Yo simulo, tú simulas, él simula…Alguna vez, todos simulamos.
Es un tema cultural, de educación.
Pero hay quienes lo hacen como forma de vida
En ellos es muy sólida su “capacidad de fingir la realización de una actividad con fines de engaño”.
No hay duda: las simulaciones son frecuentes en toda relación social.
Por deformación, se simula ante la familia, los amigos, el trabajo (“hago como que trabajo, porque hacen como que me pagan”).
Por desgracia, existe una indebida aceptación para el simulador.
Se tolera cuando los fines de su engaño no rebasan los límites de la trivialidad.
En cambio, para quienes está en sus genes, no hay quien los frene, actúan con impunidad.
Allá ellos con sus vidas de dobleces, pero no deberíamos permitirlo.
Lo inadmisible es que en los círculos del poder, el simular sea una práctica, un hábito que tiene mucho de perversidad.
Los simuladores más comunes y los más capaces han figurado siempre en la clase política, en el servicio público, entre los gobernantes.
A casi todos les queda le saco, incluso a los que en estos tiempos dicen ser distintos.
La historia reciente da cuenta de ello.
¿Acaso no simulan los políticos que cambian de camiseta de un día para otro y se acomodan en el partido que más les convenga?
¿No se simuló en su momento para proteger a los verdaderos responsables de la tragedia en la Línea 12 del Metro capitalino?
¿O acaso no es simular cuando se enarbola, como bandera y sello de gobierno, la lucha contra la corrupción y en ámbito de la realidad se desdeñan las acciones inmorales?
Dícese de René Bejarano, de exfuncionarios del Senado ahora involucrados en el caso Lozoya o, incluso, entre familiares del propio presidente, por ejemplo.
¿No simuló la actual secretaria de Educación Pública, cuando siendo alcaldesa de Texcoco descontó parte del salario de miles de empleados para fortalecer las finanzas de su partido?
¿No fueron también simulaciones aquellas burdas consultas, para anular la obra del aeropuerto que inició el pasado sexenio y para enjuiciar a los expresidentes?
Y a propósito de aeropuertos, ¿no se simuló con inaugurar el Felipe Ángeles cuando la obra está inconclusa y no resuelve su principal propósito de descongestionar el tráfico aéreo del Benito Juárez?
¿Simula el que afirma que la nueva central aérea es una obra de clase mundial y que con ella “se inicia una nueva historia”?
¿Es o no simulación afirmar que primero los pobres y los que menos tienen, pero ya en el ejercicio del poder se cancelan políticas públicas de alto impacto, como el de las guarderías infantiles?
¿Y qué decir de la extinción el programa de Escuela de Tiempo Completo, lo que impide a más de tres y medio millones de niñas y niños pobres tomar clases extraordinarias y les prive de la comida que no tienen en sus hogares?
¿No se simula cuando para combatir la creciente criminalidad se tenga como premisa el “Abrazos, no balazos”?
¿Se puede hablar de paz social en medio de una creciente ola de homicidios dolosos, cuando grupos poderosos de la delincuencia organizada dominan amplios territorios del mapa nacional?
¿Hay simulación al pregonar a favor de la ecología mientras se pone en peligro a ríos o se derrumban miles de árboles para una obra como el Tren Maya?
¿Se simula cuando el discurso de campaña exige regresar a militares a sus cuarteles y luego en el poder los conviertes en tu principal sostén?
¿O cuando pese a nuestro prestigio diplomático ponemos en riesgo por caprichos las relaciones con otros países, digamos Panamá y España, por mencionar algunos?
¿Y qué clase de simulación es la declaración de amistad con Rusia por parte de legisladores de Morena y del PT, a pesar que ese país mantiene una despiadada invasión bélica en Ucrania?
Y de la afrenta contra el Parlamento Europeo, mejor ni hablamos.
¿Se simula al afirmar que ya se recuperó nuestra economía, cuando la población sufre de una inflación que ya superó 7.22 por ciento y prevalece el desempleo?
¿Se simuló cuando nos prometieron que tendríamos un sistema de salud como el de Dinamarca, pero a la fecha ni siquiera son capaces de surtir 49 millones 832 mil 490 recetas médicas en el país, debido al desabasto de medicamentos?
¿Es simulación engañar a los niños con cáncer que pronto tendrán sus medicinas y se reanudarán sus tratamientos?
¿No se simuló todo el tiempo con una fallida estrategia contra la pandemia de la COVID-19?
¿Simula el discurso a favor de la libertad de prensa, mientras que aumentan los homicidios y no hay mecanismos de protección para periodistas, en tanto que a diario se les hostiga y descalifica?
¿Puede rebatirse que el presidente no simula cuando en tres años de sus conferencias mañaneras hace más de 550 mil afirmaciones falsas?
¿Tener “otros datos” no es caer en simulación?
¿Qué tipo de simulación es fragmentar a la sociedad, instigar a la clase media, acusar a unos y otros de “clasistas”, “racistas”, “fifís”, “conservadores”, “malinchistas”, “vendepatrias”.
Bueno, ¿no simulan quienes a pesar de las restricciones legales hacen en estos días enorme promoción a la Revocación del Mandato, a fin de que AMLO se mantenga en el poder?
La propia revocación, ¿no es una simulación, un ejercicio inútil, un gasto millonario por demás innecesario?
Simular es entonces vivir fuera de la realidad.
¿Es nuestro destino permitir que por siempre se siga simulando, aparentando, fingiendo?


