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Cuando simular es una forma de vida

Felipe Flores por Felipe Flores
26 marzo, 2022
en Soliloquio
Cuando simular es una forma de vida
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Yo simulo, tú simulas, él simula…Alguna vez, todos simulamos.

Es un tema cultural, de educación.

Pero hay quienes lo hacen como for­ma de vida

En ellos es muy sólida su “capacidad de fingir la realización de una actividad con fines de engaño”.

No hay duda: las simulaciones son fre­cuentes en toda relación social.

Por deformación, se simula ante la fa­milia, los amigos, el trabajo (“hago como que trabajo, porque hacen como que me pagan”).

Por desgracia, existe una indebida aceptación para el simulador.

Se tolera cuando los fines de su enga­ño no rebasan los límites de la trivialidad.

En cambio, para quienes está en sus genes, no hay quien los frene, actúan con impunidad.

Allá ellos con sus vidas de dobleces, pe­ro no deberíamos permitirlo.

Lo inadmisible es que en los círculos del poder, el simular sea una práctica, un há­bito que tiene mucho de perversidad.

Los simuladores más comunes y los más capaces han figurado siempre en la clase política, en el servicio público, entre los gobernantes.

A casi todos les queda le saco, incluso a los que en estos tiempos dicen ser distintos.

La historia reciente da cuenta de ello.

¿Acaso no simulan los políticos que cambian de camiseta de un día para otro y se acomodan en el partido que más les convenga?

¿No se simuló en su momento para proteger a los verdaderos responsables de la tragedia en la Línea 12 del Metro capitalino?

¿O acaso no es simular cuando se enar­bola, como bandera y sello de gobierno, la lucha contra la corrupción y en ámbi­to de la realidad se desdeñan las acciones inmorales?

Dícese de René Bejarano, de exfuncio­narios del Senado ahora involucrados en el caso Lozoya o, incluso, entre familiares del propio presidente, por ejemplo.

¿No simuló la actual secretaria de Edu­cación Pública, cuando siendo alcaldesa de Texcoco descontó parte del salario de miles de empleados para fortalecer las fi­nanzas de su partido?

¿No fueron también simulaciones aquellas burdas consultas, para anu­lar la obra del aeropuerto que inició el pasado sexenio y para enjuiciar a los expresidentes?

Y a propósito de aeropuertos, ¿no se simuló con inaugurar el Felipe Ángeles cuando la obra está inconclusa y no re­suelve su principal propósito de descon­gestionar el tráfico aéreo del Benito Juárez?

¿Simula el que afirma que la nueva central aérea es una obra de clase mun­dial y que con ella “se inicia una nueva historia”?

¿Es o no simulación afirmar que prime­ro los pobres y los que menos tienen, pero ya en el ejercicio del poder se cancelan po­líticas públicas de alto impacto, como el de las guarderías infantiles?

¿Y qué decir de la extinción el progra­ma de Escuela de Tiempo Completo, lo que impide a más de tres y medio millones de niñas y niños pobres tomar clases extraor­dinarias y les prive de la comida que no tie­nen en sus hogares?

¿No se simula cuando para combatir la creciente criminalidad se tenga como pre­misa el “Abrazos, no balazos”?

¿Se puede hablar de paz social en me­dio de una creciente ola de homicidios do­losos, cuando grupos poderosos de la de­lincuencia organizada dominan amplios territorios del mapa nacional?

¿Hay simulación al pregonar a favor de la ecología mientras se pone en peligro a ríos o se derrumban miles de árboles para una obra como el Tren Maya?

¿Se simula cuando el discurso de cam­paña exige regresar a militares a sus cuar­teles y luego en el poder los conviertes en tu principal sostén?

¿O cuando pese a nuestro prestigio di­plomático ponemos en riesgo por capri­chos las relaciones con otros países, di­gamos Panamá y España, por mencionar algunos?

¿Y qué clase de simulación es la decla­ración de amistad con Rusia por parte de legisladores de Morena y del PT, a pesar que ese país mantiene una despiadada in­vasión bélica en Ucrania?

Y de la afrenta contra el Parlamento Europeo, mejor ni hablamos.

¿Se simula al afirmar que ya se recupe­ró nuestra economía, cuando la población sufre de una inflación que ya superó 7.22 por ciento y prevalece el desempleo?

¿Se simuló cuando nos prometieron que tendríamos un sistema de salud como el de Dinamarca, pero a la fecha ni siquie­ra son capaces de surtir 49 millones 832 mil 490 recetas médicas en el país, debido al desabasto de medicamentos?

¿Es simulación engañar a los niños con cáncer que pronto tendrán sus medicinas y se reanudarán sus tratamientos?

¿No se simuló todo el tiempo con una fallida estrategia contra la pandemia de la COVID-19?

¿Simula el discurso a favor de la libertad de prensa, mientras que aumentan los ho­micidios y no hay mecanismos de protec­ción para periodistas, en tanto que a dia­rio se les hostiga y descalifica?

¿Puede rebatirse que el presidente no si­mula cuando en tres años de sus conferen­cias mañaneras hace más de 550 mil afir­maciones falsas?

¿Tener “otros datos” no es caer en simulación?

¿Qué tipo de simulación es fragmen­tar a la sociedad, instigar a la clase media, acusar a unos y otros de “clasistas”, “racis­tas”, “fifís”, “conservadores”, “malinchis­tas”, “vendepatrias”.

Bueno, ¿no simulan quienes a pesar de las restricciones legales hacen en estos días enorme promoción a la Revocación del Mandato, a fin de que AMLO se manten­ga en el poder?

La propia revocación, ¿no es una simu­lación, un ejercicio inútil, un gasto millo­nario por demás innecesario?

Simular es entonces vivir fuera de la realidad.

¿Es nuestro destino permitir que por siempre se siga simulando, aparentando, fingiendo?

Etiquetas: MéxicoRené BejaranoSenado

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