños de 5 a 11 años.

Igual de lamentables fueron las formas en las que el gobierno federal manejó sus políticas de comunicación, al prevalecer poca seriedad y un afán inexplicable de mi­nimizar en diversos momentos los riesgos y efectos de la pandemia.

Así transitamos desde el desdeño al uso del cubrebocas, a las estampitas pro­tectoras que exhibió nuestro mandatario –contagiado por cierto un par de ocasio­nes– y a un caudal de declaraciones ab­surdas y hasta estúpidas del subsecreta­rio de Salud, Hugo López-Gatell, imper­donable en su calidad de liderazgo ante la pandemia.

Por lo visto el gobierno federal nunca hizo caso de las reiteradas recomendacio­nes que hizo la Organización Mundial de la Salud, respecto a la relevancia de sos­tener una política de comunicación sóli­da y coherente.

El objetivo de los lineamientos de comu­nicación, también diseñados por la Orga­nización Panamericana de la Salud, era fundamentalmente “promover una res­puesta proactiva por parte de la población ante las amenazas y desafíos presentados en la emergencia del coronavirus”, así co­mo “evitar noticias falsas o tendenciosas que puedan alterar el orden social o daños a la salud mental de las personas”.

Ante ello, se pidió a los gobiernos ac­tuar para generar confianza y credibili­dad, oportunidad temprana para anun­ciar, transparencia, involucrar a la co­munidad, planificar con tiempo, cumpli­miento de metas de comunicación por COVID-19, certeza en los mensajes y orientaciones en la comunicación de ries­gos, entre otros aspectos.

Y por ello recomendó que la informa­ción gubernamental a las audiencias pú­blicas “deba ser accesible, técnicamente correcta, honesta, transparente y suficien­temente completa para promover el apoyo de políticas y de medidas oficiales sin pare­cer condescendiente con el público”.

Lo anterior, para evitar infundir páni­co en la población, al tiempo de promo­ver prácticas colectivas realizadas por la audiencia, que contribuyan a resolver los problemas generales, en este caso, preve­nir los posibles riesgos del coronavirus.”

Nada de eso se hizo, aun más, se transi­tó en sentido contrario.

A dos años de distancia, hoy la pande­mia parece ceder. Cierto que “vamos de salida”, aunque nada será ya como an­tes. Tenemos que aprender la lección y en todos los sentidos, ajustarnos a los nue­vos tiempos.

Será un proceso de aprendizaje y de nuevos retos que no excluye la exigencia de un recuento muy puntual sobre todo lo que se hizo bien, que lo hay y debe recono­cerse, pero también de los errores cometi­dos para no reincidir jamás en ellos.

Etiquetas: covidpandemia

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