Soliloquio
Felipe Flores Núñez
En este mundo cada vez más globalizado, debería ser obligación de todo buen estadista asomarse al exterior y ser protagonista activo en la solución de los grandes retos que hoy enfrenta la humanidad entera.
Así lo entiende la gran mayoría de los líderes mundiales que se reúnen esta semana en Nueva York en un entorno inédito y complicado como pocas veces.
La 77 Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas ha sido convocada en medio del primer gran conflicto bélico en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, una crisis alimentaria global, inflación y una larga pandemia de coronavirus, cuyo epílogo todavía es impredecible.
El secretario general de la ONU, António Guterres ha llamado a la humanidad a mantenerse unida para encontrar soluciones, tras reconocer que “nuestro mundo está asolado por la guerra, golpeado por el caos climático, marcado por el odio y cubierto de vergüenza por la pobreza, el hambre y la desigualdad”.
No es para menos. La agenda prevista para el evento cumbre refleja por sí sola la envergadura de los asuntos que tratarán –se espera que responsablemente– los principales mandatarios del mundo:
Defender la Carta de las Naciones Unidas y el Estado de Derecho; abordar las consecuencias mundiales de la agresión rusa contra Ucrania; promover el desarrollo sostenible y los derechos humanos y facilitar el acceso a una educación de calidad.
Así también, reforzar la seguridad sanitaria mundial; luchar contra el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación, y configurar la agenda digital mundial.
Por primera vez en tres años, debido a la pandemia, los líderes pronunciarán sus discursos en persona, con excepción del presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, quien transmitirá un mensaje pregrabado, al igual que los de China y Rusia, por evidentes razones y quienes enviarán a sus ministros de Relaciones Exteriores.
Lo relevantes es que casi 150 presidentes, primeros ministros y monarcas están en la lista de oradores, cifra sin precedente que refleja la importancia de la convención.
La Asamblea General de la ONU estará marcada indiscutiblemente por la guerra en Ucrania y varias crisis que se han agravado por ese conflicto, entre las que destaca la alimentaria, que ya amenaza con causar hambrunas en varios países por la escalada de precios.
Otras crisis colaterales al conflicto bélico son la energética, debido al encarecimiento de los combustibles y que también repercute en el cambio climático y, por supuesto, la comercial por el desabastecimiento de insumos fundamentales, como los semiconductores que le han pegado duramente a muchas industrias, especialmente a la automotriz (el caso de la VW en Puebla es ilustrativo), debido al cierre de muchas ciudades y puertos tras el confinamiento.
La coyuntura económica, marcada por la fuerte inflación a nivel mundial, figurará también de manera relevante en los discursos de muchos líderes.
Todo un escenario de fatalidades que ha sido descrito de modo pesimista por el secretario general de la ONU como “la tormenta perfecta”.
“La crisis del poder adquisitivo se desata, la confianza se desmorona, las desigualdades se disparan, nuestro planeta arde, la gente sufre, sobre todo los más vulnerables y a pesar de ello, estamos bloqueados por una disfunción global colosal”, dijo António Guterres.
“Estas crisis amenazan al propio futuro de la humanidad y el destino del planeta”, advirtió antes de vaticinar que “un invierno de descontento se perfila en el horizonte”, además que reconoció su impotencia ante las “divisiones políticas que socavan el trabajo del Consejo de Seguridad, el derecho internacional, la confianza y la fe de la gente en las instituciones democráticas”.
“No podemos seguir así”, alertó.
¿Y dónde está la voz de México en estos momentos decisivos para la humanidad?
¿Por qué no acudió a este encuentro multinacional de mandatarios el presidente Andrés Manuel López Obrador?
¿Le bastó acaso el tímido llamado que hizo durante los festejos patrios, en el que planteó la creación de un Comité integrado por el presidente de la India y el papa Francisco para iniciar conversaciones con el objetivo de alcanzar una tregua en la guerra que asola Ucrania?
“Es por la paz, para que no haya más sufrimiento y se recuperen las economías del mundo”, dijo ufano en un llamado que nadie escuchó, salvo un asesor del presidente de Ucrania que como respuesta le dijera: “¿Su plan es mantener a millones bajo ocupación, aumentar el número de entierros masivos y dar tiempo a Rusia para renovar las reservas antes de la próxima ofensiva? Entonces es un plan ruso”.
Y para rematarlo, vía Twitter, el ucraniano también le advirtiera; “Los pacificadores que usan la guerra como tema para sus propias relaciones públicas sólo causan sorpresa”.
En definitiva, el presidente mexicano desaprovechó una oportunidad extraordinaria para hacerse escuchar en el máximo foro mundial.
¿Cuál es la razón de su ausencia?
¿Le interesan más sus “relaciones públicas”?
¿Le amedrentó el escenario?
¿Prefiere sus mañaneras y sus discursos localistas para mantener embelesados a sus seguidores?
¿Valen más en su agenda sus reformas, así sean inconstitucionales, o sus proyectos faraónicos?
¿Es entonces AMLO un estadista o solamente un político aldeano?


